sábado, 31 de marzo de 2012

Facebook: el termómetro de la infelicidad


Leo en El País del 22 de marzo un titular chocante, aparentemente contradictorio: "A más amigos en Facebook, más infeliz se es"

 Es uno de esos titulares que captan tu atención en cuanto pasas la mirada preescaneando los contenidos de la prensa diaria. Fijas entonces la vista en el cuerpo de la noticia y lees con atención: Resulta que parece probado que cuantos más amigos tienes en Facebook eres más narcisista y esta característica de la personalidad correlaciona consistentemente con la infelicidad.  Esta red social es, para los autores del estudio escocés en que se basa, una vía de escape para personas que tienen problemas emocionales, más exactamente, que tienen dañado su ego y buscan allí reparar su estima. Parece también probado que a más amigos en la red más estrés sufre el individuo...

Tras leer esta nota me siento consolado: No tengo ni un solo amigo en Facebook. ¿Tendré un índice de narcisismo 0.00? No lo creo. No tengo nada claro que lo que, a veces pienso es independencia o aparente seguridad, no sea más que timidez o narcisismo disfrazado... En principio me revalida ante los indiferentes o desafectos que se empeñan en no aderirse a mis listas de seguidores en los blogs y me reafirma en mi deseo de no invitar a nadie, intercambiar enlaces o publicitar mis publicaciones.

Pero, analizando a fondo mi comportamiento, encuentro narcisismo por todas partes:
Primero: mi trampa en facebook: ¡Cómo voy a tener amigos si di un nombre casi falso! (con todo no sé como se arregla el sofware del portal para encontrarme montones de conocidos reales)...
Segundo: No tengo seguidores en el blog, pero consulto frecuentemente el apartado correspondiente a los mismos en la espera de encontrar alguno nuevo que me distinga con su interés...
Tercero: A falta de seguidores testeo asiduamente el número de visitas, deseando fervientemente que aumenten a ritmo vertiginoso...
Cuarto: racionalizo mi falta de popularidad asignando a los no lectores el papel de asnos incultos y tarugos insensibles.
Quinto: Me alegro de que los usuarios con record de amigos sean unos pobrecillos  narcisistas infelices (como si yo no lo fuera y la ausencia de amigos me cerificara una estima de titanio)
Narciso soy. Y me miro en el estanque de la aparente indiferencia.

viernes, 30 de marzo de 2012

El Azor deconstruído


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"El Azor". Yate del General Franco en su base del Ferrol.

El Azor tras el aparcamiento del Restaurante "El Labrador"
en Cogollos. A-1. Km 222. Burgos. 2010

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Desguace del Azor en 2011 en su último emplazamiento.

Síndrome de Guernica, obra del escultor Fernando Sánchez
Castillon realiada con la chatarra del yate en el Centro

 de Creación Contemporánea Matadero Madrid. 2012.
Desde mi infancia, el general Franco (El Generalísimo) ha estado presente en mi vida; lo quisiera o no, incluso en la indiferencia. Estaba tan presente que encendías la radio y oías su voz aflautada en un discurso cansino, ponías la tele y aparecía en los noticiarios (casi siempre en videos rancios, enlatados, pues aborrecía la espontaneidad y la improvisación), paseabas por Burgos y al pasar por el Palacio de la Isla o Capitanía  recordabas que allí redactó el parte que anunciaba el final de nuestra Guerra Civil y se proclamó al "Caudillo" como Jefe del Estado, acudías al colegio y tenías su retrato mirándote de frente mientras estudiabas la aburrida Formación del Espíritu Nacional, volvías a casa y tus padres te imbuían respeto y reverencia al Jefe del Estado y salvador contra los rojos, lo veías a lo lejos en la tribuna del desfile de la Victoria... Franco alcanzaba la omnipresencia. Incluso alguno de mis cantantes favoritos componían en esas fechas una "Oda a Franco" de la que hoy reniega por pura vergüenza propia y ajena. En el cine, tan amado, le veías antes de cada sesión en el NODO inaugurando algun pantano (Las malas lenguas de la época le llamaban "Paco, el Rana" por esta repetitiva actividad), cazando en el Pardo o Riofrío, rígido en la pretendida ternura de las escenas familiares o pescando portentosos "cetáceos" en su flamante yate "El Azor". Y ahora años después de su muerte penosa y cruel, las correcciones en los libros de historia, el desplome o retirada de sus estatuas, el renombrado de calles, la incertidumbre sobre su monumental Cruz de los Caídos... le ha tocado al Azor acabar en el Matadero.
Ya presentaba un estado decrépito desde hacía años (al igual que los últimos días de su dueño). Reposaba en un camastro de cemento cerca de la incógnita aldea burgalesa de Cogollos. Se ofrecía con morbo forense a la visita carroñera de turistas y curiosos.
Mucho me sorprendí hace años cuando mi hermano Luis me comentó que el yate de Franco estaba expuesto desde 1992 en un hostal al lado del Restaurante "El Labrador" que se anuncia también como museo y es visible desde la A-1 a la altura del km 222.
Como resulta que paso por ese punto decenas de veces al año no he podido resitirme a visitar varias veces este símbolo histórico.  
Periodistas y blogueros han escrito sobre la extraña experiencia que suponen estas visitas. La llegada al puente que cruza la autovía a la altura de Cogollos se anuncia con el letrero del restaurante en rojo y gualda. Poco después se llega al desolado aparcamiento del mesón El Labrador donde se emplaza el barco varado en hormigón: A estribor, un hotel de 60 camas con la puerta de cada habitación en el exterior, que recuerda vagamente al de la película 'Psicosis'. A babor, el mesón con estética de salón del Oeste depara la sorpresa de un 'museo etnográfico' en su interior; entre las botellas de Protos y Tinto Pesquera, aperos de labranza con nombres 'chanantes': trébedes, garlopas, seseros, zoquetas... Casi tras bajarte del coche traspasas un descuidado jardinillo y penetras en un pequeño Titanic de secano. Se puede subir a bordo sin ningún problema. El óxido reina donde una vez hubo paredes de madera de fresno y raíz de sicomoro egipcio. Cincuenta metros de eslora fantasmales. Por aquí, Franco daba pasitos embutido en un blazer azul marino de botones dorados. Marejada de campos de trigo. Y el recuerdo de que, en esta chatarra, un 25 de agosto de 1948 Franco y Don Juan de Borbón acordaron que el príncipe Juan Carlos estudiara en España. Cuatro décadas más tarde, un Felipe González mal aconsejado navegó de Lisboa a Rota. Le criticaron tanto que desde entonces decidió veranear en Doñana.
Los camarotes de Franco y Carmencita Polo parecen casa de okupas. Cada uno de ellos luce su respectiva pintada: 'Fachas al paredón' y 'Eta mata poco'. En otras dependencias hay botellas y excrementos por las esquinas, restos de botellones urgentes de la chavalada de Cogollos. Firmas con deje rural: 'Breva', 'El Garrobo', 'Pelunis'... En la antena cagan los pájaros. Al asomarse a los ojos de buey del casco de aluminio conviene acostumbrarse a la oscuridad. Entonces se vislumbran rótulos todavía legibles: 'Comedor de oficiales', 'Comandante', 'Jefe de máquinas'...
Las fotos de esta experiencia están abundantemente expuestas en internet: Los fótógrafos de ruinas urbanas acuden como buitres a estos espacios. Sin embargo ¡qué difícil resulta esncontrar imágenes del Azor en sus años mozos! Acaso estaba prohibido fotografiarle por respeto o seguridad, supongo. La que encabeza el blog es de las poquísimas publicadas. La segunda es personal y da cuenta de los escasos visitantes que acuden a este paraje (un día que comimos allí en el enorme restaurante sólo estábamos nosotros).
Hace unos días volvió a sorprenderme una noticias sobre este barco fantasma del pasado: por fin habia acabado sus días. Había sido convertido en chatarra y la chatarra en arte. En el Centro de Creación Contemporánea Matadero Madrid, con el título Síndrome de Guernica, el escultor, Fernando Sánchez Castillo, expone, hasta el 8 de abril, una pieza escultórica elaborada a partir de los restos del Azor.
No voy a extenderme sobre la cualidad artística de la obra. Parece más que arte "sorpresa" o "provocación". Quizás el arte sea eso mismo o quizás no. El caso es que a sus 60 años y desde el quirófano donde le mantuvieron artificialmente "vivo" durante 20 años, el viejo cascarón del general aún no puede descansar en paz.


