sábado, 31 de diciembre de 2011

Maltrato a los animales.


Una sóla vez en mi vida que cacé un pajarillo. Ocurrió en Arévalo en una excursión por las riveras del Adaja. Llevábamos una escopeta de perdigones, una atracción invencible para mí, entonces adolescente. Corriendo turno me llegó el momento de usarla unos diez minutos. Rápidamente me puse a buscar algún pajarillo a tiro. Encontré uno posado en la rama de un frondoso arbusto entre el follaje. Apunté y disparé. El pájaro apenas se movió. Realicé  un disparo tras otro pero el pájaro no se movía. Me acercaba a cada disparo hasta estar a apenas dos metros de distancia. Al final, medio arrastrándome, llegué hasta él. Estaba ensangrentado y cubierto de heridas. No menos de 5 balines perforaban su cuerpo cuerpo diminuto, inmóvil... y seguía allí, de pie en la rama, casi encolado con su propia sangre... Una pena inmensa, una pena repugnante se apoderó de mí. Jamás he vuelto a disparar contra un pobre pajarillo.

La única vez que pesqué una trucha a mano, en las aguas del río de la Garganta de los Caballeros a su paso por Navalguijo. Lo hice, como aprendí viendo hacerlo a los compañeros de campamento más expertos, aprovechando los tramos de poca profundidad repletos de grandes cantos rodados de granito. Las truchas los surcaban en rápidos zigzagueos entre las piedras más grandes donde se ocultaban en sus oquedades. La mayoría de las veces llegábamos a palpar su piel resbaladiza y fria  pero escapaban con un ligero coleteo. En alguna ocasión lográbamos apresarlas fugazmente antes de que se deslizaran entre los dedos. Pero en aquella ocasión la apreté contra la pared rugosa de la piedra granítica que la impedía desasirse. Varios minutos estube con ella apresada, prieta contra la piedra, mientras conseguía acceder a la navaja con la que la asesté varios navajazos. Finalmente, cuando cesó su rebullir, la saqué ensangrentada y muerta entre mis manos...

Niño entonces tenía compañeros expertos en realizar todo tipo de perrerías increíbles con las moscas. Como veredicto de culpabilidad por ser símplemente molestas o tan solo comprobarnos ya capaces de cazarlas eran condenadas a los más crueles juegos: desde el menos ocurrente de quitarles las alas a descabezarlas o símplemente espachurrarlas el abdomen. También se las penaba con enojosos calabozos en cajitas o botellas. Pero el refinamiento de la crueldad consistía en fabricar con delgados hilillos de cobre extraídos de algún viejo cable complejos carros y trenecillos que enganchábamos a la pobre mosca por el simple procedimiento de atravesar con un extremo su abdomen. La pobre mosca echaba a andar arrastrando su pesada carga produciéndonos una cruel felicidad.

Los murciélagos tampoco se libraban de la experimentación y la tortura. El hecho de cazarlos al vuelo ya era en sí una excitante experiencia. Sabíamos ya que este pequeño mamífero vuela a ciegas, tan solo orientado por un agudo chillido y recogiendo el eco con sus grandes orejas. Esta especie de sonar necesita algún tiempo para recoger el eco, procesar la distancia. Variar el plan de ruta en vuelo requiere varias décimas de segundo. Conociendo pues esta dificultad de control aéreo nos anticipábamos a su paso rasante buscando insectos con la boca abierta lanzando un jersey en trayectoria de colisión con su vuelo. El pobre animal no tenía tiempo de virar y acababa chocando con la pieza de tela cayendo al suelo junto a la misma. Entonces lo recogíamos y nos admirábamos de su aspecto satánico. Veíamos en él a un pequeño diablo, a un diminuto vampiro; lo que le hacía reo de las peores iniquidades. Uno de los tormentos más populares era hacerle fumar un cigarrillo. Se le sujetaba por las alas abriéndolas en toda su longitud y se le ponía un cigarrillo en la boca. El pobre animal intentaba respirar aspirando aire por la boca y dando entonces la impresión de que echaba una calada al cigarro que brillaba un instante. Eso que tanto nos divertía me produce ahora una repugnancia infinita.

