miércoles, 9 de enero de 2013

Recordando a la princesa Khristin en el Valle de los Lobos

Quizás porque siguen vivas en mi memoria las imágenes de la exótica Ingrid de Thule, de dorado cabello,  amante del Capitán Trueno; acaso porque las bellezas rubias de Bergman pueblan aún mi mente con su nórdica perfección, tal vez porque viví dos años en Tuy y contemplé muchas veces su catedral fortificada sobre el río Miño mientras imaginaba una hilera de drakkars avanzando por el río prestos a asaltar la colina donde se asienta la ciudad... o posiblente porque hoy visité la capilla de San Olaf, en el Valle de los Lobos, no lejos de la ribera del río Arlanzón donde se alzan las Cuevas Rubias que dan nombre a la bella localidad vecina... por todo ello; me  propongo escribir este artículo cebado de ensoñación y de historia.

Porque la escena de una bella princesa vikinga cargada con una rica dote de oro y plata vieja, escoltada por más de cien guerreros a caballo y acompañada de sus damas de honor y sus sirvientes embarcando hacia Inglaterra para dirigirse después a la Bretaña y la Gascuña Francesa, y más tarde por Girona y Barcelona  hasta alcanzar posteriormente Soria, Burgos y Palencia acogiéndose a veces a las sendas del Camino de Santiago... es tan sugerente, tan novelesca; que no extraña que varias autoras (curiosamente todas mujeres) hayan escrito en los últimos años varios libros relantando su trágico destino.

Allá, por el año 1257, partió del puerto de Tönsberg, la pequeña flota con el preciado pasaje de la princesa Cristina, hija del rey Noruego Haakon. Se tratababa, según las crónicas, de una joven belleza nórdica de veinticuatro años, de largas trenzas rubias, ojos azules, tez blanca como la nieve y alta figura: El Regalo Dorado, la Flor del Norte, fue llamada. Dejó atrás una cultura muy diferente a la nuestra. Atrás quedaron los recuerdos de una infancia en la ciudad porturaria de Bergen rodeada de sus queridos hermanos Sigurd, Olaf y Cecilia, que murieron antes de la madurez, de su amado hermano Haakón, adorada por sus padres, odiada por Rikilda, la intrigante mujer de su padre... protegida del mundo dentro del palacio real, junto al puerto natural de la ciudad rodeada de siete colinas; una ciudad bulliciosa y pintoresca donde el frío y las nieblas se aceptan con naturalidad y se recibe a los rayos del sol como regalos escasos y maravillosos.
Sensible, inteligente, incomprendida; viajó por el Reino de Aragón donde fue pretendida por un un rey conquistador de nombre Jaime que perdió con ella su única batalla. Llegó a Castilla, cuenta la leyenda, para casarse con un rey sabio que aspiraba al trono del Sacro Imperio Romano Germánico.  Finalmente se desposó con el hermano del rey, el infante Felipe de Castilla, hijo de un rey Santo, exarzobispo de Sevilla, templario por añadidura y con estudios en el extranjero en la ciudad de París. Vivió en Sevilla, donde encontró la muerte tras cuatro años de nostalgia o lento veneno quién sabe...(de víboras humanas posiblemente en forma de doncellas celosas, cosa que quizás la ciencia hoy podría corroborar pues sus restos se conservan en un bello sepulcro en la colegiata de Covarrubias).