He aquí algunas imágenes de su "azorosa" vida. Como el Holandés Herrante el yate del General navega ahora, trasmutado en arte, por urbanos mares.

miércoles, 28 de marzo de 2012

¡Jo, que si pesa...!


Circulaba de vuelta a casa. En la penúltima calle, en el sentido contrario, una  hilera de pivotes equidistantes se alineaban al lado del bordillo. ¡Vaya -pensé- han decidido marcar con señales la obligación aparcar alternativamente en cada lado de la calle. Hoy hay que dejar libre el lado izquierdo! Pero al avanzar y fijarme detenidamente  vi que cada pivote estaba situado sobre el hueco abierto dejado por la rejilla de forja que cubre los registros del alcantarillado... Toda la urbanización con pivotes: De nuevo un noctámbulo grupo de "chatarreros" habían realizado su ronda recogiendo las tapas de todas las calles. Seguramente no es mal negocio. Ese material "reciclado" debe pagarse bien. Otras veces fueron las electroválvulas de los jardines, otras el cableado de alta tensión, otras las placas solares de granjas y fincas apartadas... el caso es que los "sin sueldo" se buscan la vida y la seguridad ciudadana se deteriora. Hasta ahora se ha evitado el estallido social, pero ¿podremos seguir así?. Me asusta pensarlo.

El robo de tapas alcantarillas es  un viejo delito.   Quizás el ladrón de anoche se llamaba Israel. Puede ser, pues ya con sus 6 años este niño al que conocí en un colegio de Alcalá, hacía sus pinitos en el mundo del hampa de la mano de algún Fagín de la familia o algún Monipodio del barrio. Yo mismo le había visto en una ocasión, desde mi aula de logopedia, escalar la pared del colegio hasta los tejados e introducirse por las ventanas de los pasillos para desvalijar alguna clase descuidadamente abierta. Finalmente se había puesto alarma en el cole lo que frustró durante un tiempo su delictiva afición. Pero, como la necesidad agudiza el ingenio, pensó en la alternativa de llevarse las tapas del alcantarillado del patio. Cuando, al día siguiente, le tocó el turno del interrogatorio (estaba el primero en la lista de sospechosos) negó vehementemente su autoría. Lo hacía con desparpajo, incluso con gracia, como sospechoso bregado en lances semejantes. Al final, antes de fracasar completamente las pesquisas, a un profesor (perro viejo en el oficio) se le ocurrió hacer un comentario desenfadado:
- ¡Mira que venir a robar las alcantarillas de hierro y arrastrarlas por todo el patio, con lo que debe pesar eso...!
- ¡Jo, que si pesan! -Se le escapó al pequeño truhán.

Todos sonreímos... El pequeño Israel tardó unos segundos en darse cuenta de que había metido la pata. Luego ensayó un gesto pícaro y pensó para sí: ¡Vaya, he picado!  

viernes, 23 de marzo de 2012

Buenos modales.


Florentino Pérez intenta articular los adjetivos que son el estereotipos del club al que preside y emite ante el micrófono: "Señorío"... "Ejemplaridad"... "Valores universales"... "Contratiempos..."  Sin embargo, por algún extraño sortilegio, yo sólo oigo eruptos, graznidos, palabrotas, insultos, calumnias...

Una vez más un gigantesco berrinche, la pataleta monumental, el mal perder, la bronca consentida... ¡Basta ya! ¡Que alquien ponga límites a este tiranzuelo, a este niño mimado y consentido que forman los jugadores de este club de engreídos!

Traduzcamos adecuadamente a Florentino: No es "señorío" son solo "señoritos". No es ejemplaridad, es "mal ejemplo". No es "Valores universales", es "solo vale ganar ¡como sea!". Y algo tendrá que ver quien preside esta banda, quien la entrena, quien la forma y quién la sigue. Así pues, presidente, entrenador, jugadores y aficionados: ¡Buenos modales, por favor!

Oigo justificaciones apoyándose en el acaloramiento del juego, en el deseo de ganar, en la competividad... ¿Y eso justifica el insulto? ¿Las agresión? ¿Los malos modos? ¿Las acusaciones infundadas, las calumnias? Porque por esa vía se puede justifidar la violencia de género, la bofetada del padre, el tortazo del profesor, el puñetazo al que tropezó con nosotros... (que cada cual, oye, se acalora a su manera y por sus cosas...)

Me indigna pensar que cualquier trajador, hoy en día, con sueldo misérrimo, y jefes prepotentes e injustos ha de apechugar con muchas más contrariedades que esos "delicados" futbolistas y está obligados a mantener un autocontrol que ni sueñan este grupo de jugadores "ricos, guapos y famosos".

¿Mouriño se compara con Guardiola? No hay color. Y lo de mear colonia es el triste recurso de la mofa de quien no encuentra otro: Caballeros contra caballos. Mouriño querría llevar la discusión al terreno de las coces y los rebuznos. Guardiola le responde con clases brillantes de doma española.

Mourió: Vencerás, pero no convencerás. Será un victoria pírrica. Ganarás la batalla pero no la guerra. De verdad: ganar así, no mola.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Pasteles al amanecer


En el diario madrugar Luis, el segundo hermano, se levantaba el primero. Con los ojos legañosos debía desayunar y prepararse para ir al instituto que comenzaba una hora antes que el colegio de sus hermanos pequeños. Las cosas no le iban demadiado bien en los estudios desde que dejó los maristas. No estaba acostumbrado a gestionar la autonomía de un niño mayor y se le hacía difícil trabajar sin la tutela de los hermanos. Mi madre veía como le costaba adaptarse en el primer año de instituto y, siguiendo su maternal instinto, intentaba animarle.

Una noche Javi, el tercer hermano, se levantó para ir al servicio. La casa estaba a oscuras. Llegó casi a tientas hasta el baño y orinó medio adormilado. En ese momento sintió sed y se dirigió a la cocina para beber un vaso de agua. Encendió la luz y, entre los párpados cerrados por el sueño y la súbita claridad de la lámpara, descubrió la mesa con el desayuno puesto y, como si de un sueño se tratase, un apetitoso pastel junto a la taza. No daba crédito a sus ojos. En casa no se desayunaban pasteles. Sólo leche, con sopas de pan y cola-cao. A lo sumo galletas, si había. ¿Qué hacía un pastel sobre la mesa?

