lunes, 14 de noviembre de 2011

El exorcista


Con cierta desgana pasé al despacho del Hermano Prefecto. El hermano Melchor era una persona exigente, seria. Su mirada inquisidora se ancló en mis ojos y después de un breve preámbulo me dijo: - "Creemos que no tienes ninguna cualidad para ser marista". Atónito, incrédulo; me atreví a replicar: - Pero, ¿ninguna?...- Me resultaba inconcebible que, tras 6 largos años compartiendo parte de mi infancia y adolescencia en periodos de formación, en cercana intimidad; se dieran cuenta ahora de que no tenía "ninguna" e esas cualidades. Cierto que tengo un caracter especial, una rebeldía innata, un temperamento que puede ser calificado de apático por quienes no me conocen bien; pero...¿ninguna?
El hermano Melchor permaneció largo rato en silencio mirándome mientras yo digería dificultosamente el amargo trago. Finalmente comprendí que el veredicto era inapelable y respondí: - "Pues si no tengo ninguna cualidad, tendré que irme". El hermano prefecto asintió: - Es lo mejor.

Me daba perfecta cuenta de lo trascendente de aquella decisión. Suponía un cambio brutal en mi forma de vida. Uno acaba acostumbrándose a la rutina de los días, a los hábitos cotidianos. Devuelto al mundo libre te sientes como esos presos que no quieren salir del penal, que no saben vivir afuera. Lo sabía pero me negaba a aceptarlo. Intentaba diferir mi marcha. Finalmente el hermano Melchor me llamó de nuevo:
- ¿Cuando piensas irte?.
- Mañana mismo - contesté.

Esa noche preparé mi equipaje. Guardé tristemente mis pocas pertenencias. Dormí intranquilo sintiendo el rechazo como una puñalada. Al día siguiente tomé el primer autobús para Burgos. Dejé en mi cuarto una taza de café aún llena sobre la repisa más alta de la estantería. En las paredes un poster de un cristo cubierto de alambradas auténticas que había recogido exprofeso para realizar mi particular performance de un cristo lacerado. Marchaba en junio, con el COU recién terminado y dos suspensos en el boletín. Debería realizar los exámenes de recuperación de septiembre y, a continuación, la selectividad si quería estudiar alguna carrera el año siguiente. Logré permiso para volver un par de días en septiembre y hospedarme en el ISPE mientras realizaba los exámenes.

Llegué a Burgos un día soleado. Caminaba compungido pensando cómo contar a mis padres que me habían expulsado. Me presenté en casa. Mi madre pensó que venía de vacaciones. Le expliqué que volvía para quedarme. Resumí como pude lo que había pasado y mis padres, dolidos pero comprensivos, no me pidieron más explicaciones.

Estudié en el verano y llegado septiembre me presenté de nuevo en el ISPE. Era extraño encontrar allí a los viejos compañeros: Marcos, Sierra... Me aposenté en mi antigua habitación. Aún permanecía allí la taza de café, ahora cubierta de una gruesa capa de moho. El Cristo de las Alambradas me miraba con reprobación tras las púas metálicas.
Realicé los exámenes y logré aprobarlos. El último día, con las  pruebas finalizadas, convencí a Marcos para salir esa noche y acercarnos a Salamanca a ver "El exorcista".
La película era el éxito de taquilla del momento y tenía el punto de morbo que la hacía más apetecible en mis circustancias. Teniendo en cuenta que el ISPE era postulantado y noviciado, la residencia permanecía cerrada a cal y canto por las noches. Salimos subrepticiamente llegadas las 11 de la noche, cuando ya la mayoría se habían retirado a sus habitaciones. Nos escabullimos por una ventana de la planta baja que daba a una zona trasera poco ilumninada y dejamos previsoramente la ventana sin cerrar, apenas encajada para disimular. Con la excitación de lo prohibido paseamos por Salamanca y vimos la película en su última sesión. Hacia las 3 de la madrugada volvimos a la residencia. Cuando nos dispusimos a entrar por la ventana prevista comprobamos horrorizados que la habían cerrado. Nos invadió un miedo cerval. Quedamos paralizados unos minutos acurrucados contra la pared al abrigo de las sombras. Después nos sobrepusimos y empezamos a explorar el contorno del edificio buscando alguna otra ventana abierta. Todas las de la planta baja estaban cerradas a cal y canto.
 Después de circundarlo varias veces nos fijamos en un pequeñó ventanuco elevado que daba a las cocinas. Era nuestra única opción. Izado sobre los hombros de Marcos logré alcanzar el pequeño hueco y, metiendo la cabeza por él, penetré en el interior a donde caí desde una altura de 2 metros sin romperme nada aunque con considerable estropicio. No recuerdo exactamente cómo, pero con ayuda de una mesa y decogando parte del cuerpo al otro lado logré izar a mi compañero que finalmente también entró.
Sigilosamente nos dirigimos a nuestros cuartos y nos despedimos deseando que nadie se hubiera enterado.

Al día siguiente me despedí de todos los compañeros de años atrás. No he vuelto a verles. Quizás algún día, en un viaje a La Alberca, encuentre a mi viejo amigo Marcos y juntos recordemos esta y otras viejas aventuras.

sábado, 12 de noviembre de 2011

¡Ah! Pero... ¿Mi padre tiene un millón de pesetas?

Yo fui un niño pobre. Esto, básicamente, consiste en tener muy poco dinero. Ser pobre no es necesariamente malo. Este axioma de Perogrullo explica muchas cosas:
- No tienes vestidos caros; pero tu madre te hace unos monísimos con retales de saldo...
- No tienes juguetes de grandes almacenes; pero aprendes que todas las cosas son jugables...
- Pasas apuros para comprar el material escolar; pero te apañas con engrudo, sacar punta con el cuchillo en casa, y cuidar tus pequeñas pinturas como tesoros...
- No tienes apenas propina; pero sabes las tiendas más baratas, masticas más veces el chicle, compras los indios a plazos y encima ahorras...
- Tu casa es oscura, pequeña y abuardillada; pero pasas la vida en la calle, te subes al tejado, exploras todos los territorios de alrededor...
- En tu plato faltan buenos filetes, bollos y postres deliciosos; pero tienes sopa, patatas y lentejas. Y lo comes siempre. Y lo comes todo. ¡Y te gusta!

