domingo, 28 de diciembre de 2014

Nuevo libro con los artículos del blog

El leer hace completo al hombre,el hablar lo hace expeditivo,el escribir lo hace exacto.
Francis Bacon.


A ti, que te importa.
Te interpelo, amigo lector porque sé que te importa lo que escribo. Utilizo para ti la función apelativa con subordinada de relativo especificativa... y te digo: ¡Gracias!
Gracias por dedicar unos minutos de tu tiempo a compartir mis pensamientos.
Gracias por tolerar mis torpezas, perdonar mis disparates, aguantar mi insufrible arrogancia... Gracias por participar con tus comentarios. Gracias por tu fidelidad, tu curiosidad, incluso por tu compasión, por tu ira; por todos tus sentimientos convocados.
¡Muchas gracias!

Pero a ti que juzgaste lo extenso por aburrido, lo triste por repelente, la ingenuidad por estupidez... a ti que no te rozó el alma siguiera alguna frase, alguna entrañable anécdota de una vida ajena:
¡A ti, qué te importa!

 Publico un libro más. Ya va por el cuarto volumen lo que dan de sí, los artículos de este blog. El presente ejemplar recopila las entradas del año 2014 desde el 1 de enero al 18 de noviembre. Estas entradas desaparecerán del blog y solo serán ya accesibles mediante la adquisición y lectura de este libro. No espero lucrarme con esto, lo vendo al costo. Tampoco espero alcanzar fama alguna. La autoedición solo da para guardar tus trabajos en un formato manejable y profesional y, quizás, para arruinarte regalándolo a amigos y conocidos. Pero si a ti realmente te importan, amigo lector, siempre podrás tenerlos a un clic de ratón.




lunes, 22 de diciembre de 2014

En los pagos de Alcalosus



Alcalosus es un mago caído hacia el lado oscuro. Es como Sauron, en el Señor de los Anillos, después de ser corrompido por Morgoth.  Hace siglos, se rebeló contra las fuerzas del bien y empezó a utilizar  su magia contra la gente, especialmente contra los niños a los que odia. También ha acumulado un colosal rencor contra las mariposas amarillas desde que una de ellas logró derrotarle y encerrarle en una oscura mazmorra escavada  centenares de metros por debajo el suelo de un colegio de Alcalá. Allí ha vivido tras las rejas durante decenas de años con la repelente compañía de tres esqueletos que no le dejaban dormir con el trastablilleo de sus huesos. Este era su destino para toda la eternidad si no fuera por el súbito impacto de un meteorito que se estrelló sobre el patio del colegio y que destrozó las paredes de su mazmorra liberándolo. Alcalosus escapó con su corazón lleno de odio latiendo fuertemente por la venganza.  Sobrevoló el cielo de Alcalá de Henares bajo una música infernal dirigiéndose a su refugio en las afueras, en el tenebroso monte Gurugú, donde tenía su viejo castillo. Desde entonces vive entre sus ruinas, junto a su amigo el mago Malón, rumiando juntos la venganza.  Hoy, no sé porqué, sentí la llamada de Alcalosus y puse rumbo al siniestro monte Gurugú en busca de su castillo...