 Hoy, último día del año de la crisis de 2012, ascendí por la senda de la Majada Mayo. Fue un día nórdico: envuelto en un frío y húmedo sudario de nieblas y luz lechosa. La solitaria ermita de San Olaf, de arquitectura extraña y singular, parece surgir de la tierra como un hongo gigantesco tintado de óxidos y melaninas. La férrea torre del campanario alberga vientos y vacíos pero se yergue firme y poderosa tras un aterrazamiento que eleva unas decenas de metros más su alto campanario sobre el valle. Bajo una armadura de hierro se esconde un cálido y dulce corazón de maderas amieladas: una ermita vikinga,  un drakkar varado en el Llano Ladrillos, corriente arriba del arroyo de Valdetorres.
Estuvimos dentro de la ermita una media hora. Un pasillo oscuro, iluminado por la luz oblicua de unos ventanales laterales, daba entrada al extraño santuario. La luz recortada daba un aspecto mágico al estrecho pasadizo cuyas paredes estaban ilustradas con figuras y leyendas de la Saga Noruega y de la historia de Cristina. En uno de los paneles adosados a la pared, se explicaba el origen de la moderna ermita. Se trata del tardío cumplimiento del deseo que la princesa Cristina de Noruega arracó a su marido, el mismo día de su boda: la promesa de la construcción de una capilla a San Olaf, santo noruego muy conocido en la cristiandad desde la edad media y en cuyo nombre no hay ninguna capilla fuera de Noruega. El pasillo se abre a una sala más espaciosa, sorprendentemente bien iluminada, toda ella entarimada y cubierta de madera de pino.  Con una estética protestante apenas hay símbolos o imágenes en sus paredes desnudas. La maqueta de un drakar vikingo llamó mi atención y me entretuve en los pequeños detalles de la mítica nave. Un pequeño estrado ante un gran ventanal dotaba de un uso multifuncional al recinto. Un paisano de Covarrubias hacía el papel de guarda del recinto. Mi hermano y él conversaron largo tiempo, mientras yo,  que no lograba descifrar el amortiguado murmullo de su conversación, me dedicaba a leer los paneles y curiosear. Paz y soledad se respiraban en el ambiente. Luego salimos a la fría luz exterior donde un pequeño pórtico de la entrada ofrecía un excelente lugar para tender el saco en una noche de acampada.
En el último paseo del año, subimos al paraje de Los Callejones sin llegar a la cabecera del Valle de los Lobos. Caminábamos entre sabinas y robles, pisando a veces, suaves alfombras de gayubas con una niebla intermitente que provocaba efectos oníricos en el entorno. Por sendas señaladas con pequeñas piedras circundamos el valle de la ermita y descendimos hasta el camino que, un kilómetro después,  desemboca en la carretera, junto al río.

Como en una auténtica novela romática la casualidad vino a rescatar del injusto olvido a la exótica princesa. En el año 1958, en el trascurso de unas obras en la bella colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias de la que el infante Felipe fue abad por un tiempo, un albañil hubo de mover un sepulcro anónimo bellamente labrado. Cuando abrieron la lápida descubrieron el cadáver casi incorrupto de una mujer joven y fuerte, muy alta y delgada. Vestía ricos ropajes con restos de bordados de oro y piedras preciosas. También llevaba joyas que indicaban su alto linaje. Conservaba intacto su largo cabello rubio y algunas uñas largas y cuidadas. Setecientos años después de ser confinada en su tumba, la princesa Cristina de Noruega volvía a ver la luz del día. Junto al cuerpo momificado encontraron una receta de "xugo de ajo" que se empleaba para tratar enfermedades del oído y pudo aplicarse a una devastadora meningitis que afectara a la princesa) y unos versos de amor. Quisiera trascribirlos aquí pero no los he encontrado. Me pregunto qué palabras escogería el infante, su marido, para definir aquella relación con su exótica pareja. Hermano de un sabio e hijo de un santo, no podían estar exentos de belleza. Serían un hermoso final para esta historia medieval que me ha llamado mi atención en estos días. Ya tengo asignados mis deberes para un tiempo: dos novelas fascinantes se han escrito coincidiendo con la inauguración, hace dos años, de la ermita de San Olaf: "La flor del Norte" de Espido Freire  y "Los escarpines de Kristina de Noruega" de Cristina Sánchez-Andrade. Hay más relatos y estudios, pero estas novelas parecen lo más sugerente.  Después de hacer los deberes os seguiré contando...