Intrigado volvió a su cama. Mañana mamá tendría que explicar por qué había un pastel cada noche y ellos nunca lo vieron.

lunes, 19 de marzo de 2012

Madalena de cumpleaños

Mis padres y mis dos hermanos Luis y Miguel volvían de viaje cuando pararon en nuestra casa en Cabanillas del Campo. Habían estado  una semana en un apartamento en la costa en uno de aquellos viajes que solían preparar mis hermanos y donde, fuera de temporada, pasaban seis o siete días al lado del mar disfrutando de la tranquilidad de no preocuparse por la casa y la distracción de ver nuevas gentes y paisajes. Una vida nueva que, pese al ajetreo que supone, aporta un aire de novedad a la rutina del invierno.

Aquel día mi madre cumplía años. Con el trajín del viaje no habíamos caído en la cuenta y no había nada especial preparado para celebrarlo. Sí podríamos conseguir un buen vino y una comida más esmerada, pero faltaba la tarta.
- ¿No hay tarta?
- Lo siento, no sabíamos que estaríais aquí. Es domingo y ya es tarde para comprarla.
No es que mi madre se entristeciera por el detalle, no es de esas; pero sí echaba en falta este ritual del dulce flamígero. Nos quedamos un poco desencantados...

Entonces, con la genética de las ocurrencias heredada de mi progenitora, tuve una idea entre infantil y genial: me levanté y dándole la espalda al grupo familiar me dirigí al armario de la cocina y cogí una madalena, la puse en un plato y pinché en ella un puñado de palillos. Prendí fuego a la improvisada tarta y volví ceremoniosamente a la mesa.
A mi madre se le iluminó la cara con una sonrisa. Cantamos el cumpleaños feliz y después guardó cuidadosamente la madalena con sus palillos semicarbonizados en una servilleta de papel.

Meses después, cuando visitamos el domicilio paterno por vacaciones, descubrí en el aparador del salón la madalena, ya seca y acartonada, aún con sus palillos a medio quemar. La había guardado con ilusión. El detalle es lo que importa.

sábado, 17 de marzo de 2012

¿Quién da la vez?


Desde hace algún tiempo noto la muerte más cercana. Será quizás, que me avisa de que empiezan a cumplirse los plazos en forma de notificaciones (muertes de familiares). Me ronda por la cabeza el refrán popular "Cuando las barbas de tu vecino veas pelar pon las tuyas a remojar". Parecen sonar los avisos y las alarmas: se acaba la vida y se impone realizar los últimos ejercicios del examen sin relajarte en los intrascendentes. Hace tiempo que murieron los abuelos, llega el plazo de los tíos, mis padres esperan su turno viendo cómo se caen los primeros lugares de la lista y avanza el suyo. Por el camino murieron otros familiares, sin turno de vejez, pero con números marcados en la lotería de la Parca.
Hoy, en el cementerio de un pueblo manchego, reflexionaba sobre nuestro último acto social: el entierro. Las tumbas no están distantes, al contrario, pero son distintas. Al verlas tan didiferentes uno no se explica el tópico "todos iguales ante la muerte": capillas, panteones, losas de granitos variados, dorados herrajes, costosas flores, tumbas funcionales, tumbas humildes, simples huecos cubiertos de tierra... Los panteones disputan por ser mejores y más grandes unos que otros. Aún quedan tumbas en el suelo con esa suave elevación, molde mineral, producida por el cuerpo del difunto que la hace más cercana y real. Ya no se entierra: se enlosa, se ennicha o se incinera.
Desde los neandertales el hombre se ha preocupado por trascender este cuerpo tan frágil de alguna manera: Desde el depósito en un lugar sagrado, abandonados en cuevas, enterrados, alojados en túmulos, encapsulados en vasijas (huacas), secados al aire en los cementerios indios, rodeados de lujo en los mausoleos, protegidos y cubiertos de toneladas de piedra en las pirámides... La muerte nos iguala a los ojos de los muertos, pero no a los de los vivos que siguen viendo el pasado donde hay un presente en ruinas y un futuro dudoso.
El patrimonio cultural y arqueológico de la humanidad debe a los muertos la mayor parte de sus fondos. La mayoría de las piezas de los museos proceden de necrópolis. Las edificaciones más espectaculares son tumbas: El Mausoleo de Halicarnaso fue unade las maravillas de la antugüedad, aún nos excitamos con la idea de explorar el interior de la pirámide de Keops, el magnífico e inimaginable mausoleo del emperador Qin Shi Huang (en cuya tumba trabajaros durante más de 38 años 700000 personas y que, cuando el gobierno chino autorice traspasar las cerradas líneas de su ejército de terracota de 8000 soldados que lo guardan, el mundo contemplará asombrado ese día un espectáculo increíble en su interior), las "cosas maravillosas" que encontró Howard Carter en la tumba KV62 (que algunos pudimos ver el año pasado en la exposición sobre Tutankamón en la Casa de Campo de Madrid), aún se busca la tumba de Alejandro Magno...
Todos los intentos "fisicos" de trascender que ha ideado el hombre han sido un absoluto fracaso: Ni la momificación, ni el elixir de la eterna juventud, ni la sangre de dragón, ni el Santo Grial... sólo el dudoso consuelo de la espiritualidad o de la religión parecen garantizar la trascendencia. Pero la verdadera trascendencia de cada uno de nosotros parece encontrarse escondida en la sutileza biológica de la permanencia de nuestros genes en los hijos y en los individuos afines (recomiendo leer "El gen egoista" de Richard Dawkins).
Parece, pues, que sólo nos resta arreglar los trámites a los que aún seguimos en la lista de la vida para cuando nos llegue turno. ¿Quién da la vez? Conviene prepararse, así que aquí os dejo mi última voluntad: "Yo quiero que a mí me entierren, si enterrarse pudiera, al pie de un gran árbol solitario en lo alto de una colina". Sé que es un romático e ilegal deseo. Pero sería un biológico consuelo pensar que un poderoso ser vegetal recicla la muerte en una nueva vida. La altura y la colina son más bien un anhelo espiritual al que no encuentro explicación racional alguna pero que siento. Pero si no es posible; que me incineren. Que mis cenizas sean lanzadas al viento desde una altura. O bien que sean mezcladas con el cemento con que se construya un nuevo hogar. Así mi espíritu vivirá entre las gentes que la habiten ... o quizás mi fantasma les atormente.
NOTA: Os dejo esta pequeña selección de canciones dedicadas a la muerte. Las tres preciosas, las tres diferentes, las tres llenas de poesía. Yuna más de regalo, con un toque de humor y de absurdo.