Dejé mi coche en la zona de aparcamiento a la entrada del Parque de los Cerros. Desde allí un camino descendía suavemente hacia el río. Después remontaba la ladera de una pequeña loma y trazaba curvas sinuosas entre matorrales y plantas apartándose de la orilla. La rala vegetación despejaba el paisaje. A lo lejos se alzaban colinas terrosas con profundas cárcavas en sus laderas. Más adelante la pista de guijarros blancos  se internaba en un pinar con árboles de más porte. El tibio sol no llegaba al suelo detenido por el entramado de las agujas de los pinos. Hacía frío. Me abrigué subiendo la cremallera de mi cazadora hasta el cuello. El suelo estaba húmedo y el barro se pegaba a las suelas de mis botas obligándome a pisar con cuidado. Pese a ello resbalaba a menudo al apoyar el pie en la escurridiza pendiente. Algunos conejos corrían ladera arriba asustados por mi presencia.
Más adelante aparecieron los barrancos y los cerros empezaron a amontonarse en el horizonte.  El sol declinaba y las sombras se alargaban sobre el camino.
Al cabo de algunos kilómetros llegué a un cruce en el que un solitario letrero indicaba "Al castillo" con una flecha que señalaba un camino que descendía hacia la izquierda en dirección al río. Estaba claro que Alcalosus había previsto dejarme pistas para conducirme a su morada. El camino continuaba bajando y parecía dirigirse directamente de nuevo a la ribera del río Henares. De pronto, a la derecha, divisé un elevado cerro. En su cima, unas siluetas se recortaban contra el cielo del atardecer y parecían hacerme señas. - Otra señal de Alcalosus -pensé. Me aparté de la pista y tomé una estrecha senda que se dirigía hacia la cumbre. La trocha ascendía entre pinos de gran porte.
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg7wllLaXNZAgDh5qn_-PamTlcryLQE53nPN9qPf80Ykk9LoFeZCIvWbctgnqTngEEVeWmyy1734qoqeWbzYFQ-S3M7I5fzx5pMG35KarKL-7DwUEmId6s_bfFAFlsEfpML8UnzApQPlcoo/s1600/curvas.jpgEl suelo aparecía modelado y roto por la acción de las corrientes de agua. Cada pocos pasos surgían pequeños barrancos escavados por las torrenteras. La estrecha vereda se ceñía a la ladera sorteando aquellas profundas hendiduras. Un mal paso me hubiera hecho caer y quedar engullido por la maleza. -Mal lugar para un mal traspiés, -pensé- nadie me encontraría aquí si cayera.
En la blanda arcilla reconocí, espantado, huellas de un lobo. -Otra nueva señal- presentí. Las zarpas del animal estaban claramente grabadas en la arcilla húmeda. Un escalofrío recorrió mi espinazo: quizás Alcalosus había enviado las fieras a mi encuentro: mal sitio era este para defenderme de una emboscada. El camino continuaba serpenteando por el este, el lado más sombrío,  justo al otro lado del sol. La humedad penetraba hasta los huesos.
Poco antes de la cima  un pino solitario se alzaba saludando al sol poniente. Unas decenas de metros después se llegaba a la cima formada por una pequeña plataforma de tierra húmeda. El paisaje era majestuoso. Toda la ciudad de Alcalá se divisaba desde allí. - Es el observatorio de Alcalosus -pensé-. Aquí debe pasar muchas noches planeando el desquite sobre la pobre Amarilla.
Sobre el barro, una pareja de enamorados había dejado testimonio de su amor. Un corazón atravesado por una flecha y el nombre de los amantes: Alberto y María. La escritura parecía recién grabada sobre la arcilla estaba fresca; sin embargo, no se divisaba a nadie en kilómetros.
Desde el cerro, hacia el este, se distinguían las ruinas de un viejo castillo. Una cadena de cerros y barrancos dificultaban su acceso. Bajé de nuevo al camino y continué en la dirección de la fortaleza.
A mi paso aparecían árboles arrancados por el viento, oscuros vallejos escondidos tapizados de hierba, paredes arcillosas de formas caprichosas que parecían máscaras de seres horribles. En las umbrías brotaban del suelo tapizado por las acículas de los pinos setas blanquecinas. El camino se aproximaba al río y se hacía intransitable por el barro. Después rodeaba un cerro y se internaba en un valle.
Quise atajar por un antiguo camino, ahora invadido por la hierba. A la derecha, junto a una cueva natural escabada por el agua en la pared arcillosa, la enorme cabeza de una esfinge parecío hablarmepreguntando por una extraña adivinanza.: - "¿Qué animal anda a cuatro patas por la mañana, con dos al mediodía y con tres por la noche?".  No supe qué contestar y una culebra verdinegra se deslizó entre mis piernas como presagio del castigo que me esperaba refugiándose después entre los altos hierbajos del lecho de un arroyo, ahora sin agua. Tenía las perneras empapadas por la hierba mojada cuyos tallos habían crecido mucho por la falta de tránsito en el sendero. Continué por la ladera, pegado a la falda de los cerros, tratando de mantener la cota y por fin, accedí a un pequeño collado. 
Desde allí se divisaba el castillo. El sol acariciaba con sus últimos rayos los restos de la torre desdentadas y los muñones de antiguos torreones, hoy desmenuzados y engullidos por la maleza. Esperé unos minutos que cayera el sol. Sabía que Alcalosus me estaba esperando y que, con la llegada de la noche, se mostraría.  