lunes, 7 de enero de 2013

Niños OUT


Melchor se agobia en su curso de redes sociales, Gaspar anda estresado con su 3º de Ingeniería Informática y Baltasar está liadísimo cursando un master de dirección de empresas de software. En los días previos al 5 de enero la empresa Epifanía S.A. tiene a todo el personal haciendo horas extra: todos los pajes se afanan en la cadena de montaje ensamblando consolas, ordenadores  y tablets.
El día 5, para sus majestades vaa ser un no parar. Su empresa de paquetería actualiza rápidamente su creciente base de datos. Serán innumerables las idas y venidas para repartir los "gratuítos" aguinaldos de sus majestades: en la casa  paterna predominarán los tecnológicos, ahora divisos en partes alícuotas entre diversos familiares. Además estarán los regalos más clásicos (encargados por tradición o por necesidades financieras) que suelen ser los más baratos. En la mañana del día 6 de enero, tras el primer chute de excitación inyectado bajo el árbol familiar comienzará la recogida de las restantes dosis de ilusión en un atareado visitar:
- Niños, ahora vamos a casa de la abuela ¿Allí pedísteis  un juego de la DS, no? - (Los abuelos esperan expectantes la reacción alegre de los pequeños, que despachan rápidamente los envoltorios para encontrarse al final con la minúscula tarjeta del juego deseado... ¡Qué pequeño debe parecerles a los abuelos su regalo, ellos que desearían que su tamaño fuera tan grande como su ilusión y la felicidad que querrían ver manifestada en sus ojos).
- Ahora vamos a casa de la tata Estela: Niños, comprended que la tata no gana mucho dinero y los Reyes no pueden dejar allí regalos muy caros... (¡Charo, en vaya lío te estás metiendo!, -le susurro yo disimuladamnte...-). Y allí se encuentran con balones, mochilas y loterías (algo plenamente tangible al fin, algo sensoriomotor y jugable sin electricidad).
- ¡Vamos, deprisa, nos están esperando los otros abuelos...
- Aún tenemos que ir a casa de la tía, venga que no llegamos a comer...
A lo largo de este peregrinaje cosechero se  produce un frenético, casi violento, despojamiento de envoltorios; una pequeña violación del cuerpo del regalo vestido la noche anterior amorosamente  con vistosas prendas. Brilla la ilusión unos momentos, se emiten unos cuantos gritos de alegría, y en una espiral insaciable se sigue buscando, descubriendo... Rápidamente se abandonan la mayoría y se centran con fruicción en explorar los regalos más llamativos. Este año los productos estrella han sido las tablets. A los pocos minutos mis sobrinos ya han probado buena parte de sus atractivas aplicaciones. No parecen suficientes varios juegos descargados en un instante, las primeras fotos, los primeros mails... y el pequeño de la casa le pide a su padre:
- ¡Quiero el wasar, papá! ¿Me lo pones?
- ¡Hijo, es una tablet, no tiene teléfono... Ya veré si la podemos engañar  para que lo tengas...!
Mi cuñado teme estos regalos, pero los acepta resignado: - Sí, pedís la tablet, pero yo ya sé lo que me espera a mí...¿Quién crees que tendrá que configurarlas, reparar, instalar y solucionar los problemas?                                                                                                                                            
Ya nadie se acuerda de la pedagogía del carbón, que hace tiempo hicieron dulce y ahora ni se regala. ¿Cuántos niños han visto y tocado personalmente ese sucio mineral predestinado a arder como un pequeño infierno?        
Los tiempos cambian. Lo que hoy es una celebración de explosión emocional incontrolada en otros tiempos se consideraría grosería y malcrianza.  Cierto que muchas veces se sobrecarga a los críos con agotadoras jornadas cargadas de obligaciones, deberes y actividades; pero al final lo que piden los niños para sus horas de descanso es un nuevo frenesí, esta vez en el mundo virtual: horas y horas de videojuegos, música ante la pantalla, chats... Es verdad que puede resultar aburrido recibir "oficialmente" a las visitas, o estampar el beso protocolario en la cara de algún familiar, o parecer particularmente pesado contestar unas mínimas preguntas del forastero que prentende mostrarse simpático e interesarse por ti; pero eso forma  parte de la la educación de las personas.
Ya de por sí, los niños, hartos de la diaria disciplina familiar tienden a refugiarse en su autista soledad, en juegos vedados a los adultos... ahora se añade la íntima relación en pareja con su ordenador. Yo recuerdo que mis fugas, mis ratos de OFF social, se realizaban mediante la lectura o el cine y más tarde también con la televisión.  Pero sus Reales Majestades no deberían favorecer esas conductas.

