jueves, 29 de diciembre de 2011

Homo sum (6): "Un chute de café"


Era una de aquellas tardes en que el sopor me tenía postrado en el sofá. Por imperativo de mi voluntad me levanté y me dispuse a realizar la lista de tareas pendientes que tenía asignada a aquella tarde.

Encendí la cafetera automática. Se trata de una vieja cafetera italiana que aún cumple su función aunque precisa ayuda manual para mantener apretado el cacillo y evitar escapes. Cogí el tarro del café y llené el cacillo hasta el borde. Me gusta el café cargado así que lo llené a rebosar.
Esperé que se encediera el piloto verde. Cuando destelló acivé el interruptor y comenzó a salir un café negro y espesa. El cacillo tiene capacidad para dos tazas. Yo necesitaba un café doble así que coloqué una única taza bajo el surtidor. Luego me tomé el café con poco azúcar, como a mí me gusta.
El café estaba realmente fuerte. Tenía un amargor desacostrumbrado que yo achaqué al poco azúcar. Pero me lo bebí sin remilgar.
Saqué el cacillo para tirar los posos y lavarlo. Me extrañó enormemente que estuviera límpio como una patena. ¿lo habría tirado ya sin que yo lo recordara? ¿Entonces porqué lo habría vuelto a poner vacío en la cafetera? estuve un rato pensando en cómo no era posible que recordara el momento de la limpieza del cazo... Asumí que mi memoria estaba ya peor de lo que creía. ¡Avanza el arzheimer! -me dije-.

 En fin, tenía cosas que hacer. Salí a la parcela. Enchufé el taladro para perforar la chapa de la puerta y poner unos remaches. Sorprendido contemplé cómo el taladro resbalaba sobre la chapa y no era capaz de acertar en los agujeros. Incluso tenía problemas para coordinar el dedo sobre el gatillo de conexión. -¿Qué me está pasando? ¡Hoy, no doy una!. Me dirigí al garage a por los remaches. Me dí un coscorrón con la puerta levadiza a la que no calculé bien la altura: ¡Y la tenía delante de las narices! Una excitación desacostumbrada me embargaba. Iba de un lado para otro, pero no era capaz de hacer nada bien. La ansiedad me empujaba a hacer alguna cosa y al momento me olvidaba de ella y sentía la necesidad de hacer otra... Era tal mi estado que me sonreí a mí mismo con curiosidad: ¡nunca me había encontrado así:  tan torpe e hiperactivo!
Tuve que dejar lo que estaba haciendo. Parecía drogado. me tendí en el sofá. Respiré hondo. Esa tarde la pasé domesticando lucecitas. Poco a poco me fui tranquilizando. Intentando explicarme los sucesos de aquella tarde hice una recontrucción mental de todas las acciones llevadas a cabo... y sobre todo el misterioso suceso de los posos desaparecidos...
 
Finalmente mi mente se iluminó: por fin comprendí lo que había ocurrido, aquello que explicaba todos los sucesos de la tarde.
El misterio se aclaró. Fui al armario y tomé el frasco del café... Allí estaba, en primera fila, el tarro de nescafé... Comprendí que, por algún extraño despiste había equivocado el frasco. El del molido (habitualmente en el frigo) lo había sustituido por el tarro de "puro extacto de café 100%, nescafé..." O sea: me había tomado el equivalente a 10-15 cafés. Y, evidentemente, el café era tan perfectamente soluble que dejó el cacillo de metal perfectamente límpio...
¡El gran misterio de los posos desaparecidos estaba resuelto! Y mi diagnóstico de alzheimer precoz quedaba reducido a ¡tremendo despistado! Este último me es querido y familiar. Lo acepto con cariño.

Homo sum.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Seminograma.