Y en aquel momento en que las sombras del anochecer ascendían por la ladera y escalaban la muralla carcomida, apareció su silueta. Una figura triangular que flotaba sobre la torre desmoronada. Desde abajo lo reconocí. Tenía en su mano la bola brillante con que enviaba sus rayos hechizados. Paralizado no pude reaccionar cuando se formó un leve resplandor sobre la diminuta esfera y un rayo brillante atravesó el aire en mi dirección.
El resplandor me alcanzó en el pecho produciéndome un vivo dolor. Después cesó su brillo y mi corazón, brutalmente golpeado, volvió a latir don dificultad. Alcalosus dio la vuelta y desapareció. Yo me sentí infinitamente cansado; en ese momento comprendí que el cruel mago se había tomado su venganza conmigo. Notaba mi extrema debilidad. Como una revelación comprendí que el peso de los años, la terrible fatiga de la edad, era mi castigo. Me había citado para celebrar el final de mi juventud. Agotado, emprendí el regreso. Afortunadamente la claridad del ocaso, hacia el oeste, y las luces de la ciudad por el norte orientaban mis camino. Llegué en la más completa oscuridad al aparcamiento. Desfallecido entré en el coche y bebí un sorbo de agua. ¡Eres viejo, Jesús! Ya no aguantas nada.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

"Me ha dado un Pastora Soler"


Asisto, incrédulo, a las disculpas de un Joaquín Sabina quebrado, pesaroso en el escenario. No me puedo creer que aquel bribón, el pirata cojo con cara de malo, intente ahora conquistar al respetable invocando a la pena, a la ternura. El Gran Impostor, el Señor de las Mil Máscaras en el carnaval de la vida, el juglar de voz aguardentosa intenta meterse en la piel de un vejete bonachón que nos pide disculpas... ¡Qué cabrón! Después de tomar todos los trenes que iban hacia el norte, ha subido al tren de regreso a Úbeda, en el vagón de la pena, asiento de la compasión.
¿Miedo escénico? ¿Que has tenido un Pastora Soler? - ¡No me lo creo! ¡Pero si has gastado mil suelas pisando escenarios...! Me creería que te aniquiló una afección intestinal ¡Eso sí! Una diarrea morrocotuda podría producir un desastre en la retaguardia sin precedentes... ¿Qué tienes problemas de próstata? - Quizá. Las 500 noches acaso las bautizaste así por los viajes compulsivos al urinario... O será, tal vez, que chocheas: un ictus deja secuelas... o puede que el alcohol, el tabaco, tal vez la cocaína; te pasen facturas atrasadas y esperes, aterrado, el desahucio inminente de la casa de los vivos.
Llegas demasiado tarde, Sabina. ¿Descubres ahora que las noches son para dormir (preferentemente)? ¡Hei, Hei, Sabina! ¿Tuviste cuidado con la nicotina? ¿Haces ahora pedagogía de los estragos del exceso? ¿Llamarás a las fuerzas del orden para apresar al pirata cojo? Sabina, Sabina: Reivindicas ahora la calle Melancolía...
No puedo creerlo en ti: ¡Pedir perdón! ¡Que bajo has caído! Nos muestras el fracaso de un arrepentimiento. ¿Cómo te has dejado llevar a un callejón sin salida? Si eras el mejor dotado de los conductores suicidas...
Sólo te salva que sea algún truco, el acto consumado de un viejo actor. No me creo que, venido al tablado de joven, ahora de viejo no sepas la lección.
Sé que en los ochenta, sin la fama de ahora, buscabas conciertos casi por comer. Un amigo mío, Pepe Cascajero, me lo confirmó. Con unos amigos fue hasta Madrid a buscar un cantante para las fiestas de Chiloeches y allí debieron conocerte, quizá en La Mandrágora cantando con Krahe. El caso es que te contrataron y te fuiste con ellos a cantar a ese pueblo de Guadalajara. "Joaquín el Peruano" te presentaron (entonces vendían mucho más los músicos de allende los mares). No te cortaste ni un pelo y no tuviste miedo escénico ante el bocadillo de jamón que te ofrecieron en su casa al acabar. De la calidad de aquel jamón hablaste maravillas. ¿Falta de tablas? ¿Miedo escénico?... Con ese bagaje fiestero, con esa colección de escenarios, con ese surtido de conquistas a las reinas de los bares abiertos en madrugada... Nos das tongo a las diez, a las once, a las doce, a la una, a las dos y a las tres; y nos vuelves a engañar con tu magia zorruna...
Yo no me creo tu nuevo ardiz. Donde ya no alcanza el aura del bribón, el atractivo del canalla; optas ahora por inspirar compasión y ternura. Y si no es así, es que siempre has sido un gran impostor. Pongamos que hablo de Joaquín.