jueves, 15 de marzo de 2012

La Bula de carne

Mi madre lo cuenta con amargura. Era la década de los sesenta y, sin tener nombre de crisis, la situación económica de muchos españoles, especialmente de nuestra familia era muy crítica. Ella hacía malabarismos con aquellas preciadas pesetas. En ocasiones visitábamos una fábrica cercana de galletas y bizcochos. Era una fiesta: allí vendían a granel, en la entrada de la nave, grandes bolsas de galletas estropeadas. Por un precio muy ajustado nos poníamos morados de galletas de coco erosionadas, trozos de marías o alabeados bizcochos, algunos chamuscados, otros algo desmigajados...
Como un acto reflejo y durante toda su vida al entrar en un comercio ha buscado lo más económico. Siempre los mismos procedimientos: Recorrer los mercados, rebuscar en todas las tiendas, elegir siempre lo más barato... Exprimir el escuálido caudal que proporcionaba el trabajo de mi padre obligaba a ello. Sin embargo, nosotros éramos muy críos, necesitábamos crecer y alimentarnos lo mejor posible. La verdad es que, si miramos las viejas fotografías, estábamos má bien delgados. No es que la carne, tan cara, formara parte del menú diario; pero sí lo hacía el tocino y a veces comiamos huevos y no falta la leche que vendía el lechero en la misma puerta y que la mayor parte de las veces estaba aguada. Así que, cuando llegaba la cuaresma mi madre se dirigía a la iglesia de San Gil y entraba en la sacristía para comprar una bula papal de carne que nos permitiera comer esos productos los cuarenta días de la cuaresma y el resto de los viernes del año.

Mi madre relata una de aquellas visitas cuando yo, el mayor, no contaba más que cinco años y ella tenía que cargar con la prole (tres niños pequeños) todo el tiempo. Así que acudió a la sacristía con los tres "de rabo" para pagar con cierto pesar la correspondiente licencia. Nosotros, los hermanos, nunca hemos sido especialmente alborotadores, pero aquel día algo de guerra tuvimos que dar pues el cura soltó un exabrupto que hirió a mi madre en lo más íntimo:
- ¡Demonios de críos! ¿Es que no les enseña su madre a estarse quietos?
Mi madre, dolida y avergonzada, le replicó:
- "Toda mi vida he tenido en mi casa viviendo a un cura, a mi tío cura, y nunca me ha tratado así...! (A mi madre le habían tocado la fibra: el tío cura la quería mucho y ella siempre se mostró cariñosa y respetuosa con él)
El cura pareció sorprenderse y de una manera disimulada se disculpó. Pero mi madre, cincuenta años después, aún recuerda la afrenta.

Hoy en día ya pocos sabemos qué era aquello de la bula. Si se busca en internet uno puede encontrar información en páginas eclesiales, histórico-religiosas o de antropología rural (muchas personas del campo recuerdan estas costumbres de su juventud en los pueblos). Para los que nacieron hace menos de cincuenta años les ilustro un poco: Las bulas papales (era el Papa quién las concedía) eran permisos o dispensas de ciertas obligaciones que el común de los cristianos tenían como precepto. La bula de carne dispensaba, por el precio de una peseta de entonces, del ayuno de carne durante la cuaresma y todos los viernes del año. El catecismo del padre Astete, aún en uso, establecía que pecaban mortalmente todos aquellos que no lo cumplieran .
Había bulas heredables expedidas desde siglos atrás a ciertas familias. También había exenciones curiosas como la bula a todos los habitantes del pueblo de Meco (vecinos nuestros en Cabanillas: yo podría llegarme en bici en plena cuaresma a comer un cochinillo en alguno de sus restaurantes sin pecar mortalmente), la razón estaba en que era el pueblo más alejado de las costas españolas al estar situado en el centro mismo de la Península y, por tanto, el pescado (la alternativa protéica animal a la falta de carne) tardaba más en llegar. Existieron en tiempos los bulderos (vendedores de bulas) que muchas veces las falsificaban (hay referencias a ellos en El Lazarillo de Tormes).

Esta prohibición favoreció un magnífico descubrimiento gastronómico. Debo citarlo pues el miércoles pasado en el restaurante "El Alto" (carretera de Arganda a Chinchón) me sirvieron en el menú unos exquisitos garbanzos con bacalo, receta de cuaresma del pobre (cuando el bacalao era barato aún). No hay bien que por mal no venga.

lunes, 12 de marzo de 2012

La tómbola de muñecas.



Durante las fiestas de San Pedro, en Burgos, el Ferial se montaba en el Paseo de la Quinta entre los árboles gigantescos que crecían en la margen izquierda del Arlanzón.
Mis hermanos y yo lo visitábamos algunas veces, de la mano de mis padres. Eran visitas de "ver pero no tocar" pues montar en las atracciones o comprar algodón de azúcar era demasiado lujo para nuestra pobreza. Estaban contadas, y reservadas a los domingos, las entradas a las atracciones. Así que lo que hacíamos casi siempre era pasear y, a lo sumo, comprar un duro de papeletas en alguna de las tómbolas que anunciaban por sus altavoces las excelencias de sus premios. Mis hermanos y yo nos conformábamos con recoger del suelo las papeletas impresas con cartas de la baraja coleccionables con la esperanza de compeltar algún palo: ¡nos parecía que era tan fácil...! Pero siempre faltaba un siete de oros, o un cuatro de bastos que, ¡maldita la suerte!, nunca aparecían.

Una de aquellas tardes, a última hora, pasando al lado de una tómbola llena de preciosas muñecas, mi madre se permitió un pequeño exceso. Se dirigió a uno de los empleados que tenía un balde ya casi vacío de boletos ante sí y compró cuatro (uno para cada uno de nosotros). En aquel momento, frente a la tómbola, sólo estábamos nosotros. Cada uno abrió su papeleta con infantil esperanza y... ¡Premio!: A uno de mis hermanos le tocó una "despampanante" muñeca rubia, la más bonita y más grande de las estanterías. El dueño, micrófono en mano, se desgañitaba celebrándolo. Incrédulos nos acercamos a recoger nuestra admirada muñeca con ojos como platos y manos temblorosas. Mi madre, intuyendo que era nuestro día de suerte, decidió gastar otra moneda y pidió nuevas papeletas. Con ilusión redoblada desdoblamos aquellos papeles plegados y pegados como pequeños sobrecitos triangulares. De nuevo alguno de nosotros obtuvo premio: una segunda muñeca que el dueño de la tómbola se encargó de publicitar a los cuatro vientos. Excitada por la buena racha y pensando que no hay dos sin tres, mi madre volvió a apostar. Y de nuevo una muñeca de premio. Así hasta siete veces. No dábamos crédito a lo que estaba sucediendo. Llorábamos y reíamos de alegría mientras abrazábamos aquellas muñecas enormes y preciosas como si fueran nuestras primeras novias.
Llegamos a casa excitados. Corrimos a eseñárselas a los vecinos. Esperamos impacientes la llegada de papá para, todos a la vez, contarle lo ocurrido. Era todo un espectáculo. Mi madre colocó sobre la colcha de la cama de su dormitorio aquellas siete preciosidades: todas con sus vestidos de satén reluciente, sus  pelos ondulados y peinados a la prefección, su cara risueña y realista, sus ojos resplandecientes como piedras preciosas, sus párpados animados que se cerraron al ser acostadas dulcemente.

¿Cómo fue posible esa racha de suerte? ¿Hubo algún tipo de divina compensación de nuestra pobreza o fue la humana caridad de los feriantes? ¿Acaso sería una maniobra para publicitar la tómbola y atraer posibles compradores en un momento de escasa asistencia?