Sin embargo hay veces en que los demás (más ricos) no entienden esto. Entonces surge un "conflicto cognitivo":
- ¡Tú eres pobre, no tienes dinero y por tanto no puedes ser feliz y además eres un mierda!

Al pobre niño pobre el insulto le llegó al alma. Se puso pálido. Las lágrimas empezaron a rebosar los párpados...

El hermano Cañón desde su mesa lo vió hundirse, rodeado del implacable grupo que lo acosaba. El pobre niño pobre sintió sus pobres ropas aún más rahídas. Se notó más delgado por no comer bien. Miró su estuche y le pareció pequeño y triste al lado de los hermosos plumiers del resto...

-¡Pero qué decís! ¡Si su padre tiene un millón de pesetas! - Salió al paso el hermano echando un capote a la pobre víctima pobre.

Los ricos cahorros de la manada se miraron asombrados: - ¿Sería verdad? Tenía que serlo si lo decía el hermano...
-¡Dejadlo y vamos a jugar!

El pobre niño ¿pobre? se quedó perplejo mientras el grupo hostil se alejaba. Quizás su padre tenía ese dinero guardado y él no lo sabía...

El hermano Cañón miró pensativo a su alumno. Mientras este se quedaba sólo en su pupitre...

El pobre niño pobre creció. Dejó de ser pobre. Se hizo adulto. Por fin comprendió.

viernes, 11 de noviembre de 2011

El hermano reclutador

A mis nueve años mis maestros me fascinaban. Aquellos individuos poderosos, de negro hábito, rostros serios, emociones indescifrables, ágil entendimiento, sapiencia infinita, autoridad indiscutida, voluntad de hierro y energía incombustible eran admirados y envidiados por mí.
No es de extrañar que, como pasa a muchos niños y niñas desde siempre, cuando nos preguntaron en una encuesta escrita lo que querríamos ser de mayores, deslizara ingenuamente la peligrosa respuesta de "Hermano Marista".
Una acción sencilla y aparentemente intrascendente pero que determinó los siguientes 7 años de mi vida y marcó fuertemente mi personalidad para el resto. Aún hoy, la brújula de mi vida deriva sesgada por los hierros adosados entonces en su esfera, sector adolescencia.

A la semana siguiente un grupo de compañeros fuimos reunidos aparte y tanteados sobre nuestra respuesta: ¿De verdad nos gustaba ser maristas? ¿Nos gustaría visitar un colegio donde estudiaban niños que iban a ser maristas? ¿Nos apetecería pasar un día de convivencia con ellos?
Una experiencia de ese tipo resultaba excitante. En aquellos tiempos apenas hacíamos excursiones así que ir de convivencia, jugar un partido de futbol, asistir a representaciones teatrales, comer gratis... era prometedor. Aceptamos encantados y, rápidamente, se organizó una visita al Juniorado de Miraflores, en el mismo Burgos, al lado de la Cartuja.

Fue un día maravilloso, todo fiesta y alegría: el partido de fútbol con camisetas y sobre un campo enorme, la estupenda comida en un animado comedor, la representación teatral a cargo de los juniores, la sala de juegos, la piscina, la espléndida huerta... Volvimos encantados y dispuestos para repetir pasárnoslo siempre tan bien como aquel día. Era como la excitación de Pinocho ante el parque de atracciones.

En las semanas siguientes fuimos llamados de uno a uno y examinados por el hermano reclutador. Era este un personaje curioso. Antiguamente su misión consistía en visitar los pueblos, hablar con el cura y el maestro, conocer los alumnos más aplicados y listos, contactar con sus familias y proponerles el ingreso en la congregación con los argumentos de cursar buenos estudios, recibir formación cristiana, cuidado y la alimentación garantizada a un precio muy módico y en algunos casos gratis. Por la época que nos ocupa, su papel estaba más acotado a los propios centros maristas. La selección previa ya la tenían preparada tras la citada encuesta. Los niños ya estaban predispuestos tras la visita al Juniorado.
En aquella entrevista me preguntaron un montón de cosas. Fui concienzudamente examinado en aspectos religiosos y doctrinales. Recuerdo también que hice algún test de inteligencia. De aquella conversación tengo grabada en la memoria una pregunta sorprendente. Con el fin de explicar mejor a mi pequeña cabecita la grandeza de la misión que me aguardaba en la congregación me preguntó (era casi una pregunta retórica, por lo evidente -para él- de la respuesta):
-Mira, tengo aquí un caramelo y esta preciosa radio. ¿tú qué prefieres?...
Mi cabecita se puso a pensar a toda máquina. ¿Por qué me hará esta pregunta tan rara? Seguro que trata de probar mi humildad. No debo desear cosas tan valiosas... -
Así que le respondí que el caramelo. El hermano reclutador abrió mucho los ojos y me miró sorpendido. ¡Acaso este mocoso no es tan listo como parece...!
- ¿Y por qué prefieres el caramelo? La radio es mucho más valiosa...

De nuevo mi pobre cabecita pensando a toda máquina: -¡Vaya, he metido la pata! Está clarísimo que debía haber querido la dichosa radio... ¿Cómo arreglo esto?... -
No sé como surgió, pero salí del paso con una respuesta improvisada que le dejó boquiabierto.
- Porque sabía que una radio nunca me la llegarían a dar, en cambio el caramelo...

Tras la entrevista pasé a ser objetivo preferente para el hermano reclutador. Se preocupó de todo para que entrara en el juniorado el año siguiente. Habló con mis padres, negoció una beca, me preparó espiritualmente para el ingreso... Y durante los siguientes 5 años, aún preguntaba y se entrevistaba conmigo cuando le era posible. Y yo procuraba no decepcionarle.
Así ingresé como aspirante en la congregación marista. Y cuando yo le explico a mi madre los refinados procedimientos de captación que manejaba la orden, ella me insiste que no era así. Que fui porque quise. Me lo dice ella, que cuando nací, me ofreció a Dios para su servicio como primogénito y según la costumbre familiar de tener algún hijo en el clero. Para mi madre las repetidas consignas, los rosarios diarios, la misa dominical sin falta, las catequesis, la estricta educación cristiana, la admiración por el clero... no fueron influencias para que tomara esa decisión. Decidí libremente. Sí.