martes, 16 de diciembre de 2014

Univérsitas

Portada del libro "Tratado de la inmortalidad del alma" 
(1503) de Rodrigo Fernández de Santaella, fundador de la Universidad de Sevilla


Nació la Universidad en la Baja Edad Media. Su fin era formar a los jóvenes en las disciplinas de teología, Derecho, Medicina, Arte y Filosofía. Gozaba de bula papal y su enseñanza era en latín. En un principio la orientación era netamente clerical,  católica su concepción del mundo y sus métodos escolásticos.
Pero lo que me interesa destacar es que "Universidad" en su origen no indicaba un centro de estudios sino una agremiación o "sindicato", una asociación corporativa que protegía intereses de las personas dedicadas al oficio del saber. En el latín medieval UNIVERSITAS se empleó originariamente para designar cualquier comunidad o corporación considerada en su aspecto colectivo. Cuando se usaba en un sentido más moderno denotando un cuerpo dedicado a la enseñanza y a la educación requería la adicción de un complemento para redondear su significado "UNIVERSITAS MAGISTRORUM ET SCHOLARIUM". No fue hasta fines del siglo XIV que la palabra empezó a usarse con el significado que tiene hoy en día y el concepto del término UNIVERSITAS, con su significado actual, no llego hasta el Renacimiento.

Aclaro estos matices históricos en esta entrada porque en la Universidad Española se huele un cierto tufo regresivo, una vuelta a la agremiación, al corporativismo. Se habla mucho últimamente de "la endogamia" en la obtención de puestos en las universidades españolas (hasta el 73 %, según publicaba recientemente el periódico EL PAÍS). La calidad de nuestras universidades se resiente así gravemente. Y si el informe PISA sitúa a la Primaria española en el puesto 29 sobre los 44 países que la realizan; en el ámbito universitario es peor, pues solo una universidad, la de Barcelona, se coloca entre las 200 mejores según el ranking de Shanghai. Pero, apartándome de estos análisis en los que tengo que beber de fuentes ajenas, me voy a limitar a relatar las impresiones que dejaron en mí los años que pasé por esa institución. 