Mi mujer y yo no tenemos hijos. Existía algún tipo de problema así que decidimos acudir a un especialista para valorar causas y posibilidades. Entre las pruebas que nos solicitó figuraba, en lo que a mí respecta, la realización de un seminograma. En ese momento yo hice un gesto (con intención de pedirle aclaración) y él, interpretando que me oponía, levantó la voz y me echó un discurso sobre la necesidad de que tambien han de analizar mi semen, los prejuicios masculinos sobre que nunca son la causa de infertilidad, etc. Después de un buen rato me fajo de su torrente de reproches y le aclaro que oigo mal y no le había entendido, que no importa hacerme los seminogramas que sean necesarios... ¿Quién es realmente el que tenía prejuicios?

La verdad es que resulta curioso el procedimiento. Para empezar hay que ponerse literalmente manos a la obra en el momento indicado. Hay que provocar la  urgencia tengas o no ganas. Luego has de recoger con cuidado ¡que no se desperdicie nada, por tus hijos! el reciente licor seminal en el tubo al efecto. Por cierto, un "botecito" que acompleja ya por su tamaño, por su descomunal capacidad: ¡Pero si yo no llego ni a la décima parte!. Luego hay que taparlo con cuidado y llevarlo aún caliente (¡que no se muera ni uno por que se enfríe!) para entregarlo ¡en mano! a la señorita ATS con la consiguiente vergüenza de una pobre evaluación cuantitativa.

Todo esto hube de hacer ¡y por duplicado!. Pues resulta que el análisis de mi compañía no era de fiar al médico de mi mujer (de la Seguridad Social).  Con tanta repetición, pensaba yo, me voy a aficionar seriemente al solitario vicio... Pese a todo volví a hacerlo pagando, claro está 10000 pts por darme de alta en la Seruridad Social al efecto.

En fin, con tanto trabajo, para la  próxima vez pediré ayuda a la enfermera, que yo estoy muy cansado...

lunes, 26 de diciembre de 2011

El colegio San Antonio

Se subliman en mi memoria, ya casi etéreas, las imágenes escolares de mi más lejana infancia.
Mi primer colegio, El Zapatito, me produjo una impresión imborable. Apenas traspasada la puerta avancé por un largo y claro pasillo de la mano de mi madre y precedidos por una monja mientras a mi izquierda se desplegaban sobre las paredes los más maravillosos dibujos que jamás había visto. Entre las imágenes impresas en el pequeño álbum de mi memoria nunca había visto ratones de colores tan vivos y gestos tan expresivos, gatos tan juguetones, animales de muchos cuentos aún por escuchar... Luego, no sé como ni cuanto tiempo, acudí a ese colegio de cuyas aulas no guardo recuero, pero sí de su patio, alegre y lleno de niños con un gigantesco tobogán de cemento y un arenero descomunal entre grandes troncos de árboles. Muchas veces, años después, he querido pasar a visitar este colegio (aún en activo) y curiosear su patio por si encajaba en mis recuerdos. Aunque permanece un amplio espacio (el antiguo patio de recreo probablemente, no queda ni rastro de aquel mágico tobogán; sólo modernos y funcionales edificios de viviendas. Asomado a su pasillo no queda, siquiera pálido y desconchado, alguno de aquellos dibujos murales que impresionaron mi imaginación infantil.

Imagen del patio de infantil en el colegio "El Zapatito Blanbco" en la actualidad.

No hube de estar mucho tiempo allí, pues mis recuerdos se acaban en estos detalles. Sé que después acudí al colegio del Círculo Católico que tenía un patio minúsculo donde jugábamos un montón de crios, felices pese a la estrechez del recinto. Aún mantengo con cierta nitidez la imágen de las cajas de varillas de hierro donde traían las botellas de leche (de unos 200 ml) que nos daban en el recreo. Un retal de la memoria tiene fijada la imágen de una de aquellas botellas de cristal rota y su blanco contenido desparramado y hundiéndose por la rejilla central del suelo empedrado.
Que también estuve, algún día quizás, en las escuela de Ayuela (el pequeño pueblo de mis padres) lo prueba que puedo recordarme sentado en antiguas mesas de madera sobre tarima de madera con una estufa de leña en el centro y la imagen de la preparación, a media mañana, de la leche en polvo que, gracias a la ayuda americana -creo-, nos daban en la escuela. Esta escuela estaba encima del bar actual, en el edificio del ayuntamiento.