Está la libertad encarcelada

Estoy hojeando una vieja revista escolar. Una de aquellas que publicábamos en el Juniorado. Apenas son 20 folios doblados por la mitad e impresos con las multicopistas de la época usando clichés de cera. Se escribían a máquina (golpeando el cabezal sin cinta contra el papel encerado) y con los dibujos hechos a punzón. Se trata del "Pinarillo" revista trimestral del Juniorado Marista de Arévalo. Tiene el número 9 y está fechada en diciembre de 1970. Recuerdo que yo estaba en 3º y tendría unos 13 años. Me ha llamado la atención una reseña que recoge de la prensa local:

"Los arevalenses han acogido fervorosamente la introducción del ritmo musical en la liturgia de la santa misa que se celebra por la tarde en la parroquia de Santo Domingo. Han pasado varias semanas desde que comenzó esta novedad y la acogida no ha podido se más feliz, ya que el nuevo ritmo musical da más fervor a la ceremonia y el conjunto y los coros hacen vibrar de emoción a los fieles y se observa una mayor compenetración espiritual entre el pueblo y el oficiante.
Los protagonistas de esta feliz idea son los Hermanos Maristas, cuyo coro lo forman 15 tiples y 10 tenores; y el conjunto musical está a cargo de Jesús Castilla, batería; el H. Isidoro Martín, el bajo de guitarra; y la guitarra de punteo y ritmo, el hermno Cayo Martín. Dirigidos todos ellos por el H. Nicolás García, excelente tenor solista y por el H. Marcos Sánchez, director del centro..."

Sí, recuerdo que yo era uno de esos 15 tiples que acompañaba el conjunto musical.
Me acuerdo bien de aquellas misas con la iglesia aborrotada de fieles que acudían a vernos y oirnos cantar. Y la verdad era que lo hacíamos bien. Nos costaba largos y rigurosos ensayos, pero el grupo de hermanos eran todos buenos músicos. Teníamos clases de solfeo (para mí eran un infierno, pues nunca he logrado leer una nota del pentagrama sin hacer la serie desde el sol para para arriba y para abajo hasta encontrarla). Envidiaba la facilidad de algunos de mis compañeros para la guitarra y la bandurria. Me atreví con la batería y logré tocar bastante bien "Cenicienta", de Fórmula V, a base poner una y otra vez el disco hasta casi desgastarlo para acompañar la melodía. Pero tenía una botina voz y un oído aceptable, así que formaba parte del coro. El nutrido grupo de adolescentes y jóvenes maristas que llevábamos "los nuevos ritmos musicales" a la parroquia causamos sensación. Probablemente alguna de las jóvenes feligreses se fijara en mí pues uno de aquellos domingos fui abordado por dos de ellas cuando pasabamos el rato subidos en el templete de la Plaza Real. Entre miradas tímidas y pícaras a un tiempo preguntaron:
- ¿Qué te gusta más Bonanza o Ducados?
Yo, que no adivinaba a qué venía la pregunta, respondí que Bonanza. Y lo hice porque era lo único que tenía sentido para mí, ya que era una serie de TV de la época. Cuál no sería mi sorpresa cuando vuelven a los pocos minutos y me regalan tímidamente un paquete de tabaco marca "Bonanza". Llegamos a fumárnoslo a escondidas camino del castillo de Coca uno de aquellos días de excursión.
Pero la otra cara de la noticia del novedoso conjunto musical no la cuenta la prensa. Sólo con el paso de los años he llegado a entender del todo lo que pasó ese día. En aquel momento, sólo supuso, para los 25 miembros del grupo una larga y fastidiosa espera de cerca de 1 h retenidos a la puerta de la iglesia de Santo Domingo.
Aquella tarde todo marchaba perfectamente. Las canciones sonaban afinadas, las entradas a punto, la megafonía nitida, el templo a rebosar... Esa tarde estrenamos una canción nueva. Los hermanos estaban a la última en cuanto a novedades discográficas de música religiosa. "Tiempo de despertar" era una de esas novedades que nosotros ofrecíamos en primicia a los fieles de Arévalo. Nos salió muy bien. Acabada la misa, como tantas tardes, tocaba recoger. Mientras metíamos los instrumentos en la furgoneta un extraño personaje se encaró a los hermanos pidiédoles la documentación y todo tipo de explicaciones. Haciendo uso de una autoridad desconocida nos impidió movernos de la puerta de la iglesia hasta que aclarara con sus superiores la gravedad del delito cometido. Nosotros, entre desconcertados y asustados, permanecíamos en apretado grupo a la puerta de la iglesia mientras los últimos fieles abandonaban el templo. Se hizo de noche. El cura intercedía por los hermanos, pero el autoritario personaje se mantenía firme.
No sé cómo se solucionó la cosa. Ni siquiera si hubo delito o faltas que purgar... Tampoco nos explicaron nada a los pequeños juniores. Pero recuerdaba parte de la letra de la canción (la he buscado afanosamente en internet y sonreí al encontrarla y leerla completa). Cuando la leas tú, extraviado lector, piensa un momento en aquellos años de plomo. Aquellos negros personajes: policías, inspectores y censores. Lo entenderás todo.

Mirad al suelo, corred la voz,
Que entre los hombres está el Señor.
No hagáis castillos para soñar,
Pues cada día tiene su afán.