Sea como fuere, en un contracuento genial, me sentí como un pobre y triste enanito  que recibe el maravilloso regalo de 7 Blancanieves de la suerte.

sábado, 10 de marzo de 2012

Mis fetiches (4): Mi vieja Parker 51

 
  
Cuando murió mi tío Faustiniano, mi tía Lucila nos entregó su pequeña biblioteca, su colección de papeles, sus escritos personales, sus pequeñas investigaciones y su pluma.
La pluma ya tenía sus años por aquel entonces y una historia interesante. La vieja parker 51fue revolucionaria en sus tiempos. Los ingenieros de la compañía Parker introdujeron la innovación revolucionaria de utilizar una tinta de secado rápido a base de una tinta más alcalina que penetraba más profundamente en el papel. La llamaron "superchrome" y era mucho más brillante que la anterior. El problema de la corrosión del depósito de goma por su alcalinidad llevó a sus ingenieros a desarrollar un cuerpo de pluma en lucite, material utilizado en los aviones B-17 de la Segunda Guerra Mundial y que no se alteraba con la nueva tinta.

El diseño de la nueva pluma, se encargó al famoso artista húngaro Moholy-Nagy del movimiento Bauhaus, que creó un prototipo revolucionario: seguía la moda aerodinámica, con la forma de un fuselaje de avión y su plumín venía carenado para evitar que la tinta se secara en el mismo. Igualmente el plumín se fabricaba con una novedosa aleación de platino y rutenio (metal que hasta entonces no tenía casi aplicación alguna). El modelo se denominó 51, porque su desarrollo se finalizó en el año 1939, 51º aniversario de Parker. A partir de 1948 el antiguo depósito de tinta se sustituyó por el nuevo aerométrico, en el que un depósito de plástico Pli-glass, contenido en un cilindro metálico abierto por un lado, podía comprimirse con los dedos al presionar sobre un fleje que llevaba adosado. Al soltar el fleje el vacío dentro del depósito hacía subir la tinta. Los gastos de investigación para la creación de la nueva superpluma fueron elevadísimos para la época: un cuarto de millón de dólares pero, tras una tímida acogida inicial, su demanda se disparó superando en la década de los 40 la oferta que podía cubrir la compañía.

Así que la pluma de tío bien pudo ser un regalo muy valioso que se le hiciera, allá por los años 50, seguramente cuando era secretario en Santibáñez de la  Peña, como muestra de especial aprecio o en cosideración a su especial dedicación, pues siempre fue un trabajador infatigable en favor de sus ayuntamientos. Lo que es seguro es que no la compró él mismo pues su precio sería prohibitivo. La compañía se cuidó muy mucho de mantener en alza la demanda mediante  precios elevados. La dorada parker 51 se aproximaba al concepto de joya. El hecho de tener el capuchón chapado en oro de 14 kilates ya delata la intención con que fue construída.

Se usó para la firma de los eventos más importantes de aquellas décadas: el armisticio de la II guerra mundial, incluso se realizaron ediciones conmemorativas usando la plata de un pecio español del s. XVI.

En la época en que entró en la casa del pueblo, dentro de algún cajó, del armario biblioteca de mi tío, yo estudiaba magisterio. Desde que la descubrí empecé a usarla a menudo. Me gustaba la suavidad con que se deslizaba sobre el papel, sentir su peso en la mano lo que daba seguridad a la caligrafía, su elegancia en el trazo, su facilidad de uso y de recarga y la resistencia que presentaba a caídas, golpes y presiones. Además se adaptaba muy bien al doble trazo que yo, de forma heterodoxa , conseguía invirtiendo el plano de apoyo del plumín y haciendo que la línea fuera finísima. Por otro lado el capuchón dorado daba un halo de prestigio al escritor que parecía también transmitirse a los escritos.

Esa pluma trabajó sobre miles de renglones. Fueron con seguridad kilómetros de líneas azules completadas con su plumín indestructible. Con ella hice numerosos exámenes. Ella fue mi instrumento para realizar las pruebas de la oposición ¡Y siempre con exito! Fue gracias a ella como compuse multitud de poemas, cientos de relatos que guardo con la esperanza de publicar algún día. Fue la autora de cartas sentidas y entrañables.
Esa pluma de mi suerte, que aún conservo, está ahora ligeramente abollada. Un corrosivo pegamento se adhirió a su capuchón y hube de rasparlo dejando los arañazos del cuter sobre la filigrana. Su prendedor de pluma dorada ya palidece con el roce de los años. Tuve que arrancar su plumín cuando empezó a derramar la tinta con leves hemorragias...

Pero aún la conservo. Siempre fue mi pluma de la suerte. Siempre merecerá un lugar entre mis amuletos más valiosos. Quizás, como a los viejos guerreros que yacen en su tumba enterrados con sus armas, debiera acompañarme al crematorio cuando llegue mi momento. Allí, unas minúsculas gotas doradas, sobrevivirán al humo del final de mi existencia.

martes, 6 de marzo de 2012

Mis fetiches (5): El cañón de "La Vieja"

Hubo un tiempo en que mi madre se sentía con fuerzas sobradas y, como es inquieta y  emprendedora, decidió ganar unas pesetillas como empleada de hogar. El destino la llevó a ocuparese de ayudar a una señora, ya anciana, que vivía en uno de los antiguos edificios de la Plaza Mayor en Burgos. Estas mujer, ya viuda, había estado casada con un militar de alta graduación. Mi madre acudió a su casa por espacio de varios años y  ambas se hicieron muy amigas. Mi madre aportaba a la relación su buen humor, su simpatía y esa mirada irónica de la vida que le caracteriza. La buena mujer aceptaba contenta su compañía, valoraba la espontáneidad de mi madre y se sinceraba con ella confesándole sus preocupaciones y sus secretos.
Mi madre acudía contenta a su casa. Hacían juntas la limpieza. Mi madre  barría y la buena mujer iba detrás rebarriendo las mínimas motas de polvo que podían haber escapado al rápido paso de la escoba. A esa obsesión por la limpieza mi madre respondía con fingidos exabruptos, que ella recibía justamente como cariñosas reconvecciones. Con su caracter, falsamente riñón, mi madre bromeaba con aquella mujer diciéndole que el próximo día traería en el bolsillo un poco de polvo que echaría en el suelo cuando no la viera para que se pusiera contenta de lo bien que habían limpiado.

¡Cuántos secretos no se contarían mutuamente! Pese a la aparente relación señora-sirvienta, su convivencia en aquella casa era de amistad más que laboral. Con el tiempo creció el afecto. Mi madre  la visitaba y ella se lo agradecía. Le demostraba su afecto de muchas maneras. Ella fue quién puso el dinero para pagar una excursión a Tierra Santa, que era el sueño de mi madre. Ella le regalaba trajes y objetos de valor que guardaba desde hacía décadas. Suyas eran aquellas botellas que trajo mi madre a casa en una ocasión y que eran auténticas piezas de colección: Un coñac centenario, precintado y único de la casa Domec, un cañón de hierro construído artesanalmente y preparado para disparar cartuchos de fusil...