Después del Colegio del Círculo estuve algún tiempo en el Colegio San Pablo. Las imágenes que conservo de allí son las de una gran aglomeración de alumnos gritones en clases bastante abarrotadas. De alguna manera fue para mí desconcertante esta algarabía, pero recuero haber hecho buenas migas con algunos de los compañeros. Ellos me enseñaron a hacer pompas de jabón con ayuda de los dedos índice y pulgar cuando nos lavábamos para entrar en el comedor. También mi primera adquisición tecnológica: élices con tres tiras de papel.
Mis recuerdos empiezan a tomar forma más definida cuando me llevaron al colegio San Antonio, en la calle Santa Clara. Este era un colegio que pretenecía a la congregación marista y era una versión más restringida para niños pobres del influyente colegio Liceo Castilla, por aquel entonces la flor y nata de la enseñanza en la ciudad de Burgos. Los profesores que nos daban clase allí también lo hacían en el Liceo con lo que la enseñanza era en realidad muy buena. Tendría ya 5 años y estuve en ese colegio bastantes meses. Recuerdo su patio rodeado de una tapia y con árboles. Allí me hice amigo de Jesús González, amistad que aún mantengo. Allí descubrí maravilloso imágenes de animales, paisajes, experimentos... todo ello gracias a las fascinantes filminas que nos proyectaban. Recuerdo orgulloso el momento en que el hermano que nos tutelaba nos permitía, después de interminables semanas con el lápiz, iniciar al manejo de la pluma. Aún veo los antiguos tinteros cilíndricos encajados en los agujeros de nuestras viejas mesas de madera pareadas, el cuidado reverente con que encajábamos las plumillas y el primor con que escrbíamos en nuestros nuevos y flamantes cuadernos de caligrafía. Allí aprendí las tablas de multiplicar y a leer, aunque probablemente en casa mi madre hiciera de maestra amater con mucho gusto y nos enseñara por su cuenta como hizo con mi hermano Javi, al que enseñó tan bien, que logró plaza en un colegia a plazo cerrado al demostrar al director que era capaz de leer perfectamente un libro colocado al revés.

La última imagen de aquel colegio permanece nítida en mi retina. Era invierno. Se acercaba la Navidad. Mi madre nos había arropado con el modesto abrigo, el pasamontañas y la bufanda. La noche anterior había nevado. En las calles aún permanecían recortes de nieve en las aceras. Cuando llegamos al colegio nos encontramos un pequeño caos y desorden. Había mucha gente y algunos camiones. Vimos las ventanas ennegrecidas por el humo y como unos hombres arrojaban los pupitres desde ella a la calle. Aún ascendían pequeños columnas de humo desde las ventanas y algunos puntos del tejado. Me pareció ver mi mesa asomar arrastrada sobre el poyete de la ventana y, con un último impulso de un par de manos robustas, caer escandalosamente sobre el montón de pupitres desvencijados y rotos. Sorpendido miré a mi madre. Uno de los hermanos habló con ella. Nos daban vacaciones anticipadas. El colegio sería derruído. Intentarían buscarnos acomodo en el Liceo Castilla, pero hasta el siguiente trimestre deberíamos estar en casa...
Fueron unas largas e inesperadas vacaciones.

A partir de enero nos dieron la oportunidad de ingresar en el Liceo Castilla y nos concedían una beca, pues el colegio era de pago. Mis padres aceptaron y supongo que, pese a la beca, tuvieron que hacer muchos sacrificios para poder mantenernos allí. Allí pasé el resto de mi infancia y mi paso por ese colegio tuvo gran repercusión en el resto de mi vida.

Pero eso, es ya otra historia.

Patología forense.