No recuerdo haber hecho daño nunca más a un animal. Incluso la caza o los toros me provocan pena y desazón. Sé que no éramos conscientes en nuestra infancia de la crueldad y bajeza de nuestros actos. Se hace necesaria una educación en la sensibilidad. Los animales también sufren. El sufrimiento siempre es inútil e incomprensible si es gratuíto. La sensibilidad y la compasión son dos componentes implícitos en nuestra humanidad.

Recuerdo una triste historia ocurrida a mi hermano Luís que le dejó conmovido y culpabilizado un tiempo. Cierto día encontró un pajarillo, casi un polluelo, que había abandonado el nido antes de tiempo y brincaba por las calles. Lo llevó a casa y lo colocó en una caja. Empezó a cuidarlo con cariño. Le traía alpiste y lechuga. Le ponia platitos con agua  para beber. Le encontró un poco sucio y decidió que había que lavarle. Preparó un cuenco con agua y le lavó frotando y restregando muy suavemente. Luego le secó con un pañuelo. El pobre pajarillo tiritaba. Mi hermano le puso al calor, pero seguía agitándose. En pocos minutos murió. Aquello le apenó hondamente. Apesadumbrado, culpado de su muerte por ignorancia cuando intentaba ser cariños, escribió un relato exculpatorio de varias páginas. Es el relato más dolido que le he conocido nunca.

Inevitablemente conocemos hoy en día las más atroces torturas que se aplicaron y aplican a los seres humanos en el mundo. Estoy seguro de que hay un paso previo, un primer escalón en tanta inhumanidad: la falta de sensibilidad con el dolor de los animales que nos rodean.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Homo sum (6): "Un chute de café"


Era una de aquellas tardes en que el sopor me tenía postrado en el sofá. Por imperativo de mi voluntad me levanté y me dispuse a realizar la lista de tareas pendientes que tenía asignada a aquella tarde.

Encendí la cafetera automática. Se trata de una vieja cafetera italiana que aún cumple su función aunque precisa ayuda manual para mantener apretado el cacillo y evitar escapes. Cogí el tarro del café y llené el cacillo hasta el borde. Me gusta el café cargado así que lo llené a rebosar.
Esperé que se encediera el piloto verde. Cuando destelló acivé el interruptor y comenzó a salir un café negro y espesa. El cacillo tiene capacidad para dos tazas. Yo necesitaba un café doble así que coloqué una única taza bajo el surtidor. Luego me tomé el café con poco azúcar, como a mí me gusta.
El café estaba realmente fuerte. Tenía un amargor desacostrumbrado que yo achaqué al poco azúcar. Pero me lo bebí sin remilgar.
Saqué el cacillo para tirar los posos y lavarlo. Me extrañó enormemente que estuviera límpio como una patena. ¿lo habría tirado ya sin que yo lo recordara? ¿Entonces porqué lo habría vuelto a poner vacío en la cafetera? estuve un rato pensando en cómo no era posible que recordara el momento de la limpieza del cazo... Asumí que mi memoria estaba ya peor de lo que creía. ¡Avanza el arzheimer! -me dije-.

 En fin, tenía cosas que hacer. Salí a la parcela. Enchufé el taladro para perforar la chapa de la puerta y poner unos remaches. Sorprendido contemplé cómo el taladro resbalaba sobre la chapa y no era capaz de acertar en los agujeros. Incluso tenía problemas para coordinar el dedo sobre el gatillo de conexión. -¿Qué me está pasando? ¡Hoy, no doy una!. Me dirigí al garage a por los remaches. Me dí un coscorrón con la puerta levadiza a la que no calculé bien la altura: ¡Y la tenía delante de las narices! Una excitación desacostumbrada me embargaba. Iba de un lado para otro, pero no era capaz de hacer nada bien. La ansiedad me empujaba a hacer alguna cosa y al momento me olvidaba de ella y sentía la necesidad de hacer otra... Era tal mi estado que me sonreí a mí mismo con curiosidad: ¡nunca me había encontrado así:  tan torpe e hiperactivo!
Tuve que dejar lo que estaba haciendo. Parecía drogado. me tendí en el sofá. Respiré hondo. Esa tarde la pasé domesticando lucecitas. Poco a poco me fui tranquilizando. Intentando explicarme los sucesos de aquella tarde hice una recontrucción mental de todas las acciones llevadas a cabo... y sobre todo el misterioso suceso de los posos desaparecidos...
 