La historia de la botella de coñac tuvo un final borrascoso. Mi madre la llevó al pueblo y la colocó en la alacena del comedor. Era una botella de exposición. No pensaba abrirla hasta que naciera su primer nieto. Allí quedó entre botellas rellenas con pacharán casero, wisqui barato, anises de saldo... Mis hermanos visitaban ocasionalmente el pueblo. Solían ser visitas rápidas e improvisadas en las que, a veces, invitaban a un grupo de amigos. En una de ellas, llegadas las 12 de la noche y al calor de la lumbre, se inició el ritual de tomar una copilla. Cuando abrieron la alacena y encontraron un coñac de tan buena pinta no se lo pensaron dos veces y triscaron dos tércios de la botella en esa noche. Curiosamente, pensaron, ese coñac que llevaría en la alacena "ni se sabe el tiempo" estaba buenísimo. Cuando mi madre regresó al pueblo y descubrió que la habían abierto la botella "del bautizo" se enfadó muchísimo y echó a mi hermano Javier la mayor bronca de su vida. Aún quiso conservar el tercio restante y lacró el tapón la botella con cera a la espera del gran acontecimiento. A veces pienso que mi hermano Javi, sintiéndose culpable, adelantó todo lo que pudo el nacimiento de su primer hijo, David, para compensar la desilusión de mi madre.

El cañón me llamó poderosamente la atención a mí, que soy el manitas de la familia. La única pieza "de fábrica" parecía ser el cañón en sí. Es una pieza de tres cuerpos de 27 cm del cascabel a la boca, con una culata roscada que permite, golpeando el cascabel, accionar un percutor que la atraviesa. El ánima tiene  un calibre de 9 mm.
Los muñones se asientan en una cureña de gruesas chapas de hierro recortadas y unidas medieante remaches. La cureña va montada en dos ruedas doradas probablemente de fundición. Cuando mi madre lo trajo estaba pintado con una gruesa  capa de pintura verde que lo disfrazaba de maqueta vulgar. Lo lijé cuidadosamente devolviendo a las piezas su textura y brillo original.  Ahora es una de las piezas más interesantes de mi salón: el cañón de "La Vieja", que un día fue contruído, quizás  por  un general, y hoy aguarda en posición, ante una hilera de libros, ser la artillería de las ideas.

Con el paso de los años, "La Vieja" como le llamaba mi madre cariñosamente, se fue haciendo más vieja aún. Pasó a vivir en una residencia para militares próxima a Las Huelgas. Mi madre la visitaba y la mujer le agradecía emocionada esas visitas. Yo tuve oportunidad de conocerla en una de aquellas visitas. Era de una educación extrema y, en su mirada y sus gestos, se adivinaba la gratitud y la alegría por la visita. Después murió, quizás buscando reunirse en el más allá con ese marido que perdió. Mi madre aún la recuerda.

lunes, 5 de marzo de 2012

Un bar español

Hoy entré en un bar español. Entrar en un bar, en todo tiempo pero aún más en épocas de crisis, es un recurso muy económico para pasar el tiempo y disponer de infinidad de servicios. Por el  precio de una simple caña o un chato de vino (aún hay algunos que cobran por esto un módico eurillo) tienes derecho a:
Usar los palillos de la barra e incluso quedarte algunos para después del bocata, utilizar servilletas a discrección, leer periódicos deportivos en cantidad (¡e incluso alguno de información general, en ocasiones!), ver y ¡oir! la televisión (a veces en varias pantallas gigantes estratégicamente situadas por el local), sentarse  en una silla o taburete junto a la barra, ocupar una mesa (esto puede resultar algo más caro), usar el servicio de forma despreocupada (o preocupada según el caso), gastar papel y agua (si hay), lavarse con jabón y utilizar el secador (si funciona), tirar colillas al suelo (si has fumado en el servicio a escondidas, que fuera está  prohibido), jugar a las cartas (eso ya se hace menos), gritar y vociferar sin censura, contar tus penas al camarero e incluso permitirte protestar por la tapa y decirle que gana mucho dinero.

En el bar español había mucha gente. Había tantos porque era un poco cutre (los más límpios se suponen aburridos y caros). Como la barra estaba repleta de clientes tuve que ser necesariamente maleducado y hacerme un hueco empleando el cuerpo a modo de cuña entre dos grupos que gritaban y gesticulaban. Para reclamar la atención del camarero hube de apelar a la descortesía de cazarle al paso levantandole la voz: "¡Me pone un café cuando pueda, por favor!". El camarero, sin un gesto, siguió su camino hacia el extremo de la barra. Luego supe que me había oído pues cogió el cacillo del café y lo dispuso en la máquina. El café es de una amargura atroz. Literalmente está quemado. Uno recuerda la suavidad de los cafés colombianos preparados por los autóctonos con nostalgia. Apoyado en la barra paseo la vista por el local. Enfrente de mí está el jamón. Un bar español que se precie tiene que tener su jamón colgado y apoyado en la pared. Éste luce brillante y bien embadurnado de grasa separado del alicatado por papel de estraza. El local tiene las paredes de ladrillo falso y algunos arcos, falsos también, rematan una pretendida arquitectura rural. No faltan las señales de actividad y agobio que hacen "auténtico" el negocio: cajas de bebidas amontonadas cerca de la puerta de la cocina, una máquina de "La Menorquina" en un rincón, las tragaperras... En las paredes posters de equipos de fútbol (el sempiterno real Madrid) y algunas reproducciones de viejas fotos de la localidad. En un extremo de la barra la clásica porra a medio cubrir. Colgando del techo, el achicharrador de insectos, despide su luz violácea.

Al pasar delante de las máquinas tragaperras me interpelan con una voz apremiante: ¡Hagan juego, señores!. Después, a intervalos regulares, ponen en marcha una musiquilla irritante. En una de ellas el ludópata de turno aprieta convulsivamente los botones de las ruletas. Al cabo de un tiempo le chuta una dosis ajustadísima de monedas: clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac...

El bar español huele a rancio. No se ventila mucho, tan sólo cuando entran los clientes que parece que han de traerse el aire puesto. En las paredes cuelgan letreros con un clarísimo icono y la leyenda de "Prohibido fumar". Hoy, a las 8:30 de la mañana, en el bar del primer aguardiente del día antes del trabajo, hay 5 personas fumando. hay dos camareros: uno es sudamericano y la otra parece rumana. Cuando el bar se despeja un poco sale con un cepillo y se pone a barrer tranquilamente. Cuando llega a mi altura pasa el cepillo sobre los desperdicios amotonados al pie de la barar y alrededor de mis zapatos. Parece un perrillo que retoza en mi pernera, pero me da más asco. Me aparto y le dejo cuatro metros cuadrados de libertad a la escoba.

Me voy al servicio, en realidad era el principal motivo de mi visita. A fuerza de ser originales, a veces cuesta identificar la figurita de "hombres". No es problema: se echa una ojeada: será el que esté más guarro. Busco el temporizador (ahora todos lo tienen). A partir de este momento dispongo de 25 segundos para hacerlo "todo". Tengo un problema con la cazadora: el cuchitril es tan pequeño que apenas puedo quitármela. Prefiero no pensar mucho por donde roza la prenda. Intento colgarla en algún lado: puede ser el picaporte, el cilindro del papel higiénico... 23, 24, 25. ¡Se apaga al luz! Menos mal que aún puedo salir a repulsar. Dispongo el papel y la tapa (previamente limpiada a base de papel) para aliviar mis necesidades a toda prisa. Es igual. En el momento de echar mano al papel se vuelve a apagar. He de limpiarme a oscuras. ¡Tanto ducharse y restregarse en casa hace menos de una hora para esto!
Hecho de menos las cafeterías vienesas. Allí te cobraban un buen pico por el café, pero este era exquisito y el camarero era ¡El señor camarero! que te atendía con amabilidad extrema. Y los muebles (sofás en muchas ocasiones), y el ambiente, la decoración, la deliciosa y cuidada repostería...