¿Sólo yo pienso así? ¿Soy realmente así de raro? No oigo voces en consonancia y cuando planteo el tema enseguida se cambia de conversación. Evidentemente no gusta oir que los Reyes son unos impostores que roban identidades con el consentimiento de los implicados para desviar afectos a seres imaginarios. ¿No es más nítido, hermoso y natural; ofrecer un especial regalo como padres de vez en cuando que establecer complejos y costosos rituales, trufados de magia, tremendamente injustos e inexplicables? ¿Alguien ha pensado en la humillación de descubrir ¡de pronto! que le han engañado a uno durante toda su vida? ¡Precisamente sus propios padres: todopoderosos, omnipresentes y omniscientes seres en los que confía! Se da entonces un rápido paso desde la desilusión a la decepcion y al interés:
- Pero seguiré recibiendo regalos, ¿no?.

Sobre todo, los Reyes son injustos. Cualquier niño, mínimamente  observador, cualquiera de nuestros  hijo que comparta con sus primos, vecinos o amigos la lista de los regalos; no podrá dejar de comparar los "premios" que sus Majestades han traído a su salón con los de sus iguales y ¡Oh, injusticia divina: nada habrá dependido de su esfuerzo, de su dedicada bondad! Se consuma así una flagrate injusticia en esta prevaricada sentencia: los ricos reciben más aunque se porten fatal.                                                                                                                                                                                                                      A media tarde, los sobrinos se encorvan sobre su tableta. No pueden evitar lanzar exclamaciones intermitentes dando cuenta de sus descubrimientos y sus logros en el control del pequeño artefacto. Los dos más mayores se retiran pronto a sus habitaciones lejos de la animada conversación de los adultos. El pequeño, que aún necesita del contacto de sus padres y de la aceptación de los mayores, se sienta en el sofá entre ellos con la tableta en las manos. Los adultos siguen desgranando noticias, cotilleos... Adultos IN. Niños OUT.

miércoles, 2 de enero de 2013

Contrapicado


En un pequeño rincón del mundo, en un humilde piso en proceso de dehaucio vive Borja su particular juventud. Son 17 años encerrados en un cuerpo cosido con 17 puñaladas, intoxicado con 17 venenos.

Él me enseñó cómo hacer un botellón con un bombón de licor, cómo seducir a una enfermera y pedirle un inocente  destape, como reír con las chicas, como ser fiel al club de tu vida: El Real Madrid. Cada día me sorprendía con sus comentarios sobre la crisis, "la aburrida crisis"; con su conocimiento de los famosos del mundo, que le visitan y firma autógrafos a centenares. Me dejó KO escuchando su música, las cadencias explosivas del tecno y el bacalao que tanto le gustanban... (y me sorprendía con sus explicaciones sobre la causa de que no le gustaba la música clásica porque le pusieron mucha en la incubadora...). Me admiraba su fascinación por los deportes de pelota y de equipo... sin máquinas de por medio. Él, que conocía más gente que yo, y con más intimidad. Él, que bien podría trabajar de asesor televisivo, por las horas que pasa enganchado a la pantalla... Él con sus enormes ganas de hablar y ser escuchado, sus entusiasmo por participar, su deseo de saber... Y yo, inicialmente con miedo de no saber qué decir y sintiendo después que me lo ponía muy fácil, porque su escucha era sincera, esforzada; límpia su sonrisa, sin maña ninguan y espontánea su risa a carcajadas que se desbocada cuando yo fingía triste compasión por la mala marcha del Madrid.

Desde tu lecho, a contrapicado, me dices adios. Hemos recogido rápidamente el brazo articulado, el ordenador, la web cam, el pulsador... toda la parafernalia para conseguir que domines un poco tu rincón del mundo. Escucho tus indicaciones para reiniciar tu mp3 y programo tu regreso al bacalao. En Antena 3 reconecto los Simpson.

Y terminada la visita vuelves a quedar solo en esta pequeña habitación que es tu mundo. Miras por la ventana las fachadas de enfrente. Tras los árboles intentas divisar alguna silueta conocida. Quizás alguna joven con la que sueñas.


miércoles, 26 de diciembre de 2012

23 de diciembre, en el Ocejón.