Finalmente mi mente se iluminó: por fin comprendí lo que había ocurrido, aquello que explicaba todos los sucesos de la tarde.
El misterio se aclaró. Fui al armario y tomé el frasco del café... Allí estaba, en primera fila, el tarro de nescafé... Comprendí que, por algún extraño despiste había equivocado el frasco. El del molido (habitualmente en el frigo) lo había sustituido por el tarro de "puro extacto de café 100%, nescafé..." O sea: me había tomado el equivalente a 10-15 cafés. Y, evidentemente, el café era tan perfectamente soluble que dejó el cacillo de metal perfectamente límpio...
¡El gran misterio de los posos desaparecidos estaba resuelto! Y mi diagnóstico de alzheimer precoz quedaba reducido a ¡tremendo despistado! Este último me es querido y familiar. Lo acepto con cariño.

Homo sum.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Seminograma.

Mi mujer y yo no tenemos hijos. Existía algún tipo de problema así que decidimos acudir a un especialista para valorar causas y posibilidades. Entre las pruebas que nos solicitó figuraba, en lo que a mí respecta, la realización de un seminograma. En ese momento yo hice un gesto (con intención de pedirle aclaración) y él, interpretando que me oponía, levantó la voz y me echó un discurso sobre la necesidad de que tambien han de analizar mi semen, los prejuicios masculinos sobre que nunca son la causa de infertilidad, etc. Después de un buen rato me fajo de su torrente de reproches y le aclaro que oigo mal y no le había entendido, que no importa hacerme los seminogramas que sean necesarios... ¿Quién es realmente el que tenía prejuicios?

La verdad es que resulta curioso el procedimiento. Para empezar hay que ponerse literalmente manos a la obra en el momento indicado. Hay que provocar la  urgencia tengas o no ganas. Luego has de recoger con cuidado ¡que no se desperdicie nada, por tus hijos! el reciente licor seminal en el tubo al efecto. Por cierto, un "botecito" que acompleja ya por su tamaño, por su descomunal capacidad: ¡Pero si yo no llego ni a la décima parte!. Luego hay que taparlo con cuidado y llevarlo aún caliente (¡que no se muera ni uno por que se enfríe!) para entregarlo ¡en mano! a la señorita ATS con la consiguiente vergüenza de una pobre evaluación cuantitativa.

Todo esto hube de hacer ¡y por duplicado!. Pues resulta que el análisis de mi compañía no era de fiar al médico de mi mujer (de la Seguridad Social).  Con tanta repetición, pensaba yo, me voy a aficionar seriemente al solitario vicio... Pese a todo volví a hacerlo pagando, claro está 10000 pts por darme de alta en la Seruridad Social al efecto.

En fin, con tanto trabajo, para la  próxima vez pediré ayuda a la enfermera, que yo estoy muy cansado...

lunes, 26 de diciembre de 2011

El colegio San Antonio

Se subliman en mi memoria, ya casi etéreas, las imágenes escolares de mi más lejana infancia.
Mi primer colegio, El Zapatito, me produjo una impresión imborable. Apenas traspasada la puerta avancé por un largo y claro pasillo de la mano de mi madre y precedidos por una monja mientras a mi izquierda se desplegaban sobre las paredes los más maravillosos dibujos que jamás había visto. Entre las imágenes impresas en el pequeño álbum de mi memoria nunca había visto ratones de colores tan vivos y gestos tan expresivos, gatos tan juguetones, animales de muchos cuentos aún por escuchar... Luego, no sé como ni cuanto tiempo, acudí a ese colegio de cuyas aulas no guardo recuero, pero sí de su patio, alegre y lleno de niños con un gigantesco tobogán de cemento y un arenero descomunal entre grandes troncos de árboles. Muchas veces, años después, he querido pasar a visitar este colegio (aún en activo) y curiosear su patio por si encajaba en mis recuerdos. Aunque permanece un amplio espacio (el antiguo patio de recreo probablemente, no queda ni rastro de aquel mágico tobogán; sólo modernos y funcionales edificios de viviendas. Asomado a su pasillo no queda, siquiera pálido y desconchado, alguno de aquellos dibujos murales que impresionaron mi imaginación infantil.