Todas las noches, a veces desde la sobremesa, se acumulan en los canales secundarios las series forenses. Hay algo patológico en ese interés que mucha gente hoy en día manifiesta por presenciar crímenes y meterse en las mentes retorcidas de asesinos y psicópatas. Hay mucho de malsano en presentar cuerpos en putrefacción, enfrascar vómitos, embotellar bilis y orina, hurgar en las heridas, mondar y rebañar los huesos, olisquear restos de semen, buscar  mocos, rastrear sangre... Es plato de mal gusto enseñar los cadáveres abiertos en canal (en Y precisamente), en colocar los miembros descoyuntados como piezas de un puzle, en manosearles, pinchales, cocerles, robarles las vísceras, desguazarles la dentadura, rasparle las uñas... No me agradaría  tener tan poca tranquilidad e intimidad tras morir.
Por si no bastara, pueden recrearse (mejor en vivo que virtualmente) las escenas de autos. En aras de un mayor verismo la productora aconsejará primeros planos, detalles ampliados de los destrozos, chorros de sangre sin restricción y consejos sobre la conveniencia de la cámara lenta en los momentos oportunos.
Es también preciso disponer de un bien dotado equipo informático con auténticos hacker buenos (que han de ser siempre tipos raros y frikis) y un laboratorio de primera (tipo Jeffersonian) con modernos y asépticos aparatos (nada de la cutrez de matraces y espirales con líquidos de colorines).
Me sé de sobra el esquema de todos los telefilm: una escena cotidiana, un brusco asesinato (del asesino apenas un detalle o una sombra) o bien un cadáver que se nos manifiesta sorpresivamene. Luego viena la consabida escena del acordonamiento policial (las productoras deben disponer de rollos kilométricos de cinta especial pues cada semana utilizan de 100-200 m.), los miembros del equipo forense tomando fotos, hurgando con bastoncillos; con su provisión de gafas ambarinas, infrarrojas, UV... Pronto aparecerá Horacio con su perfil egipcio,  su insoportable aire de doverman perseverante y sus ramalazos de integridad almibarada. No entiendo cómo en las series se cantea tan bien con los niños con su pretenciosa conversación e insoportable aburrimiento.
Enseguida llegará el/la forense. Si es él, cuidará de sus muertos con una distancia profesionalidad. Si es ella puede manifestar una cercanía afectiva un tanto preocupante.
Todo el equipo, en general, realizará comentarios más o menos ingeniosos sobre el finado y la situación. Algunos harán bromas de mal gusto. Los cadáveres pasarán a ser simples carcasas de investigación. Si acaso se intercalará alguna imagen irreal del difunto paseándose por los la escena de autos como queriendo terminar alguna tarea inacabada, o mandar  un mensaje o contemplar cómo triunfa la justicia contra su ejecutor.
Luego se iniciará el baile de sospechosos y testigos con sus teatrales entrevistas. Estas encenas llenarán la serie pues son las más baratas de hacer. Si nos fijamos bien sabremos pronto quién es el asesino: la cámara le dedicará algo más de tiempo, se mostrará indignado con la situación o la policía y será el de apariencia menos sospechosa para que la solución final sea más efectiva. Sin embargo la mayoría de la gente será guiada en sus sospechas hacia quién aparenta más motivos. Las pruebas avanzarán en esa dirección hasta que, a cinco minutos del final, el ADN y el codex obrarán su magia y se trastocarán los papeles: resultarán falsos los culpables (los que más cámara han chupado hasta el momento) y falsos los inocentes que llenarán los instantes finales del film confesando sus culpabilidad y no privándose de intentar explicar convincentemente sus motivos. La guinda la pondrá el jefe del equipo recordándole que le espera una larga temporada en prisión.
Se permite, en aras de humanizar al equipo investigador, incluir pequeños dramas familiares y personales: algún divorcio, hijos problemáticos, aventuras amorosas entre los miembros, algún fantasma del pasado que se acerca a dar una vuelta...
La aproductora habrá creado un perfil preciso que, con un libro de estilo detalladísimo, obligará al actor en cuestión a ceñírse estrechamente al estereotipo propuesto. De vez en cuando alguien morirá en alguna arriesga acción policial (el actor habrá sido despedido o pidió aumento de sueldo). Aparecerán caras nuevas (la serie sufría desgaste, se percibía cansancio en el espectador o, símplemente, el jefe de producción incorpora una protegida...)