El 23 de diciembre en el corazón peninsular y a 2.049 metros,  no espera uno encontrarse a nuestra amiga montañera Chus, ágil y fibrosa, en camiseta de tirantes; o  a Pepa, la incombustible organizadora del club Alcarreño de Montaña con su gorrito de Papá Noel vestida con una liviana camiseta; y a la gente, despojándose de suéters y polares, y protegiendo apenas su pecho con una delgada camiseta térmica. Nadie llevaba gorra: ¿Quién iba a pensar que en pleno invierno la necesitarían? A final del día muchos acabamos, pues, con la incipiente calva enrojecida. 

Lucía un sol primaveral. Uno  recordaba entonces el año pasado brindando por el fin de la crisis en medio de una tormenta de viento y de cillisca. En el presente, la naturaleza parecía compensarnos con un premio gordo de la lotería metreorológica: el día era esplendoroso.

Tampoco era usual ver semejante aglomeración en la cresta que da acceso al pico Ocejón: más de trescientos montañeros en pie cantando villancicos acompañados por el ronco son de una zambomba y las risueñas notas de una guitarra. Y, desde  luego sorprendía, el trasiego de chupitos, el alzamiento de copas de champán, el beso a morro de la botella de sidra... La gente, en la fase etílica de la exaltación de la amistad, se fundía en abrazos y besos, nos saludaban con la boca llena de polvorones y se superponían las animosas conversaciones y las expresiones de alegría... Una docena de perros correteaba entre las peñas sorprendidos por ese regalo de naturaleza desacostumbrado:  sorteaban los pies de la manada humana aceptando con respeto su presencia y su primacía en el paso.

Junto a la pequeña plataforma del vértice geodésico esperaban pacientemente turno y  hueco para ser  retratados los orgullosos montañeros que consiguieron coronar la cima. A sus pies, por el valle del Campachuelo, tamizado en verde brillante de agallugas, sepenteaban como diminutas hormigas los rezagados cruzándose ya con los que regresan al pueblo de Majaelrayo o al más alejado de Valverde por el valle oriental.

Tras seis meses sin moverme apenas de las sillas retomé la actividad senderista con la ascensión tradicional al Ocejón en la provincia de Guadalajara: ¡Una temeridad! Apenas realicé un leve entrenamiento, pequeños paseos, tres o cuatro días de la semana anterior. Gracias a esa mínima preparación pude llegar a la cima, eso sí, pero lo hice imponiéndome un ritmo cansino, viejuno. A base de paso lento conseguí que no protestaron demasiado las articulaciones. No se hinchó la operada rodilla. No gritaron los tendones desde su rincón muscular... Pero sentí músculos que ni sabía que existían, flojeaban las piernas, pesaban los pies infinitamente... Buscaba, zigzagueando con los pies, el trayecto más horizontal posible. Sorteaba los numerosos salientes de pizarra, las agujas que se alzaban cruzando sus hojas aliladas sobre la senda...

Pero llegué. Y en lo alto, brindando por el fin de la crisis, olvidé las llamadas de auxilio de mi cuerpo serrano. Después de una hora en la cumbre apresuramos la bajada para llegar a tiempo a coger el autobús. Y, ya en el albergue junto a Camplillo de Ranas, me resarcí con dos platos de judiones con boletus, exquisitamente preparados, y una buena tajada de pollo asado. Sin olvidar una copa fantasía de yogur líquido con frutas. Mi amiga Estrella, al lado de Chus, no dejó de hablar en dos o tres horas, en medio de las protestas de la pareja de esta última que se asombraba de tamaña verborrea.

Para los  postres, se improvisó rápidamente un coro navideño que hizo un cumplido repaso de los villancicos clásicos y de los más tradicionales de la región. Yo, que no soporto bien el bullicio, salí a respirar el aire, fresco para entonces, de la sierra y a apurar los últimos rayos del atardecer sentado frente a la lejana cresta de la sierra tras la que pronto se ocultaría elsol. Apoyada mi espalda contra la negra pizarra oía amortiguados los ecos de los villancicos:

"Dale, dale, dale;
dale a la zambomba.
Dale, dale, dale;
hasta que se rompa."

Y yo me sentía prácticamente roto, descoyuntado. Había dado a mi cuerpo un zambombazo, de cuyo eco, en forma de dolores musculares,  no me libraría en varios días. ¡Pero lo había conseguido"

lunes, 24 de diciembre de 2012

El viejo Nicolás

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Poco antes de su largo viaje en la Navidad de 2013 Papá Noel reflexiona sobre la transformación que, por unas cosas o por otras, ha ocurrido en su persona. Está preparando sus memorias, una debilidad que delataba que se siente un poco mayor, un tanto cansado...