Marchó el Señor dejando como encargo
Cambiar al mundo en todos sus cimientos
Algún día vendrá y pedirá cuentas,
Pagará cada cual según su esfuerzo.
Querrá el Señor razón clara y concreta
Del mal y hasta del bien que no hemos hecho;
El Señor será justo en su sentencia.
Hoy no se puede estar mirando al cielo
Hoy no se puede estar mirando al cielo

Está la libertad encarcelada,
Los bienes en poder de pocos dueños,
Es el hambre la espiga que más crece
Y la envidia nos corre por el cuerpo.
Quebraron la garganta del que hablaba
Gritando la verdad a los mil vientos,
Por maestro se puso el mentiroso.
Hoy no se puede estar mirando al cielo
Hoy no se puede estar mirando al cielo

Cristianos que viven el presente
Ya dejen de esconderse entre sus rezos,
Hablen menos de Dios, muéstrenlo en obras;
Son las obras medida de lo cierto.
Dejen en sus casas las palabras,
Y hablen el lenguaje de los hechos,
Hoy los golpes de pecho no convencen.
Hoy no se puede estar mirando al cielo
Hoy no se puede estar mirando al cielo

Sí, ahora lo entiendo todo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte III. "Al borde del abismo"

Ocurrió uno de aquellos fines de semana en que nos reuníamos el grupo de profesores que hicimos juntos el curso de Educación Física en Cantoblanco. Se había convertido en tradición el juntarnos de vez en cuando para organizar alguna salida con hijos y amigos al campo. Entonces disfrutábamos de un día de agradables caminatas y camaradería en plena naturaleza.
En aquella ocasión nos acercamos al puerto de Canencia. El día estaba trascurriendo como siempre, estupendamente. largo paseo, comida, siesta... Justo en ese momento en que la gente dormita se me ocurrió a explorar un poco los alrededores y me acerqué a lo alto de una pared vertical de piedra granítica. Estuve un rato contemplando el paisaje desde el mirador natural que se abríaq al borde del precipicio. Siguiendo la pared, al costado derecho, se apreciaba un pequeño rincón de tierra en una repisa apenas inclinada con un pino enano. Desde allí y, tras una pequeña pendiente, se ascendía a una atalaya natural aún más alta. No sé cómo pudo ocurrírsema, quizás la escitación del retar al peligro, el colgarme de ese muro natural para avanzar sujeto con las manos del borde hasta hacer pie en la base el pequeño rincón que daba paso a un nivel superior de observación. Una vez colgado, apenas pude avanzar un metro suspendido del borde. Empecé a notar que no llegaría y que tampoco sería capaz de izarme superando los 90 º que formaba la pared con la plataforma. Empecé a tantear con los pies buscando algún reborde donde apoyarme mientras pasaban unos segundos eternos. Notaba picores en el envés de las manos. La adrenalina se había disparado y, ese efecto, lo tengo probado más veces, se produce décimas de segundos después de la percepción de un grave peligro.
Aterrado por mi situación y avergonzado por mi imprudencia empezaba a visualizar mentalmente una caida vertiginosa a lo largo de la parez entre gritos angustiados y un final duro e instantáneo donde los colores pasaban del rojo al negro en un instante.
Finalmente mi pie derecho sujetó la punta en un pequeño reborde. No llegaba a una decena de centímetros pero pude apoyarme en él y recobrar fuerzas un momento. Luego me atreví a mirar hacia abajo y descubrí en primer plano que el pequeño reborde continuaba horizontalmente hacia el rincón deseado. Avanzándo un pie y luego otro, sin dejar de sujetarme con las manos a lo alto de la pared rocosa, llegué a la base del pequeño rincón. Agarré el tronco del pino enano que crecía en un pequeño retal de terreno entre rocas y me izé hasta este abrigo protector.
Justo en ese momento llegó Rafa que, escamado por mi ausencia y mi tardaza, presentía que estuviera en dificultades. Me preguntó qué hacía allí y le tranquilicé:
- Nada, que me he subido hasta aquí para ver mejor el paisaje...
Echó un vistazo al borde rocoso, único acceso posible desde el camino, me miró y no dijo nada.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte II: Cayendo al río.


Ayuela es un pueblecito de la comarca de La Valdavia en la media montaña palentina. Todos los veranos de mi infancia pasábamos allí algunas semanas. En ocasiones jugábamos con los demás chicos del pueblo. Una de la actividades más populares era acercarse al rio y desplegar allí múltiples actividades de juego y aventura: pescar ranas, peces y cangrejos, bañarnos, escalar los árboles de la orilla, buscar bichos, perseguir pájaros, jugar al escondite, al bote...
Una mañana habíamos subido a una de las salgueras más altas. Allí estábamos encaramados a las ramas gritando gozosos entre el ramaje. De pronto al alargar la mano para alcanzar el tronco las flexibles ramas del sauce se me escurrieron como mimbres. Caí hacia atrás con los brazos extendidos, horrorizado mientras veía pasar en brillantes contraluces ramas agitadas desplazándose hacia el cielo. En esa pequeña fracción de segundo que duró la caída llegué a pensar en lo doloroso de estrellarme contra el suelo. Me vi lisiado, cubierto de sangre, aterrorizado por el final de mi corta existencia...
Primero sentí un fuerte palmetazo en la espalda. Luego una sensación fría. Intenté incorporarme mientras el agua me ahogaba y me atragantaba intentando gritar. había caído en el rio. No era muy profundo, pero sí lo suficiente como para amortiguar el golpe y salvarme la vida. No sabía nadar pero la orilla estaba cerca. Quizás no cubría del todo pero el caso es que agité desesperadamente los brazos y conseguí salir.
Ya repuesto volví la cabeza y me pregunté cómo había pasado todo aquello. Cuando me tranquilicé llegué a la conclusión de que ya sabía nadar. ¡Por fin había aprendido!, pensé.
En contra de lo que pudiera parecer no adquirí temor alguno a subir a los árboles (es un ejercicio delicioso que aún practico de vez en cuando) all fin y al cabo nosotros no teníamos parques con castillos y redes como los actuales. Además, desde aquel día, no tuve jamás miedo a adentrarme en rios y piscinas. Es cierto que nadaba "estilo perro" pero sabía que podemos flotar sobre las aguas...
Y, de vez en cuando, sueño que desciendo de espaldas entre el ramaje de un gran árbol a velocidad vertiginosa... pero nunca me produce pavor... me siento mecido y protegido por el destino.