Me temo que habré de visitar mucho bar español. Avanza la crisis. Las cafeterías alemanas y austríacas se quedarán en países sin ajustes. Nosotros visitaremos bares de a un euro la caña. Y, quién sabe si no tendremos que poner uno cada español para subsistir.

viernes, 2 de marzo de 2012

Los Pilares de la Tierra


Me puede el sentimiento, me vencen las ganas de publicar un artículo sobre esta catedral singular,  uno de los lugares que más impresión han dejado en los visitantes que conduzco como anfitrión por estas latitudes del sureste madrileño.

Me pregunto si será casualidad que la Catedral del señor Justo se ubique junto a una calle que lleva por nombre el del genial arquitecto Antonio Gaudí. Se hermanan aquí dos "arquitectos" obsesionados con su obra: Antonio Gaudí con su Sagrada Familia, de la cual se enamoró visceralmente hasta el grado de llevar su taller a ella y dedicar buena parte de su vida al fallido intento de su conclusión y el señor Justo Gallego que lleva casi 50 de obstinado afán por terminar su catedral que es a un tiempo hacienda, casa, taller, vida y muerte. Como el ilustre catalán, probablemente tampoco él pueda acabarla.

En la antigüedad se tardaba al menos 30 años en construir una catedral y eso con todo un equipo de trabajadores y financiación generosa. Pero muchas veces los avatares de la historia detenían su construcción por tiempo considerable. Incluso en épocas de prosperidad económica, la construcción de una catedral era un trabajo que requería de una ingente cantidad de mano de obra y fondos, por lo que en su erección se podía tardar más de un siglo.

La catedral de Mejorada -La Catedral del Loco, como dicen los mejoreños- no es tal; no puede serlo pues la Iglesia no la tiene consagrada ni reconocida. Pero lo merece por su grandiosidad, su originalidad y su empeño. No le es permitido oficiar misa en ella, de manera que ésta, que es su gran aspiración, nunca podrá ser realizada. En el pueblo de Mejorada ya existen dos iglesias: parroquia de la Natividad de nuestra Señora, y parroquia madre del Rosario. Ambas están adscritas al obispado de Alcalá de Henares, el cual se muestra cauteloso ante la intención de Justo de donarle, a su muerte, la edificación.

Desde el 12 de octubre de 1963 han pasado casi 50 años en los que, sin faltar un sólo día desde la madrugada al anochecer (excepto domingos), el Señor Justo -arquitecto, diseñador, albañil, soldador, encofrador, soldador, escultor, plomero, pintor... maestro en todo, licenciado en nada- empezara esa obra desorbitada. En un terreno de su propiedad y empeñando todo su patrimonio (era uno de los más significados terratenientes de Mejorada) comenzó a los 27 años la construcción de este templo a partir de "El Nacimiento", una cripta de unos 300 metros cuadrados que construyó mientras se recuperaba de su enfermedad de tuberculosis (motivo por el cual fue expulsado del Monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, en Soria).
Con su curación, decidió dedicar un templo mucho mayor a la Virgen del Pilar, a quién se había encomendado.

Durante medio siglo lo ha hecho casi todo solo, con algo de ayuda de sus seis sobrinos o de algún eventual voluntario. En ocasiones ha contratado los servicios de un especialista con su propio dinero. Financiaba su trabajo alquilando o vendiendo terrenos heredados y con donaciones que recibía de cuando en cuando. El proyecto se complicó cuando el dinero se agotó. Los terrenos que tenían la familia Gallego hace tiempo eran de más de 120.000 metros cuadrados, de los cuales vendió bastantes trozos hace años. Uno de ellos, que tenía unos 20.000 m2 fue vendido hace 40 años y le dieron en aquella época 500.000 pesetas, todo un dineral, que utilizó para empezar a edificar la catedral. El señor Justo no puede cobrar por las visitas (la Catedral está edificada en suelo privado, propiedad de la familia de Justo y éste no se ha adherido a ningún plan ni del Gobierno de Madrid, ni de la Diócesis, y por tanto, no puede cobrar entrada por ser un lugar privado y no registrado); de ahí que todo lo que Justo ingresa lo tiene que conseguir en forma de donaciones que se recogen en una gran hucha metálica azul en la entrada. Incluso ha llegado a protagonizar el anuncio de un conocido refresco para disponer de algunos fondos extra para su obra.

A día de hoy, sólo los terrenos donde se asienta la catedral tienen muchísimo valor (solamente el terreno valdría más de 1.200.000 euros), y si se une lo que en sí vale la catedral que está construyendo, el valor es incalculable.

El diseño, la planificación del trabajo, es un reto a la lógica y una trasgresión continua de los cánones.  Justo construyó una imagen mental de su proyecto con ideas extraídas de libros e imágenes, especialmente de catedrales y castillos medievales. Tan sólo algunos dibujos orientan al visitante de la figura imaginada por su creador. Se sabe que en sus inicios hizo una maqueta con palillos que aún conserva pero que no está expuesta al público.

La catedral se extiende en una zona de 8.000 m2 y 35 m de altura hasta la coronación de la cúpula, 2 torres previstas de 60 m. Las soluciones arquitectónicas con tan precarios medios son originalísimas y desmitifican dolorosamente a expertos arquitectos. Según cuentan un grupo de estudiantes de arquitectura en visita a la catedral comentaban al recorrerla: "Estupendo, 5 años de carrera a tomar por culo", refiriéndose a que la estructura y edificación no siguen ninguna de las reglas básicas de construcción modernas. Hormigón, alambres, hierros, bidones usados, ladrillos deformes y deshechados… esos son los materiales que utiliza Justo y que ha podido conseguir mediante donaciones de empresas de los polígonos vecinos, visitas a vertederos y peticiones a los chatarreros cercanos. El uso del hormigón es profuso, las torres de ladrillo son auténticos puzles de piezas irregulares, el armado con ferrallaconstrucciones contemporáneas para dar más ligereza a los edificios.  La cubierta era realizada con chapas superpuestas, al igual que la bóveda de medio cañón de la nave. En una lección práctica de economía y reciclaje usa una rueda de bici a modo de polea para subir los materiales y reutiliza botes de cola-cao para encofrar los pilares.
 
Los elementos ornamentales, en los que se ocupa últimamente, consisten en coloristas pinturas murales, vidrieras con profusión de azules, rojos y amarillos, estatuas realizadas en hormigón... todo ello con diseños ingenuos, casi infantiles. Para las vidrieras usa cristales de colores machacados y pulverizados que atrapa a modo de sanwich entre dos láminas de vidrio selladas con silicona. La monotonía gris del hormigón se rompe en múltiples ventanales coloredados distribuidos por los flancos de las naves central y laterales. Los rayos de sol dibujan en el suelo un caleidoscopio de colores primarios que alegran la tristeza del cemento (el pavimento, aún de obra, no tiene embaldosado alguno).