Imagen del patio de infantil en el colegio "El Zapatito Blanbco" en la actualidad.

No hube de estar mucho tiempo allí, pues mis recuerdos se acaban en estos detalles. Sé que después acudí al colegio del Círculo Católico que tenía un patio minúsculo donde jugábamos un montón de crios, felices pese a la estrechez del recinto. Aún mantengo con cierta nitidez la imágen de las cajas de varillas de hierro donde traían las botellas de leche (de unos 200 ml) que nos daban en el recreo. Un retal de la memoria tiene fijada la imágen de una de aquellas botellas de cristal rota y su blanco contenido desparramado y hundiéndose por la rejilla central del suelo empedrado.
Que también estuve, algún día quizás, en las escuela de Ayuela (el pequeño pueblo de mis padres) lo prueba que puedo recordarme sentado en antiguas mesas de madera sobre tarima de madera con una estufa de leña en el centro y la imagen de la preparación, a media mañana, de la leche en polvo que, gracias a la ayuda americana -creo-, nos daban en la escuela. Esta escuela estaba encima del bar actual, en el edificio del ayuntamiento.

Después del Colegio del Círculo estuve algún tiempo en el Colegio San Pablo. Las imágenes que conservo de allí son las de una gran aglomeración de alumnos gritones en clases bastante abarrotadas. De alguna manera fue para mí desconcertante esta algarabía, pero recuero haber hecho buenas migas con algunos de los compañeros. Ellos me enseñaron a hacer pompas de jabón con ayuda de los dedos índice y pulgar cuando nos lavábamos para entrar en el comedor. También mi primera adquisición tecnológica: élices con tres tiras de papel.
Mis recuerdos empiezan a tomar forma más definida cuando me llevaron al colegio San Antonio, en la calle Santa Clara. Este era un colegio que pretenecía a la congregación marista y era una versión más restringida para niños pobres del influyente colegio Liceo Castilla, por aquel entonces la flor y nata de la enseñanza en la ciudad de Burgos. Los profesores que nos daban clase allí también lo hacían en el Liceo con lo que la enseñanza era en realidad muy buena. Tendría ya 5 años y estuve en ese colegio bastantes meses. Recuerdo su patio rodeado de una tapia y con árboles. Allí me hice amigo de Jesús González, amistad que aún mantengo. Allí descubrí maravilloso imágenes de animales, paisajes, experimentos... todo ello gracias a las fascinantes filminas que nos proyectaban. Recuerdo orgulloso el momento en que el hermano que nos tutelaba nos permitía, después de interminables semanas con el lápiz, iniciar al manejo de la pluma. Aún veo los antiguos tinteros cilíndricos encajados en los agujeros de nuestras viejas mesas de madera pareadas, el cuidado reverente con que encajábamos las plumillas y el primor con que escrbíamos en nuestros nuevos y flamantes cuadernos de caligrafía. Allí aprendí las tablas de multiplicar y a leer, aunque probablemente en casa mi madre hiciera de maestra amater con mucho gusto y nos enseñara por su cuenta como hizo con mi hermano Javi, al que enseñó tan bien, que logró plaza en un colegia a plazo cerrado al demostrar al director que era capaz de leer perfectamente un libro colocado al revés.

La última imagen de aquel colegio permanece nítida en mi retina. Era invierno. Se acercaba la Navidad. Mi madre nos había arropado con el modesto abrigo, el pasamontañas y la bufanda. La noche anterior había nevado. En las calles aún permanecían recortes de nieve en las aceras. Cuando llegamos al colegio nos encontramos un pequeño caos y desorden. Había mucha gente y algunos camiones. Vimos las ventanas ennegrecidas por el humo y como unos hombres arrojaban los pupitres desde ella a la calle. Aún ascendían pequeños columnas de humo desde las ventanas y algunos puntos del tejado. Me pareció ver mi mesa asomar arrastrada sobre el poyete de la ventana y, con un último impulso de un par de manos robustas, caer escandalosamente sobre el montón de pupitres desvencijados y rotos. Sorpendido miré a mi madre. Uno de los hermanos habló con ella. Nos daban vacaciones anticipadas. El colegio sería derruído. Intentarían buscarnos acomodo en el Liceo Castilla, pero hasta el siguiente trimestre deberíamos estar en casa...
Fueron unas largas e inesperadas vacaciones.