Había nacido hacía más de 1600 años en la ciudad de Pátara, en una región de Anatolia conocida como Lycia que quiere decir Tierra de Lobos. Sus padres le pusieron Nicolás, pero son ya muy pocos los que le conocen por ese nombre. Muy lejos en el tiempo, el viejo Nicolás recuerda a sus queridos padres, ricos comerciantes que le colmaban de atenciones, y a su tío obispo Nicolás del que heredó el nombre. Con pocos años todavía la peste asoló el país y sus padres murieron dejandole huérfano. Aún está viva en su memoria la pena de aquellos días y su decisión de aliviar su dolor ayudando a los más necesitados. Al alcanzar la mayoría de edad, repartió su rica herencia entre los más débiles de la sociedad y los niños por los que siempre sintió predilección. Lo hacía humildemente, de incógnito; pero -recuerda con resignación- en una ocasión fue descubierto y esto ocasionó que, a partir de entonces, le fuera encomendada hasta la eternidad la misión que año tras año lleva a cabo en todos los países de raíces cristianas en el mundo: llevar a los niños los regalos de Navidad.

Todo empezó aquel día en que llegó a sus oídos los apuros de un pobre y anciano padre que no  podía reunir el dinero de la dote para el casamiento de sus tres jóvenes hijas. Nicolás se conmovió al imaginar la vida que les aguardaba: solteronas y avergonzadas de por vida. Compadecido, decidió introducirse una noche en su casa con una bolsa de monedas de oro que dejó en los calcetines de la hermana mayor. Reconfortado con la manifiesta alegría de la joven continuó sus incursiones dos noches más dejando dejando en cada ocasión una preciada bolsa en los calcetines de las otras hermanas y que estas ponían a secar sobre la chimenea de la casa. Recuerda vívidamente cómo fue descubierto por el anciano padre que, pese a sus súplicas, lo pregonó por toda Pátara. Su destino había quedado escrito en ese mismo instante.

De su vida a partir de entonces, pocos se acuerdan. Aún guarda en su ropero el traje de obispo que conserva desde que le problamaron como tal a los 19 años. Aunque su talla no le vale: por entonces era alto y delgado y no como ahora regordete y más bien bajito. También su cara se ha transformado y el gesto enérgico y serio de los iconos orientales donde le retrataron ha dado paso a la expresión risueña de un amable anciano con sobrepeso.  Suspira al pensar que su vida por entonces estaba repleta de acción y frenesí: milagros, conversiones, resucitanciones, cruzadas contra los herejes, presidios (sonríe al recordar aquella vez que quemaron su preciada barba en la carcel por orden del emperador Licino)... Pero sus recuerdos más dulces se refieren a sus viajes en burro llevando regalos a los niños de su diócesis. Sabe que murió hace tiempo, el 6 de diciembre del año 345, y sabe también que su cuerpo fue trasladado tras la conquista musulmana a la ciudad italiana de Bari donde se le venera desde entonces. Pero ahora se ha trasmutado en un ser especial, una especie de ángel atípico tan apegado  a las costumbres terrenales que no duda en brindar con coca-cola.

El caso es que, tras aquellos regalos a las jóvenes en Pátara  todo el mundo aprovechó la ocasión para resucitar una costumbre ancestral en muchos pueblos (romanos, babilónicos...) a lo largo de la historia: celebrar el solsticio de invierno con fiestas y regalos a los niños. Irónico destino el suyo, que luchó con determinación por erradicar los cultos paganos en su época, ordenando demoler el conocido templo de Artemisa en Myra. A partir de ahora, su historia era la escusa perfecta  para continuar una costumbre pagana revestida de motivo religioso: San Nicolás de Bari traería regalos a los niños cada Navidad.