 La segunda mayor decepción institucional de mi vida, aparte de la mili que ocupa el lugar preferente, fue la universidad. Recuerdo que acudí a ella embargado de fervoroso respeto. Reivindicaba orgulloso mi origen palentino (Palencia fue cuna de la primera universidad de España: en el 2012 se celebró su 800 aniversario). Así que, tras un año estudiando en la UNED (Universidad Española de Educación a Distancia) las materias de la licenciatura en Psicología, empapándose con sus extensos y áridos manuales pero sin presentarme a examen alguno; opté por matricularme en el curso puente para diplomados en magisterio. Hube de hacerlo en el curso de tarde (o nocturno) ya que trabajábamos hasta las cinco y aún tardábamos 30 minutos en llegar a Somosaguas desde Alcorcón por aquellas carreteras de atascos interminables. Nada más llegar nos sentábamos en las últimas filas (no había otras disponibles con las clases ya empezadas hacía tiempo) y susurrábamos al compañero pidiéndole que nos orientara un poco sobre el contenido de lo que se impartía. Frecuentemente recibíamos, como una bofetada, la recriminación del profesor que -en un alarde de ignorancia- nos regañaba: 
- No saben ustedes lo que molesta que alguien esté intentando explicar algo y se escuchen murmullos entre los oyentes...  
- ¡Oh, no! ¡Claro que no! (pensábamos para nuestros adentros) ¡Sólo llevamos escuchándolos (y mucho más fuertes) durante cinco horas en nuestras clases!.  
Nuestro profesorado del nocturno se repartía en una amplia gama de excelencia: los había estupendos, de esos que te enganchan y esperas sus clases con impaciencia, también los había buenos, que cumplían con su cometido con eficiencia; pero la mayoría eran mediocres y unos cuantos eran malos de remate. Recuerdo haber pasado clases enteras jugando a anticipar su lección, pues había más de uno que se limitaba a leer el manual.
Cuando salíamos, bien entrada la noche, aún teníamos que conducir como zombis hasta casa. Para no aburrirme yo elaboraba unos apuntes sintetizando lo que escuchaba. Años más tarde me informaron (en una de esas reuniones de antiguos alumnos) que adquirí reputada fama entre mis compañeros por su calidad, cosa que jamás había imaginado). Eso debió funcionar muy bien pues en ninguna etapa de mi vida tuve mejores calificaciones. Aunque, la verdad es que no creo mucho en ellas. Descubrí que muchos profesores echaban en falta en sus alumnos una buena redacción, y yo destacaba en eso: algún punto extra me cayó por esa causa. También, poco a poco, me fui convirtiendo en un experto de las pruebas objetivas o tipo test: Desde la forma de realizar la preguntas (que ya sugieren la respuesta)  hasta las opciones absurdas (que amplían las probabilidades) pasando por  el entrenamiento en los exámenes de años anteriores (increíblemente repetían muchísimas de las preguntas: ¡serán vagos!)... eran, además, las favoritas para los profesores (por su facilidad de corrección ¡qué cómodos!) y los alumnos (así todos ganan... ¡o pierden!). 

Acabé mi carrera de Psicología con buenas notas y en plazo de tres años (el curso puente me convalidaba hasta tercero). Me hice miembro del colegio de psicólogos de Madrid durante un año y me compré una bonita Psi (el símbolo de la profesión) de plata . No me sirvió para mucho más. Y ahora, pobre de mí, apenas recuerdo aquellos contenidos que defendí brillantemente en los exámenes.

Volví a pasar por la Universidad un par de ocasiones más. Una de ellas para obtener la habilitación en Educación Física. La historia de aquel curso da juego  para otra entrada que realizaré algún día. La última vez que pisé sus aulas fue para realizar un  máster  en Audición y Lenguaje que también merece tratarse aparte.. Sólo diré que, en ambas, la decepción fue el sentimiento predominante. 

La imagen del prestigio educativo que tiene la mayoría de la gente es una pirámide en la que el catedrático reina sobre el resto de docentes bajando niveles en cada etapa de enseñanza: Universidad, Bachillerato, Primaria, E. Infantil. Después de haber pasado personalmente por todas las etapas educativas, al menos como alumno, yo tengo claro que, en materia de dedicación y empatía con el alumno, se da una pirámide invertida desde Educación Infantil: en esta primera etapa es donde más se trabaja, donde más se relacionan los dos protagonistas de la enseñanza. Pero es que además es en la que más se aprende (amigo lector, si esto te resulta extraño, te puedo asegurar que hay centenares de estudios que priman esta edad como la más importante para el aprendizaje y son infinidad las pruebas neurológicos y psicopedagógicas que lo apoyan). Algunos países como Finlandia (número uno en resultados PISA) lo reconocen expresamente y consideran a los maestros como profesionales de muchísimo prestigio. Soy testigo de la absoluta impericia, casi cercana al autismo, que pueden mostrar ciertos doctos profesores al enfrentarse a un grupo de niños; sin embargo estoy seguro de que cualquiera de las  profesoras de infantil de mi cole es capaz de enfrentarse a un nutrido grupo de padres con unas tablas envidiables y seguro que sabría hacerlo también ante un grupo de sesudos catedráticos con soltura y sin aburrirles para hablarles de su día a día. Brindo por ellas. 
Tiene más mérito la emotiva graduación delos niños de cinco años al terminar esta etapa que la glorificada licenciatura de muchas carreras.  Como dice el himno universitario "Gaudeamos igitur":

Vivat Academia,
vivant professores.
Vivat membrum quodlibet,
vivant membra quaelibet,
semper sint in flore.