A partir de enero nos dieron la oportunidad de ingresar en el Liceo Castilla y nos concedían una beca, pues el colegio era de pago. Mis padres aceptaron y supongo que, pese a la beca, tuvieron que hacer muchos sacrificios para poder mantenernos allí. Allí pasé el resto de mi infancia y mi paso por ese colegio tuvo gran repercusión en el resto de mi vida.

Pero eso, es ya otra historia.

Patología forense.

Todas las noches, a veces desde la sobremesa, se acumulan en los canales secundarios las series forenses. Hay algo patológico en ese interés que mucha gente hoy en día manifiesta por presenciar crímenes y meterse en las mentes retorcidas de asesinos y psicópatas. Hay mucho de malsano en presentar cuerpos en putrefacción, enfrascar vómitos, embotellar bilis y orina, hurgar en las heridas, mondar y rebañar los huesos, olisquear restos de semen, buscar  mocos, rastrear sangre... Es plato de mal gusto enseñar los cadáveres abiertos en canal (en Y precisamente), en colocar los miembros descoyuntados como piezas de un puzle, en manosearles, pinchales, cocerles, robarles las vísceras, desguazarles la dentadura, rasparle las uñas... No me agradaría  tener tan poca tranquilidad e intimidad tras morir.
Por si no bastara, pueden recrearse (mejor en vivo que virtualmente) las escenas de autos. En aras de un mayor verismo la productora aconsejará primeros planos, detalles ampliados de los destrozos, chorros de sangre sin restricción y consejos sobre la conveniencia de la cámara lenta en los momentos oportunos.
Es también preciso disponer de un bien dotado equipo informático con auténticos hacker buenos (que han de ser siempre tipos raros y frikis) y un laboratorio de primera (tipo Jeffersonian) con modernos y asépticos aparatos (nada de la cutrez de matraces y espirales con líquidos de colorines).
Me sé de sobra el esquema de todos los telefilm: una escena cotidiana, un brusco asesinato (del asesino apenas un detalle o una sombra) o bien un cadáver que se nos manifiesta sorpresivamene. Luego viena la consabida escena del acordonamiento policial (las productoras deben disponer de rollos kilométricos de cinta especial pues cada semana utilizan de 100-200 m.), los miembros del equipo forense tomando fotos, hurgando con bastoncillos; con su provisión de gafas ambarinas, infrarrojas, UV... Pronto aparecerá Horacio con su perfil egipcio,  su insoportable aire de doverman perseverante y sus ramalazos de integridad almibarada. No entiendo cómo en las series se cantea tan bien con los niños con su pretenciosa conversación e insoportable aburrimiento.
Enseguida llegará el/la forense. Si es él, cuidará de sus muertos con una distancia profesionalidad. Si es ella puede manifestar una cercanía afectiva un tanto preocupante.
Todo el equipo, en general, realizará comentarios más o menos ingeniosos sobre el finado y la situación. Algunos harán bromas de mal gusto. Los cadáveres pasarán a ser simples carcasas de investigación. Si acaso se intercalará alguna imagen irreal del difunto paseándose por los la escena de autos como queriendo terminar alguna tarea inacabada, o mandar  un mensaje o contemplar cómo triunfa la justicia contra su ejecutor.
Luego se iniciará el baile de sospechosos y testigos con sus teatrales entrevistas. Estas encenas llenarán la serie pues son las más baratas de hacer. Si nos fijamos bien sabremos pronto quién es el asesino: la cámara le dedicará algo más de tiempo, se mostrará indignado con la situación o la policía y será el de apariencia menos sospechosa para que la solución final sea más efectiva. Sin embargo la mayoría de la gente será guiada en sus sospechas hacia quién aparenta más motivos. Las pruebas avanzarán en esa dirección hasta que, a cinco minutos del final, el ADN y el codex obrarán su magia y se trastocarán los papeles: resultarán falsos los culpables (los que más cámara han chupado hasta el momento) y falsos los inocentes que llenarán los instantes finales del film confesando sus culpabilidad y no privándose de intentar explicar convincentemente sus motivos. La guinda la pondrá el jefe del equipo recordándole que le espera una larga temporada en prisión.
Se permite, en aras de humanizar al equipo investigador, incluir pequeños dramas familiares y personales: algún divorcio, hijos problemáticos, aventuras amorosas entre los miembros, algún fantasma del pasado que se acerca a dar una vuelta...
La aproductora habrá creado un perfil preciso que, con un libro de estilo detalladísimo, obligará al actor en cuestión a ceñírse estrechamente al estereotipo propuesto. De vez en cuando alguien morirá en alguna arriesga acción policial (el actor habrá sido despedido o pidió aumento de sueldo). Aparecerán caras nuevas (la serie sufría desgaste, se percibía cansancio en el espectador o, símplemente, el jefe de producción incorpora una protegida...)