Durante cientos de estuvo desempeñando su dulce y generoso trabajo en Europa (América aún no se había descubierto) y acomodó su actuación a las diferentes maneras que le solicitaron en cada  país. En general, repartía los regalos en la noche del 5 al 6 (el día de Reyes en algunos países como España), pero las disputas religiosas durante la Reforma hicieron que los protestantes alemanes reclamaran que fuera el propio Niño Jesús (Christking) quién repartiera personalmente los regalos. El pobre San Nicolás sufría por la disputa religiosa en que se vio envuelta la Cristiandad.  No le importó que fuera el mismísimo Dios Niño quién repartiera los regalos que se afanaba en acumular a lo largo del año: ¿Quién era él para hacerle sombra? Pero la tradición de muchos países seguía invocándole en cada Navidad. Lo que sí tuvo que modificar fue la fecha de las entregas: para homenajear al niño Jesús se trasladó la fecha al 25 de diciembre, día de su nacimiento.

Con el paso de los siglos y la influencia protestante, San Nicolás comenzó a esfumarse de la mente de los niños de todo el mundo. Sólo en Holanda aún se le recordaba con su atuendo de obispo, montado en un burro y llevando un saco con regalos para los niños buenos y un cesto de varas para los desobedientes (esto le desagradaba profundamente, no iba con su estilo; pero los padres debían encontrar una escusa perfecta para castigar las  pequeñas travesuras de sus pequeños). Más tarde las varas se sutituyeron por un pasaje en el barco donde él debía llegar (El Espanje, o España) que llevaría a los niños malos a aquel país (el castigo debía ser terrible pues Holanda estaba en guerra con España y los españoles tenían fama de sanguinarios, una especie de "Coco" con que se asustaba a los niños holandeses). San Nicolás llegó a tener un serio conflicto con los Reyes Magos, patronos de la Navidad en aquel país.

Su primer viaje trasatlántico ocurrió allá por 1624, cuando los emigrantes holandeses que fundaron la ciudad de Nueva Amsterdan (más tarde rebautizada por los ingleses como Nueva York) le llevaron  con ellos. Éstos le llamaban  (Sinterklaas). Con ese nombre, "Santas Claus", se extendió su fama por toda Norteamérica y tuvo que duplicar la producción de regalos.

Con el paso del tiempo, su historia se contó tantas veces, por tanta gente y de manera tan diferente que él mismo acabó por no reconocerse. En 1809, el escritor Wasingthon Irwing, escribió su Historia de Nueva York y describió su llegada a la ciudad. Su relato se hizo tan famoso que ya definitivamente, incluso los propios ingleses popularizaron su imagen sin sus estimadas ropas de obispo ni el querido caballo blanco volador que estuvo usando durante cientos de años. Unos años después apareció aquel  profesor de estudios bíblicos de Nueva York, Clemen C.Moore, que editó un poema trufado de pagana magia y leyendas laponas que le hicieron cambiar de look: tuvo que envejecer, modelar un cuerpo rechoncho y bajito (¡Por Dios, su santidad transmutado en gnomo! ¡Él, que fue de las  personas más altas de Pátara!). Además hubo de trasladarse a vivir a Laponia y domesticar unos cuantos renos para tirar del trineo de los regalos. Por añadidura le cambiaron la fecha de las entregas  y situaron su llegada la víspera de Navidad. Tuvo que realizar una dieta de engordamiento  para no defraudar a los pequeños. La puntilla definitiva de su desnaturalizado aspecto llegó al publicarse su nueva imagen en la revista Harper's Weeklya. Las ilustraciones de aquel  caricaturista político (¡Válgame Dios!) llamado Thomas Nastan le retrataron a partir de entonces gordo y le obligaron a trasladar toda su logística al Polo Norte.

De esta guisa vestido y con su nuevo y desmejorado aspecto realizó, avergaonzado, la vuelta a su continente natal. En los dos últimos siglos su nueva imagen regresó transformada a Europa llegando a Gran Bretaña y de ahí Francia, España y, en otro viaje trasatlántico más, a hispanoamérica. Puesto que los ingleses le llamaron Padre Navidad (Father Christmas) y los franceses Pére Noel, en España se le bautizó definitivamente como Papá Noel.