Pero no te lo creas demasiado, ¿Eh?

viernes, 12 de diciembre de 2014

Los libros


Estos días paso mucho tiempo entre libros. En la biblioteca de mi cole estamos desembalando y colocando en sus nuevas estanterías los 10.000 ejemplares de la antigua. No es tarea fácil: tras montar nosotros mismos todo el mobiliario tenemos que clasificar, ordenar, colocar, expurgar, trasladar, actualizar el catálogo, seleccionar los destinados al mercadillo previsto, apartar los que donaremos al IES, bajar los destinados a la sala de profesores... un trabajo largo y minucioso.

Sentimental como soy, describiré los sentimientos que se apoderan de mí cuando, en los ratos libres de docencia, me tengo que entregar a estas labores. Lo primero que viene a mi cabeza ante la magnitud de la tarea es el mito griego de Sísifo: me veo en un eterno acarreo y colocación de libros que, días después han de ser recolocados por falta de espacio, nuevas distribución o muebles añadidos. Gracias a Dios parece que poco a poco la pesada piedra que rueda cuesta abajo se va calzando en la cima. Después destaco el agobio que imponen los centenares de cajas, los muebles desperdigados, el espacio abarrotado. Varias reuniones y decenas de avisos han sido necesarios para que los muebles se instalen, se coloquen en su lugar y se fijen sólidamente a las paredes. Del desembalaje, tres personas apenas damos a basto para aligerarlo lo antes posible pues tenemos pensado que la biblioteca empiece a funcionar en enero. Con todo, lo más doloroso y difícil es el expurgo: pasan los libros por nuestras manos y nos cuesta desprendernos de ellos: todos tienen su valor, su posible utilidad... Pero no podemos dejar que ocupen el caro espacio de nuestra pequeña sala. Con pena los vamos apartando, pensando en la ocasión en que los catalogamos o en la veces que lo consultamos y, en un póstumo intento de redimirlo del reciclaje, les echamos una última ojeada esperando encontrar algo que haga aflorar un recuerdo o justifique el indulto.

El caos de las cajas amontonadas, el polvo que inunda el lugar (nunca barrido en tres meses), el olor del papel ajado, el de los libros nuevos, el de la resina de los estantes... provocan extrañas sensaciones. Rodeado de libros uno percibe con los cinco sentidos las características físicas de los ejemplares recién desembalados.

Me gustaría hacer una prosopografía de los libros. No llegaría a la etopeya (que sería extensa), me conformaría con una descripción de sus caracteres físicos, de sus aspectos concretos; ya de por sí interesantes porque los libros estimulan los cinco sentidos:

Hay libros especialmente accesibles al tacto: de cubiertas rugosas o suaves, enteladas, brillantes, lisas o rebordeadas, troqueladas, duras, acolchadas... Los hay grandes y pequeños, incluso llegan a ser minilibros. Los hay con lazos, con anillas, gusanillo, en carpeta... Algunos son desplegables, casi arquitectónicos, con ingeniosa ingeniería de plegado y compleja papiroflexia; incluyen en sus páginas de papel refinados operadores tecnológicos. Los tomamos en las manos y notamos su peso, sentimos en los dedos el tacto de la tela, del cuero o su arrugado pergamino, la leve aspereza o suavidad de sus hojas, la elástica ballesta de las hojas que se elevan desde el centro como aves en vuelo.

Tenemos incluso algunos libros de olor; no sólo el del pergamino o la celulosa, sino también del sudor, de la tinta, del aroma rancio del tiempo. También se percibe en ellos claramente el olor del encolado o los perfumes con que se sorprende a los niños: fuertes fragancias de fresa, chocolate, lavanda, menta...

La vista goza del privilegio de su contemplación: los llamativos colores, las maravillosas ilustraciones de los cuentos infantiles, el brillo de las fotografías, el tono ahuesado de las páginas, la infinita gama de los fondos, las transparencias, ... incluso nos admira la imagen de un tomo bellamente encuadernado. Tenemos también libros con imágenes tridimensionales gracias a unos anaglifos incorporados.