Al otro lado del muro

Hace ya mucho tiempo, más de 22 años atrás, un lalrgo muro de hormigón dividía una nación. Un durísimo telón de acero impedía el tránsito entre las dos Alemanias. Tal día como hoy, el 9 de noviembre de 1989 ese muro se resquebrajaba en toda su longitud. La gente lo tomaba al asalto y se paseaba sobre su borde. Las puertas se abrían empujadas por la multitud.
Este muro de la vergüenza fue el icono que representó durante años la separación entre la vida en el "mundo libre" y la opresiva forma de vivir en la zona de influencia comunista.  Con sus caída se precipitó también la de los regímenes comunistas del Este. Un mes después el general Nicolae Ceaucescu, que gobernaba Rumanía con mano de hierro ayudado de la poderosa policía secreta, el Securitate, era derrocado y condenado a muerte en juicio sumarísimo. En los actos violentos que tuvieron lugar en esos días murieron 1104 personas (162 en los últimos días del régimende y 942 en los disturbios ocurridos antes de la toma del poder por parte del nuevo Frente de Salvación Nacional. La mayoría de las muertes ocurrieron en ciudades como Timisoara, Bucaret, Sibio y Arad. El Frente de  Salvación Nacional estaba compuesto por representantes de diversos sectores de la sociedad rumana, pero la presencia de los antiguos miembros del Partido Comunista Rumano fue copando prácticamente los principales espacios del poder. Aunque el Frente de Salvación Nacional se ganó la simpatía de varios agentes políticos en todo el mundo, bien pronto el gobierno de Iliescu y Mănescu fue perdiendo credibilidad, tanto en lo interno como en lo externo, pues muchas personas del antiguo régimen se infiltraron para su beneficio personal copando cargos importantes y conspirando para sus propios fines. Ejemplo de ello fue la Mineirada de enero de 1990, cuando los mineros de Valea Juilui acompañados por la policía y convocados por el propio gobierno de Iliescu invadieron las calles de Bucarest para arremeter contra las protestas opositoras al nuevo régimen del FSN.

Mi mujer, Charo, y yo (¡Cómo se nos ocurrirán estas cosas!) emprendimos un viaje precisamente a Rumanía el 15 de agosto de 1990, 7 meses después. Aún se precibían en las calles de Bucaret las huellas de la 3ª mineirada (13-15 de junio de 1990).
Lo que había ocurrido allí era una concentración pacífica de unos 50.000 manifestantes, la mayor parte estudiantes, cuyas diversas reivindicaciones pueden resumirse en una palabra: democracia. Llevaban protestando en la plaza de la Universidad desde el 22 de abril. El resultado: Al menos 7 muertos y cientos de heridos. A las 4 de la mañana del 14 de junio llegan a Gara de Nord (estación de tren de Bucarest) varios miles de mineros del valle del Jiu armados con palos y barras de hierro, liderados por Miron Cozma. Otros muchos vendrían en autobuses y camiones; en total unos 10.000. Recibidos por miembros de los servicios secretos, son repartidos por lugares estratégicos de la ciudad. Con una brutalidad fuera de lo común, los mineros arrasan las Facultades de Matemáticas, Geología y Arquitectura, atacando a todas las personas con aspecto de intelectuales o estudiantes que se encuentran. Golpean brutalmente a varios cientos de manifestantes. Las fuerzas del orden y el ejército adoptan una actitud pasiva.
Más tarde vuelcan su ira contra los partidos de la oposición. Arrasan y saquean la sede del PNTCD y del PNL, donde pretenden haber encontrado “drogas, armamento, municiones y máquinas de escribir automáticas (sic)”. Por la tarde Bucarest es una ciudad fantasma. Grupos de mineros armados patruyan la ciudad y golpean a todos “los intelectuales, las personas con barba o los que llevan ropas extrañas”.

 Algunos meses después llegó nuestro avión al aeropuerto Otopeni. Guardo algunos apuntes del viaje que os invito a leer. Sólo son de las primeras jornadas, pero sirven para hacerse una idea del estado del país. Son mi personal aportación al 22 aniversario de la caída del muro. Apenas derribado nos trasladamos al otro lado.Esto es lo que vimos.


VIAJE RAPIDO A RUMANIA





"RUTA DEL CONDE DRACULA" (15 - 25 de agosto, 1990)

Itinerario de 11 días en régimen de pensión completa.

EUROESTE. 68.900 + 6.000 (t. alta) + 1.600 (visado).



(Descuento 6% por afiliación UGT, pues aún había simpatías y preferencias por los sindicatos de clase en los países del Este)



 

VIAJE RAPIDO A RUMANIA
"RUTA DEL CONDE DRACULA" (15 - 25 de agosto, 1990)
Itinerario de 11 días en régimen de pensión completa.
 EUROESTE. 68.900 + 6.000 (t. alta) + 1.600 (visado).
 (Descuento 6% por afiliación UGT, pues aún había simpatías y preferencias por los sindicatos de clase en los países del Este)
 