Y así, día tras día, me es secuestrada la pantalla por el morboso deseo de mi esposa en contemplar media docena de asesinatos. Empalma las series una tras otras mientras echas dulces cabezadas en su sofá. Yo me tengo que aguantar el surtido de telefilms  (apenas se permite una excepción para el telediario) mientras ceno, leo el periódico o llamo por teléfono. Mi mujer duerme como una bendita. En alguno de sus sueños me apodero del mando (a veces lo empuña firmemente mientras duerme) y cambio de canal. Como si del paraíso la expulsara despierta y me recrimina que (según el trato al que  hemos llegado) le toca a ella la elección de programa. Vuelve a sintonizar con el depósito de cadávers del equipo de Miami Vice y vuelve a dormirse tan ricamente.

Y así me trato una tras otra: Bones, CSI, Navi, Mentes criminales... Veo hasta los capítulos repetidos y soy ya un experto investigador. Me paso la tarde descubriendo el asesino antes que la propia unidad. Y acierto casi siempre. Mi mujer se sorprende: ¿Cómo lo haces? -me dice.

Yo la miro, mientras vuelve a dormitar...

domingo, 25 de diciembre de 2011

Sólo en Navidad

    
 Tarde de Navidad. Reunión familiar. Risas. Inacabables y exóticos  manjares navideños. Alegres bebés. Abuelos sonrientes. Padres risueños y  felices. Ambiente de afecto. Bromas...
                                         
     Rincón de la mesa navideña. Voy quedándome sólo. Entre plato y plato la gente pasea, recoge, va y vuelve de los sofás.  Los abuelos hace tiempo que permacenen en los sofás totalmente absortos por las habilidades  de sus nietos.  La anfitriona dormita en el sofá. El anfitrión se afana en hacernos la velada agradable. Va y viene con especialidades navideñas. Una broma aquí. Un comentario allá. Ofrece una copa, propone un licor... está en todo. Hace tiempo que ha observado que el comensal del rincón permanece mudo, con la mirada acuosa.  Durante casi toda la tarde los dos adolescentes de la casa permanecen ocupados fuera de la mesa. Comparten la game-boy con bromas y comentarios. También atienden de cuando en cuando a los juegos de los bebes. 

     El invitado del rincón está desorientado. No sabe si levantarse a recoger, esperar o dedicarse a  la consumición, una tras otras, de sus raciónes navideñas...  El invitado del rincón es un tipo extraño, "raro" es la palabra que le cuadra. Se le acepta bien, más por su mujer que por él mismo.  Sin embargo "no se da...". No acaba de integrarse.  Los intentos por que participe parece que los rechazara. Permanece en su rincón, casi sin moverse y se respeta su voluntad de ser ignorado.  Quizás pensemos que es un tanto arisco, que es demasiado serio,  un punto orgulloso... o quizás que ha bebido y tiene mal vino... o puede que está con una de sus neuras... De vez en cuando un comentario, más o menos conectado, puede que extemporáneo o fuera de contexto, quizá pretenciosamente profundo... ¡mira que es raro!...  y ¡esa obsesión por magnificar su problema de oido...!