La guinda de la degradación de su imagen se la impuso la empresa Coca-cola. En aquella desgraciada campaña publicitaria de 1930, le dibujaron en un cartel anunciador escuchando peticiones de los niños en un centro comercial. El maldito sueco  Habdon Sundblom continuó diseñándole durante las sucesivas navidades hasta 1966 forzándole a aparecer asociado a la famosa marca de bebidas (¡Y sin cobrar, que al menos sus derechos de imagen podrían engrosar el saco de los regalos!). Desde entonces se obliga a maquillarse cada año, ante el espejo, con la imágen definitva del grueso y bonachón anciano de ojos picaros y amables, vestido de color rojo con ribetes blancos: los colores oficiales de Coca-cola.

El viejo Nicolás se siente cansado. Desterrado al Polo Norte, ya sólo es reclamado para conducir el Reno-Exprés del centro comercial. Ya no regala, sólo realiza entregas encargos de papás y mamás que dilapidan partes sustanciosas de sus sueldos en costosos regalos de efímera ilusión.  Hace tiempo que no regala dotes a desesperadas jóvenes casaderas, ni los niños se sorprenden ante la llegada de su burrito cargado de regalos inesperados...  los encargan por catálogo en el Corte Inglés. Quizás, piensa, mi tiempo se acaba. Pasea su trineo constelado de leds luminosos por las calles desiertas contemplando con tristeza los rojos muñecos, pobres títeres de sí mismo, colgados (casi ahorcados) bajo las ventanas. En el frío de la noche intenta su peculiar risa bonachona: Jo, jo, jo... que termina ahogada en un convulso ataque de tos.
- ¡Vaya, ya me he vuelto a resfriar!

sábado, 22 de diciembre de 2012

Microrrelatos de cine 6: "El autógrafo"


El autógrafo

 Se llamaba Concha Velasco y era la novia de España. Estaba allí, sonriendo, a apenas diez metros de nosotros. Yo la miraba embobado, agitado por el deseo de acercarme y pedirle un autógrafo; pero la vergüenza me paralizaba. Tenía a mi lado a mi hermano con dos años menos y se me ocurrió animarle a fuera él quien lo hiciera...

Él se acercó a la actriz y realizó su petición con una mirada suplicante. La joven actriz le sonrió y además garabateó una dedicatoria en la libreta. 

Risueño, vino a enseñarme su precioso tesoro. A mí me disgustó encontrar una dedicatoria ajena en "mi" autógrafo. Puse mala cara. Mi hermano, alertado por el gesto, me urgió que se lo devolviera.

-Pero, ¡si te he mandado yo! Te envié  para que le pidieras un autógrafo para mí...

Él reclamaba enrabietado su trofeo.

- ¡Dámelo, es mío!

Entonces, preso de la ira, rompí el papel en pedazos. Él se deshizo en lágrimas de furia e impotencia. Yo sentí pena por su tristeza al tiempo que irritación por su inoportuna rabieta. Cuando me pidieron explicaciones en casa nadie pareció entenderme. En el aire sonaban implacables, las palabras:

- Eres un egoísta... egoísta... egoísta...

viernes, 21 de diciembre de 2012

Microrrelatos de cine 5: "El exorcista"


 
El Exorcista

En el último día de internado convencí a mi amigo Marcos para escapar esa noche y acercarnos a Salamanca a ver "El Exorcista". La película tenía el punto de morbo que la hacía la aventura, incluso,  más apetecible.  Llegada la noche, cuando todos dormían , nos descolgamos por una ventana de la planta baja dejándola previsoramente sin cerrar.

Con la excitación de lo prohibido paseamos nuestros quince años por la noche salamantina y vimos la película en su última sesión. A las tres de la madrugada estábamos de vuelta frente a la ventana prevista, entonces comprobamos horrorizados que la habían cerrado. Quedamos paralizados largo  tiempo acurrucados contra la pared al abrigo de las sombras. Después nos sobrepusimos y exploramos el contorno del edificio. Lo circundamos varias veces hasta que dimos con un pequeño ventanuco elevado que estaba abierto y daba a las cocinas.  Alzado sobre los hombros de Marcos alcancé el pequeño hueco y, metiendo la cabeza, penetré en el interior a donde caí a plomo desde dos metros sin romperme nada aunque con considerable estropicio. Después logré izar a mi compañero. Sigilosamente nos dirigimos a nuestros cuartos y nos despedimos rezando por que nadie se hubiera enterado.