DIARIO DE VIAJE
Día 15, miércoles.
Estábamos citados en el aeropuerto a las 12 h. (Mostrador de Euroeste. Vuelos internacionales). A las 10, apenas despabilados y duchados y encontrándome yo en plena redacción de una alegación a una multa de tráfico escandalosamente alta que no admitía demora, llegaron el padre y la hermana de Charo –Ana- para llevarnos al aeropuerto. La casa se llenó de prisas paseos nerviosos de Ramón, advertencias sobre la impuntualidad, apresuramientos...  Al final logré terminar la redacción de la dichosa alegación y coger al vuelo la cámara de fotos (con las prisas olvidé el flas y me perdí numerosas oportunidades de fotografiar en interiores). Charo terminó también de poner en orden toda la intendencia (que no era poca y de la que siempre se encarga ella porque cree que yo “no lo hago lo suficientemente bien”), así como de realizar los últimos arreglos personales. A las 11. 20 h. salimos hacia el aeropuerto. Nos dirigimos a Barajas vía Velilla- Mejorada-S.Fernando de Henares y en unos 25 minutos estábamos en las puertas de la sala de partidas de vuelos internacionales. Recorrimos 200 m. de stands de diversas compañías turísticas hasta encontrar el mostrador de Euroeste. En esos momentos se ocupaban de otros vuelos y nos citaron para media hora más tarde. Nuestros familiares nos despidieron con el deseo de que lo pasáramos bien y “no nos pasara nada”.
Nos quedaba una hora y media de espera y, como hasta los mejores aeropuertos empiezan a ser aburridos pasados los primeros 15 minutos, hicimos provisión de periódicos y revistas para pasar el rato hasta el embarque. Á eso de la 1, y como no apareciese nuestro vuelo en los paneles informativos, nos dirigimos al stand de información donde nos comunicaron que el vuelo se había retrasado debido a "problemas de enlace". Nueva hora prevista de salida: 2 h.
Hojeando periódicos nos dieron las 3 h.  Una llamada megafónica de tonos melodiosos citaba a los pasajeros del vuelo R5 235 con destino Bucarest al comedor del aeropuerto. Se nos hizo la boca agua: ¡Habían tenido el detalle de pagarnos una comida debido al retraso!. Nuestro gozo se fue al pozo un minuto después: ya en la puerta del comedor, a punto de ocupar mesa, la misma voz melodiosa llamaba a los pasajeros de este vuelo a la puerta de embarque.
Pasamos el control de pasaportes y esperamos otra hora más en la zona de tránsito. Después nos enteramos de que otros pasajeros no acudieron inmediatamente y comieron tranquilamente en el comedor del aeropuerto a cuenta de TAROM (Líneas aéreas rumanas). Nosotros aguantamos con un bocadillo pagado a precio de oro y consistente en un bollo que ocultaba dentro una fina lámina de jamón serrano para animar un poco el color (que no el sabor) del pan duro.
 Hacia la 4.10 salíamos de la zona de tránsito para acercarnos en autocar hasta la escalerilla del avión. El vehículo se desplazaba entre las pistas donde estaban aparcados modernos DC9 y majestuosos Jumbos de la compañía Iberia y otros modelos, más flamantes aún, de otras compañías europeas. Finalmente paramos al lado de un vetusto cuatrimotor de hélice de aspecto "cacharroso” de la compañía TAROM. La decepción se pintó en la cara de todos los viajeros pero los aviones a hélice daban una pincelada casi de aventura cinematográfica al viaje así que subimos las escalerillas con el ánimo alegre y una cierta curiosidad. Los billetes no indicaban asientos numerados así que elegimos un sitio  con ventanillas y sobre las alas. Aunque Charo me recriminó esta elección (que si accidentes, que si vibraciones, dolores de cabeza...), luego resultó ser acertada pues otros lugares del avión vibraban mucho más y tenían un ruido ensordecedor.
Las azafatas de a bordo eran bastante feas. Una de ellas, lo bastante gruesa para ser considerada como exceso de carga y por tanto riesgo para la seguridad aérea, daba la
impresión de llevar algunas copillas de más (más sobrepeso). Se bamboleaba por los pasillos del avión y obstruía el paso a sus propias compañeras durante el trajín de servir o vender a los viajeros los aperitivos y cigarrillos de costumbre.  Esta labor la
realizaban con un cierto aire de entusiasmo, pero el servicio de la comida y café (que no les reportaban beneficios personales) estaba marcado por la falta de interés y la desgana.
El avión parecía un hermano civil de algún bombardero de la II Guerra mundial. Tardó 4.30 h. en cruzar todo el sur de Europa de punta a punta. La azafata, en un español bastante malo, había pronosticado 3 h. de vuelo.  En la zona baja de los asientos
funcionaba la calefacción mientras que en la parte superior, bajo la repisa de los equipajes, el aire acondicionado congelaba el vapor de la respiración lo que produjo una pequeña lluvia interna cuando se inició el descenso sobre Bucarest y se descongeló el circuito de ventilación. La comida en vuelo no convenció a nadie. En ella apareció el primer tomate de los más de 30 que comeríamos a lo largo de nuestra estancia repartidos en casi todas las comidas. Nadie podía imaginarse que era el anticipo culinario de lo que serían más de 22 comidas hechas con no más de 10 ingredientes distintos durante 11 días. Esta falta de variedad consiguió sacar de quicio al grupo de Españoles multiregionales (sobre todo catalanes, valencianos, madrileños, maños y andaluces) acostumbrados a uno de los espectros alimenticios más variado del mundo. El menú del vuelo consistía en un trocito de mantequilla, un trozo pequeño de camembert, 2 pastitas de té minúsculas y rancias, un tomatito del tamaño de una ciruela, 2 ó 3 rodajas finas de salami, un trozo de filete frito en una grasa ya reseca y de aspecto cerúleo y, para beber, un vaso de vino completamente agriado y un café infame (el primero de una larga lista).
El vuelo se hizo muy largo. Anocheció en el aire y todos nos removíamos apretados en los asientos con el cuerpo molido. Llegamos al aeropuerto Otopeny de Bucarest hacia las 1 h.