Casi cincuenta años después, la estructura de la catedral está terminada, abarcando un espacio de 20 x 50 metros. Unos 8.000 m2 están ya construidos o a punto de terminar. Incluyen un complejo de claustros, oficinas, habitaciones para vivienda y una biblioteca. Justo tiene hoy 84 años y sólo dos tercios de la catedral están construidos. Él piensa al respecto que tampoco va tan mal: al fin y al cabo las catedrales de Madrid y Barcelona todavía no están acabadas y llevan en construcción mucho más tiempo. El milagro de su empresa sólo tiene parangón con el milagro que necesita para concluirla. Todos coinciden en que lo que la mantiene en pie es la fe.

Este insólito propósito vital ha llamado la atención en numerosos medios de comunicación, principalmente en el extranjero (nadie es profeta en su tierra). Incluso museos tan emblemáticos como el MOMA de Nueva York incluyeron una exposición fotográfica de su construcción. La primera publicación española que hizo una reseña del hecho fue la revista “Más Allá”, la cual otorgaba al asunto connotaciones paranormales.

Ante la grandiosidad de la mole constructiva algunos aseguran que, en un ataque nuclear, el único edificio de Mejorada que quedaría en pie sería esta construcción. Yo, lego en la materia, debo apuntar serias objeciones arquitectónicas que no puedo callar por su posible incidencia en la seguridad de los posibles fieles que la ocuparan:
El uso del hormigón es profuso (un amigo contratista de obra me comentó, sin embargo; que lo ha usado mal: el fraguado ha de hacerse en un sólo bloque, es decir de una sola vez, si no no es consistente). Por otra parte el reiterado uso de materiales con posibles fallos de consistencia o estructura puede producir caídas o desprendimientos lo que puede hacer muy peligrosa su visita. Son de esperar también errores de cálculo  en la disposición y la resistencia de las estructuras (tengamos en cuenta que los profesionales utilizan medios informáticos y reglas de cálculo muy precisas); podría ocurrir que pilares, escaleras, paredes y techos no soporten las cargas o los centros de gravedad no estén lo suficientemente alineados. El desplome general quizás sea difícil por la masiva utilización del hormigón armado, pero sí pueden producirse desplomes  parciales. También es de esperar que los materiales baratos, en algún caso perecederos, pueden producir fallos de fijación (enfoscados, grietas, etc.)

No sería de extrañar que, a la muerte del señor Justo, la catedral quede como obra inacabada, como esqueleto de una catedral que nadie quiera asumir el riesgo de terminar. Incluso es firme candidata al derribo. Mucha responsabilidad para un proyecto con tanto peligro. ¿Quien asumiría su terminación y la responsabilidad subsiguiente de su uso seguro? Sin contar el aspecto legal, pues ¿Qué licencia de obra tiene? , ¿Qué proyecto visado por el colegio de arquitectos podría conseguir?...

Y sin embargo, un romántico deseo me sustenta la esperanza de que, de alguna manera, se arreglen estos problemas y se inaugure la tan ansiada catedral. Sería un triunfo de la Esperanza. Debería estar dedicada a Ntra. Señora de los Imposibles, mi patrona. Creo haber descubierto el motivo secreto de mi simpatía por esta obra quijotesca: me recuerda mucho, en mínima escala, el espíritu con con que cada día trabajo en su edición: sus poquísimos seguidores y colaboradores, el mínimo apoyo que recibo, la locura de emplear mi tiempo en algo aparentemente inútil y destinado a desaparecer, la falta de conocimientos para una escritura correcta...

Pero la obra sigue. Los pilares de la tierra crecen lentamente hacia un cielo cada vez más cercano. Quién sabe. Quizás ya lo estén rozando.


NOTAS AL MARGEN

Justo Gallego, editó una breve reseña para los visitantes de su catedral. Sintiéndose agobiado  por la cantidad e personas curiosas que se dirigían a él interrumpiendo su trabajo dejo escrito en una de las paredes de la entrada:


Debido a mis problemas de afonía, les ruego eviten hacerme hablar. Si desean información, lean este cartel.
Me llamo Justo Gallego. Nací en Mejorada del Campo el 20 de septiembre de 1925. Desde muy joven sentí una profunda fe cristiana y quise consagrar mi vida al Creador. Por ello ingresé, a la edad de 27 años, en el monasterio de Santa María de la Huera, en Soria, de donde fui expulsado al enfermar de tuberculosis, por miedo al contagio del resto de la comunidad. De vuelta en Mejorada y frustrado este primer camino espiritual, decidí construir, en un terreno de labranza propiedad de mi familia, una obra que ofrecer a Dios. Poco a poco, valiéndome del patrimonio familiar de que disponía, fui levantando este edificio. No existen planos del mismo, ni proyecto oficial. Todo está en mi cabeza. No soy arquitecto, ni albañil, ni tengo ninguna formación relacionada con la construcción. Mi educación más básica quedó interrumpida al estallas la Guerra Civil. Inspirándome en distintos libros sobre catedrales, castillos y otros edificios significativos, fui alumbrando el mío propio. Pero mi fuente principal de luz e inspiración ha sido, sobre todo y ante todo, el Evangelio de Cristo. Él es quien me alumbra y conforta y a él ofrezco mi trabajo en gratitud por la vida que me ha otorgado y en penitencia por quienes no siguen su camino.
Llevo cuarenta y dos años trabajando en esta catedral, he llegado a levantarme a las tres y media de la madrugada para empezar la jornada; a excepción de algunas ayudas esporádicas, todo lo he hecho sólo, la mayoría de las veces con materiales reciclados… Y no existe fecha prevista para su finalización. Me limito a ofrecer al Señor cada día de trabajo que Él quiera concederme, y a sentirme feliz con lo ya alcanzado. Y así seguiré, hasta el fin de mis días, completando esta obra con la valiosísima ayuda que ustedes me brindan. Sirva todo ello para que Dios quede complacido de nosotros y gocemos juntos de Eterna Gloria a Su lado.


En el año2005, la necesidad de fondos para continuar con su obra le llevó a protagonizar en un anuncio publicitario de televisión para Aquarius. Cobró 30.000 euros por ceder la catedral para tres días de rodaje y por participar en él. Por otra parte la compañía Coca Cola, le ha invitado varias veces a ir a Nueva York, para poder visitar el MOMO, el Museo de Arte Moderno de Nueva York donde existe una exposición fotográfica de su obra. Coca Cola se lo pagaría todo pero según Justo él no se subirá a un avión ni loco.


En las últimas etapas de la construcción, Justo ha dependido de donaciones del público. Justo asegura que cerca de 2.000 personas acuden cada verano a visitar la catedral, y son muchos los estudiantes, sobre todo extranjeros, que le ayudan en esta época.
Si estás interesad@ en verle completar su proyecto, puedes hacer tu contribución a través de la cuenta bancaria a su nombre:

BBIC número de Caja Madrid: CAHMESMMXXX
IBAN number: ES56 2038-2814-55-3001190368.
Cuenta bancaria a nombre de : Justo Gallego Martínez
Caja Madrid 2038-2814-55-300119030068
Ave. de Andalucía 3, Mejorada del Campo
28840 Madrid (España)





Te recomendamos este vídeo de excelente factura con un breve documental en inglés sobre la construcción de la catedral.