     El invitado del rincón ha decidido voluntariamente no prestar demasiada atención a los bebés. No quiere implicarse afectivamente con ellos. Él hubiera querido tener uno y no fue posible. Un hijo ajeno no es lo mismo. Tiene celos de la atención que reciben. Es un tipo solitario y no anda sobrado de caricias. Toda esa felicidad le parece obscena, impúdica... La situación se le hace dolorosa, difícilmente soportable por mucho tiempo...  Con buena intención le han propuesto partir la piña navideña. El invitado del rincón tiene la impresión de a nadie le importa en este momento comer piña. Se niega con evasivas. Su suegra desde el sofá : "No sé que te pasa este año..." o un comentario similar. El invitado del rincón nota un puñado de sal sobre su herida.

      Ya es cuestión de tiempo. Su mujer se ha dado cuenta y se ha sentado junto a él. Le observa de reojo.  Le pregunta con la mirada. Y él le dice en silencio que no puede más. Le suplica que se asome a su sufrimiento.  Uno tras otro se van dando cuenta de que algo raro sucede con el invitado del rincón. La madre de uno de los bebés se lo acerca con la intención de distraerlo. El invitado lo rechaza intentando ser amable. Finalmente sale al servicio y  llora amargamente.

     Es duro volver de nuevo. Hay que armarse de valor. El invitado del rincón está avergonzado. Por nada del mundo hubiera querido provocar esta situación. Él odia las situaciones melodramáticas. Se despide como puede. Ahora parecen caer todos en la cuenta de que lo estaba pasando mal. ¿Qué te pasa?  -Nada, cosas mías...

jueves, 22 de diciembre de 2011

La bicicleta roja








La bicicleta fue un regalo colectivo. Un regalo nominal al hermano mayor pero en usufructo compartido y reglado para los cuatro hermanos. Costó muchos años conseguir un regalo así. Aquel caballo de metal era nuestro pasaporte a los largos y veloces desplazamientos. Atrás había quedado el envidiado patinete de mi amigo Fermín con el que recorríamos veloces las calles de Carrión junto a la farmacia de su padre a la que entrábamos atolondrados montados en el vehículo. En algún chatarrero estaría ya el viejo saltador que nos hizo volar y sentirnos gatos calzados con las botas de siete leguas y nos convirtió en auténticos acróbatas aéreos. Aún rodando por las cuestas se precipitaban los carricoches construídos con una caja de madera y rodamientos. Alcanzaban velocidades de vértigo y procuraban buenas caídas a toda velocidad cuando la manilla de dirección (estilo bici o con cuerdas y manejada desde el interior) giraba demasiado bruscamente.


Intrerior del bar "Beniluz" donde juugábamos nuestras partidas
en las máquinas de clipper a 1 pta. Precisamente mis dos hermanos
menores jugando con la máquina pocos años después de que,
 a las puertas del establecimiento,  me robaran la bicicleta roja. 

Ahora, en el colmo de la modernidad, teníamos nuestra bicicleta roja  GAC con la que nos paseábamos orgullosos por el barrio. Varios meses tuvo de uso intensivo hasta que un día, como vaquero que entra en el salón del salvaje oeste, dejé nuestra bici aparcada a la puerta del bar Beniluz y  pasé a echar una partida a las máquinas en uno de aquellos cliper de peseta que existían sólo entonces. A la salida descubrí desolado que me la habían robado.
Angustiado pregunté a la gente de la calle, especialmente a los niños, que me eran más cercanos. Entré al bar y pregunté al dueño. Corrí calle arriba por ver si la veía aún. Todo fue inútil. Cabizbajo entré en casa dispuesto a afrontar el drama. Hube de sufrir el enfado de mis padres que habían ahorrado lo imposible para comprárnosla. Hube de  aguantar el odio de mis hermanos a los que privé de la única bici posible en sus infantiles vidas. Fui obligado a acudir con mis candorosos diez años a la oficina de la policía a denunciar el robo. Recorrimos el río Vena (paralelo a nuestra calle) kilómetros arriba por si aparecía arrojada a sus aguas. Investigábamos todas las bicis rojas de la ciudad por si el ladrón se dejaba ver... Fue inútil. Nuestra preciosa bicicleta roja nunca apareció.

lunes, 19 de diciembre de 2011