Un autobús nos condujo a la zona de tránsito y rápidamente nos dirigimos al control de pasaportes al que llegamos ya con una cola considerable. Apareció al rato un encargado de Euroeste para hacerse cargo de nosotros que nos reunió ante una ventanilla para pasar juntos y rápidamente el control de pasaporte. Nos sentimos vips por un instante, pero después de pasar 15 minutos ante la ventanilla cerrada nos devolvieron a las colas existentes (varias decenas de personas habían ocupado ya nuestros antiguos lugares y tuvimos que ponernos detrás). Estábamos cansados y queríamos llegar al hotel, ducharnos, cenar y dormir (perdonaríamos la juerga esa noche). Muy lentamente nos fue llegando el turno. Al parecer a nosotros nos tocó la fila del "meticuloso”: un aduanero joven que se recreaba manoseando los pasaportes, esperando largos minutos con motivos inexplicables y cabreando  a la gente poniendo pegas y haciendo preguntas incomprensibles. Tardamos casi 40 minutos en esperar que acabara con los cuatro que teníamos delante. Confieso que sentí a algo de morbo cuando comenzó con nuestros pasaportes imaginando qué problemas nos plantearía. Mi morbo fue complacido: nuestros billetes incluían el pago del visado y,  hasta que no lo hubo preguntado, contrastado y llamado personalmente al encargado de Euroeste, que no aparecía por ningún lado, no puso el sello liberador a ninguno de nuestros pasaportes. Pasamos  al fin.  Las instalaciones del aeropuerto eran grises, vetustas, sucias, apenas iluminadas... Tras la espera de los pasaportes, la de los equipajes.
La única cinta transportadora de la recogida de maletas apenas funcionó 10 minutos antes de comenzar una serie de convulsiones que finalizaron en un estertor metálico y quedar inmóvil. Una atmósfera caótica embargaba el recinto. La gente, en vista de la situación, se aplicó a la estrategia de buscarse cada uno la vida. Los pasajeros se agolparon sobre la rampa de subida esperando que apareciera su maleta por el pequeño túnel de equipajes. Caminaban por la cinta metálica
apartando los bultos ajenos... Al final de la rampa se formaba un atasco de bultos que nadie retiraba (probablemente sus dueños  estarían en el control de pasaportes y tenían para rato). Un grupo de tres operarios con monos grasientos empezó a desmontar unas cuantas láminas de la cinta tratando de localizar la avería con ayuda de una linterna. No parecía importarles los grupos de turistas que pasaban sobre la cinta entre ellos o se amontonaban sobre la salida de equipajes. Su interés se centraba en localizar la avería, estaba claro  que  no tenían demasiada fe en poder arreglarla, probablemente volvería a romperse enseguida en cualquier otro punto de su desgastada maquinaria. Un joven mozo de aspecto desaliñado apareció en la boca de cinta para encargarse, a fuerza de músculos, de retirar las maletas que la cinta vomitaba, a veces en rápidas avalanchas y a veces con desesperante lentitud. En ocasiones no daba abasto pero nadie ayudaba ( "cada cual a lo suyo"). Con ánimo solidario retiré un par de bultos que le estorbaban y un señor se dirigió hacia mí haciendo aspavientos y hablando con voz atropellada. Por lo visto había apartado las maletas de un conocido suyo. Esto me quitó de la cabeza los ánimos solidarios y no moví un dedo hasta que no llegaron nuestras dos maletas que aferré y saqué de allí como de un barco que naufraga ("a cada uno lo suyo"). 
Habíamos pasado cerca de 1.30 h. esperando los equipajes.
Nos habíamos puesto ya en las 12.30 h. (La hora rumana es una más que en España por estar más al este). Esperamos otros 20 minutos más al autocar (para no perder la costumbre) y salimos hacia el hotel. Los 10 km. que separan el aeropuerto Otopeny de la capital Bucarest son el único tramo de autovía del país. La ruta está pésimamente iluminada, al igual que el resto del país como comprobamos más tarde. A ambos lados de la carretera existen magníficos bosques, pero muy descuidados. La circulación a esa hora era escasa. Nos sorprendimos gratamente al descubrir un 850 fabricado por Fiat entre los vehículos que nos adelantaban. En la ciudad, apenas reconocible entre la débil luz de una escasas farolas, apenas se veía algún transeunte con paso rápido y ensimismado por las aceras. En las fachadas ausencia casi absoluta de luces y letreros luminosos. En esta uniformidad oscura y confusa llegamos al hotel Dorobanti.
El hotel (15 pisos, clase de lujo y 290 habitaciones) puede compararse a un dos o tres estrellas español en instalaciones  y servicios y a un una estrella en limpieza. En recepción conocimos a Grigore Gheorghe alias "Gigió (pronunciado a la manera italiana), nuestro guía. Con cierto nerviosismo por lo avanzado de la hora nos repartió apresuradamente las fichas que hay que rellenar al llegar a cada hotel urgiéndonos a realizarlo rápidamente subiendo el equipaje sin pérdida de tiempo para bajar a cenar lo antes posible ya que apenas había podido convencer a los camareros para que esperaran hasta tan tarde (eran aproximadamente la 1 h. de la noche rumana).
Nuestos estómagos se abrieron a la cena sin demasiadas ilusiones. Una sopa típica a base de verduras con algún trocito de carne, un filete parecido al del avión con algún pobre aliño de verduras y una miniensalada individual (como muchas otras que probamos y hecha a base de col troceada y tomate. Durante la cena ensayaban, en un pequeño escenario al fondo del comedor, unas jovencísimas rumanas algunos pasos de baile moderno. Preparaban algún espectáculo. El día no daba para más, estábamos cansados y nos fuimos a dormir. Como postre a las aventuras del día no podía faltar una avería en el ascensor entre el 8º y el 9º piso. Nos quedamos 6 personas atascadas tecleando todos los botones, alarma incluida; dando golpes a las 2 de la noche en un hotel de 15 plantas  -yo pensaba en el miedo que tiene Charo a  los ascensores...-  Finalmente empujando logramos abrir las puertas automáticas y superar el desnivel hasta el piso 9º. Cuando
bajabamos al 8º, que era el nuestro, nos encontramos con el recepcionista que subía apresuradamente desde la planta baja en busca del ascensor averiado y empapado de sudor.  Todavía nos esperaba una pequeña sorpresa con las sábanas. La sábana superior tiene forma de saco y una abertura en el centro para permitir que la manta pueda introducirse en ella. Es algo así como la funda de una manta y permite que te puedas dar vueltas en la cama sin descolocar la manta y desarroparte.

Estos son los apuntes tomados en el viaje. Como siempre, al segundo o tercer día, olvidas o sientes pereza por continuar un diario. Aquí terminan pues las observaciones diarias. De este viaje, sin embargo, quedan otros recuerdos que, tamizados y distorsionados por el tiempo, aún persisten en la memoria.

Era Rumanía una nación convulsa. El dictador Ceaucescu había caídos apenas unos meses antes. Aún quedaban en las plazas, apoyadas contra las fuentes, ramos de flores por los héroes caídos en las calles en la lucha contra la dictadura. Apenas habían pasado dos meses desde la tercera mineirada en la que unos 10000 mineros apoyados por los servicios secretos se enfrentaron con los estudiantes e intelectuales que un un mes antes llegaron a manifestarse en número de 50000 por las calles.