Tenemos también el libro que suena (y no me refiero necesariamente a los libros que llevan oculto un delgado chip dotado de mínimos altavoces). Os hablo del susurro de las hojas al pasar página, del aleteo al ojearlo, del leve crepitar de las hojas catapultadas por el pulgar... o también del sordo crujido de los lomos al abrirse. Gritan también cuando se enfadan, cuando se abandonan pesadamente sobre una mesa: entonces emiten un sonido como de puñetazo, como de ronco aviso a quien les trata con tan poco miramiento. 

Algunos invitan a comérselos, a devorar su indigesta celulosa, a probar el plomo venenoso de las tintas, a morderlo como a un sanwich de sabiduría... Al menos, ¡los comemos con los ojos!, e incluso hay quien se traga la carta que queremos ocultar, la promesa que hacemos nuestra al punto de consumirla como alimento...

Este es el atracón de los cinco sentidos que te ofrece la biblioteca. ¿Quién puede resistirse?

jueves, 11 de diciembre de 2014

Caligrafía


Ha comenzado ya: la conexión con la máquina, el contacto del dedo sobre la pantalla, parece que hará inútil la caligrafía, el arte de la escritura hermosa. Pronto trasvasaremos nuestros pensamientos al ordenador mediante impulsos nerviosos a través de la yema de los dedos (vía teclado o pantalla). La escritura amanuense quedará obsoleta. Seremos na'vis vinculados a un ikran digital.

Finlandia, un país adelantado y pionero pedagógico, con un sistema educativo que puntúa con matrícula en el informe PISA; ha decidido que no es adecuado malgastar tiempo y esfuerzos en enseñar a escribir con la tradicional grafía cursiva enlazada. A partir de ahora dará preferencia al teclado y apaño manuscrito provisional con escritura tipo palo, es decir con sencillos caracteres de imprenta como los que lees ahora.

Empieza la decadencia de la artesanía del escriba, del arte del amanuense: hemos llegado al Ikea de la escritura: funcionalidad y bajo coste. Se enterrará la pluma, el cálamo salvaje volverá a crecer libremente en los márgenes de los arroyos. Se abre paso la letra efímera en la pantalla lechosa de los livianos ebooks de líneas infinitas, de suaves contornos...

Será nostalgia, no lo niego, pero me resisto a olvidar el afilado estilo con que el dubsar mesopotámico grababa caracteres cuneiformes sobre la blanda arcilla o el cálamo del escriba egipcio sobre el papiro, o el delicado pincel de los calígrafos chinos sobre los primeros papeles de la historia, o la bella escritura del qalam en los arabescos. Reivindico el percutir del cincel sobre la piedra, la leyenda labrada en los obeliscos, los grabados en las estelas funerarias. Defiendo la parsimonia del copista, el áspero deslizar de su pluma sobre el pergamino, el brillo de la tinta antes de secarse sobre la cuartilla. Añoro las líneas a lápiz sobre el íntimo diario, el suave resbalar del boli de gel sobre el papel...
Reclamo la letra con voluntad, la grafía con carácter, ahora arrebatada y violenta sobre mi agenda pero otras veces esbelta, elegante y hermosa.

Convoco ante mí mis antiguos útiles de escritura: el plumier de madera, los lápices infantiles, las toscas pinturas, la primera pluma y su tintero incrustado en el pupitre escolar, mi primer boli inacabable, los cuadernos pautados de caligrafía inglesa, el perfecto tiralíneas, la dorada pluma Parker, los bolígrafos asombrosos...
Rememoro los pequeños artefactos que construí: el rotrin fabricado con una aguja hipodérmica, el plumín de ojalata, los cálamos de caña, las imprentillas hechas con el caucho de cámaras de neumáticos... Recuerdo los trucos que descubrí con ellos: la escritura con el plumín invertido para obtener una escritura finísima, el arco iris formado por la escritura simultánea de un puñado de pinturas, el frotar la mina del bolígrafo entre las manos para calentar la tinta espesada... Los juegos alternativos que descubrimos con aquel mítico  "bic cristal": las eficaces cerbatanas de granos de arroz, el pequeño arco iris que un rayo de sol provocaba al incidir en su resina de metacrilato, su curioso efecto electrizante al frotarlo que lograba atraer pequeños papelitos o desviar el chorrito de agua del grifo, ...

Reivindico la importancia del humilde lápicero como objeto imprescindible que llevar a una isla desierta, su pequeño hueco en la mochila formando parte del equipo de supervivencia del ser humano: es la más extraordinaria herramienta inventada contra el aburrimiento y el olvido.

Opongo la romántica obsolescencia de la pluma a la pragmática competividad finlandesa. No puedo prescindir del intenso repertorio de vivencias, sensaciones y creatividad asociado a la escritura caligráfica. Es algo que tiene que ver con el arte en la pintura,  con el buquet en el vino, con la armonía en la música... Son importantes pero no son útiles ¿o sí?  

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La hoguera


Las hogueras se encendieron pronto. A las 8:00 la oscuridad se había tendido sobre las casas y las calles del pueblo desde hacía una hora antes. El frío era intenso. En la calle de Los Ladrillos todo estaba dispuesto: las chapas que protegían el asfalto, los aperitivos, los embutidos destinados a la barbacoa... No tardaron en acercar un mechero a la pequeña pira preparada al efecto en torno a un  poco de papel. Los troncos de almendruco prendieron  enseguida. Pasaban ya de dos decenas los años que llevaban amontonados en un rincón de la leñera. La gente se aproximó enseguida atraída por las llamas. La primera oleada de calor fue celebrada con alegría por los presentes. Un grupo se dispuso enseguida a acarrear leña: había que conseguir una buena provisión de brasas para cuando el grueso de los asistentes se presentaran muertos de hambre y ateridos de frío. Las parrillas estaba listas y el embutido a punto.También habían generosa provisión de otra viandas: empanadas, tortilla, aceitunas, guindillas valencianas... Para acompañarlas se cortaron en rebanadas un par de panes de aldea, traídos de Galicia para la ocasión, más tarde llegarían las 15 barras encargadas al panadero del pueblo. Enseguida, cuando las llamas se amortiguaron sobre las brasas, se dispusieron las parrillas con longaniza valenciana, chorizo, morcilla, panceta y costillas. Perdonamos finalmente a las patatas asadas pues el personal no pudo terminar los frutos del cerdo plenamente satisfecho ya tras las sucesivas tandas de asados. El vino, que corría generoso, algo hizo para facilitar la pesada digestión porcina. 

Tras matar el hambre la gente se dispuso a matar el frío. En corro se juntaron alrededor de la fogata buscando todos el calor de las llamas, pero también el calor de las hogueras interiores, la cálida llama de la amistad, la caricia del mutuo conocimiento, las chispas de la alegría compartida. Era el momento de las bromas, los villancicos, las canciones picantes, el disparate y el baile. Algo ayudó el ron guatemalteco que alguien hizo aparecer por allí y que mojaba estupendamente los mantecados caseros preparado por una de las asistentes. Luego vendrían el wisqui, los cubatas... 

Mientras las conversaciones proseguían en un rondó ininterrumpido durante horas yo me dediqué a observar la hoguera. Como me es difícil seguir los flujos verbales, me concentré en el baile de las llamaradas, en la aérea arquitectura de llamas efímeras, en la danza bruja del fuego contorsionándose sobre los troncos. Me fascinaba la imprevisible pirotecnia de las chispas, el festivo crepitar de las brasas. Observaba con atención el momento en que se rompía el precario equilibrio de los maderos amontonados. Me divertía el aliento cegador del humo a capricho del viento cambiante. Miraba fascinado como se inflamaba el metanol de la madera, como se consumía su celulosa lentamente...   

Los chiquillos, que hasta ahora habían pasado desapercibidos al estar jugando con sus móviles en el interior de la casa, se acercaron curiosos. Empezaron a arrojar palitos y papeles a la fogata. Uno de ellos vino con un cubito de hielo y lo arrojó a las llamas en un vano afán de que se inflamara: - No se enciende -contestó asombrado.

Y así, con la duración añadida de nuevos troncos, fue pasando la velada. Cuatro horas después, hacia la medianoche, los asistentes se fueron retirando. La noche de las hogueras, en la víspera de La Inmaculada, en Palomares del Campo había llegado a su fin.