Los  primeros días de nuestra estancia, en Bucarest, salimos a veces a pasear a última hora de la tarde. Estaban las avenidas acordonadas y estaban convocadas manifestaciones. Pese al espanto de nuestras compañeras (o precisamente por ello) algunos nos acercamos a contemplar estas marchas que resultaron ser pacíficas. Regresamos al redil turístico entre el alivio de nuestras compañeras de ruta.

Las compras fueron una decepción. No había muchos comercios (y se suponía que estábamos en el centro comercial de la ciudad). Visitamos unos grandes almacenes (como el Corte Inglés, pero todo en gris). Contemplamos con sorpresa como, planta tras planta, se extendías estanterías idénticas con idéntico producto cientos, miles de veces repetido. La escasez, el desabastecimiento desde el abandono del bloque del Este europeo tenía a los comercios vacíos. Comentábamos desolados la triste impresión en las puertas del gran establecimiento cuando una pareja del grupo nos mostró excitada la adquisición, a precios de ganga, de un magnífico juego de compases made in RDA. Una multitud de ociosos se agolpó a nuestro alrededor y al observar el interés que mostraban los turistas occidentales por esos objetos subieron a toda prisa a la planta con intención de comprar todas las existencias y revenderlas.

En los comercios pequeños había algo de artesanía. Compramos unos curiosos platos grabados con figuras geométricas y concéntricas, aparte de un ajedrez de madera a precio de saldo y unas curiosas pipas de madera con las cazoletas esculpidas a modo de cabeza. Cuando le pedimos 3 ejemplares el empleado dudó en aceptar la venta. La compra de tres objetos idénticos constituías un acto de consumismo desacostumbrado en el país.

Entre los mitos proclamados de boca en boca entre los turistas figuraba la posibilidad de adquirir violines artesanales a precios irrisorios. No dejó de ser un mito. Además de la dificultad de encontrar comercios musicales, sería dudosa la calidad,  e incluso el precio de este producto. Igualmente la compra de arte (entre nosotros viajaba el propietario de una galería de arte de Madrid) nos interesó en algún momento. Aunque encontramos algún taller y galería con pequeñas tablas o iconos ortodoxos a la venta, no pudimos realizar ese chollo prometido de comprar obras de jóvenes artistas a precio de ganga (otro mito). Una pequeña tabla, ahora colgada en el salón,  con un hermoso caballo al óleo fue nuestro pequeño recuerdo del arte rumano.

Los viajes en autobús estuvieron muy bien amenizados por Gigio que hablaba un español exquisito y, además tenía una hermosa voz atiplada. Le gustaba cantar, tocar la guitarra, escribir y recitar poemas. Gracias a él se hicieron más soportables las 3 horas que pasamos sentados en la acera de un pequeño pueblo mientras el conductor arreglaba una rueda pinchada (nadie le ayudó; fue nuestra pequeña venganza por las continuas mentiras y pequeñas estafas a que nos quiso someter: desde intentar conmovernos con falsas multas de tráfico que le habrían puesto para llevarnos –según él- más rápido, hasta el trapicheo con el depósito de gasolina cerca de la frontera rusa, pasando por rutas amañadas para llevarnos a lugares donde recibía comisión). Al año siguiente nos escribimos varias veces. Yo le mandé alguna edición de clásicos españoles y algunas cintas de Serrat y él me enviaba algunas cartas en las que hablaba de la posibilidad de realizar algún viaje a España e incluso a buscar trabajo aquí. Me pedía que oficiara de padrino y que, mejor, no le contara nada a su mujer…

Monumentalmente resultó decepcionante. Las actividades arqueológicas y la conservación no están desarrolladas. Es seguro que Rumanía (topónimo con clara alusión romana) posee restos del imperio más que interesantes. Pero no ha sido una prioridad sacarlos a la luz. Vimos algunas ruinas decepcionantes. Capítulo  aparte merecen los monasterios pintados. Llama mucho la atención de los españoles ver que las iglesias se pintan por fuera más incluso que lo que están por dentro. Ese aparente sinsentido se explica por la necesidad de ofrecer al público (que tenía que quedarse fuera por falta de aforo) la posibilidad de contemplar las imágenes religiosas (a modos de grandes pantallas hoy, digamos).

Otra decepción fue la visita al castillo de Drácula (El castillo del conde Vlad). No es tan tétrico como uno se imagina.

La parte más hermosa se halla en Transilvania. Sin alcanzar el tamaño y aspereza de las cordilleras españolas, sus montañas suaves y colinas redondeadas ofrecen un hermoso paisaje.

Cuando nos hospedamos en uno de los hoteles, tipo alpino, de la zona, los más trasnochadores del grupo acudieron a un local animado con una orquestilla. Llegaron algo tarde, pasadas las 11. Los músicos estaban terminando su repertorio y empezaron a recoger para retirarse. Los españoles que llegaban, mostraron su desilusión por la finalización de la música y pidieron al dueño que pusiera más ambiente…

El dueño habló con los miembros de la pequeña orquesta que ya se preparaban para marcharse y estos, resignados y cansinos, volvieron a sacar sus instrumentos y arrancarse con nuevas piezas musicales. Los turistas, sorprendidos –y algo avergonzados- le explicaron al dueño que sólo pretendías un poco de música (la radio, un tocadiscos…) y que su intención no era obligar a los pobres músicos a tocar para cuatro gatos toda la noche. Al final, músicos, turistas y dueño; pasaron una agradable velada entre invitaciones a copas, regalo de tabaco y juerga española. Paga el turista.

Y pocos recuerdos más, a bote pronto, de ese viaje a la Rumanía recién liberada. Aún no sé porqué se nos ocurrió ir justamente allí en el momento en que el país recién transitaba hacia la democracia. Me llevo las ganas de probar el pesado (tan sólo probamos unos pequeños peces en la orilla del Mar Negro), beber el buen vino del país (su distribución estaba aún sujeta al antiguo sistema comunista: podías encontrar uno magnífico o no conseguir nada de nada con las mejores viñas a la vista) y una noche con diarrea que intenté superar con unos antibióticos que, una compañera enfermera, me consiguió. Al día siguiente mi estómago estaba como nuevo pero mi oído se resintió. Por primera vez fui consciente de que Charo me estaba hablando y yo apenas la oía.