Y así, día tras día, me es secuestrada la pantalla por el morboso deseo de mi esposa en contemplar media docena de asesinatos. Empalma las series una tras otras mientras echas dulces cabezadas en su sofá. Yo me tengo que aguantar el surtido de telefilms  (apenas se permite una excepción para el telediario) mientras ceno, leo el periódico o llamo por teléfono. Mi mujer duerme como una bendita. En alguno de sus sueños me apodero del mando (a veces lo empuña firmemente mientras duerme) y cambio de canal. Como si del paraíso la expulsara despierta y me recrimina que (según el trato al que  hemos llegado) le toca a ella la elección de programa. Vuelve a sintonizar con el depósito de cadávers del equipo de Miami Vice y vuelve a dormirse tan ricamente.

Y así me trato una tras otra: Bones, CSI, Navi, Mentes criminales... Veo hasta los capítulos repetidos y soy ya un experto investigador. Me paso la tarde descubriendo el asesino antes que la propia unidad. Y acierto casi siempre. Mi mujer se sorprende: ¿Cómo lo haces? -me dice.

Yo la miro, mientras vuelve a dormitar...

domingo, 25 de diciembre de 2011

Sólo en Navidad

    
 Tarde de Navidad. Reunión familiar. Risas. Inacabables y exóticos  manjares navideños. Alegres bebés. Abuelos sonrientes. Padres risueños y  felices. Ambiente de afecto. Bromas...
                                         
     Rincón de la mesa navideña. Voy quedándome sólo. Entre plato y plato la gente pasea, recoge, va y vuelve de los sofás.  Los abuelos hace tiempo que permacenen en los sofás totalmente absortos por las habilidades  de sus nietos.  La anfitriona dormita en el sofá. El anfitrión se afana en hacernos la velada agradable. Va y viene con especialidades navideñas. Una broma aquí. Un comentario allá. Ofrece una copa, propone un licor... está en todo. Hace tiempo que ha observado que el comensal del rincón permanece mudo, con la mirada acuosa.  Durante casi toda la tarde los dos adolescentes de la casa permanecen ocupados fuera de la mesa. Comparten la game-boy con bromas y comentarios. También atienden de cuando en cuando a los juegos de los bebes. 

     El invitado del rincón está desorientado. No sabe si levantarse a recoger, esperar o dedicarse a  la consumición, una tras otras, de sus raciónes navideñas...  El invitado del rincón es un tipo extraño, "raro" es la palabra que le cuadra. Se le acepta bien, más por su mujer que por él mismo.  Sin embargo "no se da...". No acaba de integrarse.  Los intentos por que participe parece que los rechazara. Permanece en su rincón, casi sin moverse y se respeta su voluntad de ser ignorado.  Quizás pensemos que es un tanto arisco, que es demasiado serio,  un punto orgulloso... o quizás que ha bebido y tiene mal vino... o puede que está con una de sus neuras... De vez en cuando un comentario, más o menos conectado, puede que extemporáneo o fuera de contexto, quizá pretenciosamente profundo... ¡mira que es raro!...  y ¡esa obsesión por magnificar su problema de oido...!

     El invitado del rincón ha decidido voluntariamente no prestar demasiada atención a los bebés. No quiere implicarse afectivamente con ellos. Él hubiera querido tener uno y no fue posible. Un hijo ajeno no es lo mismo. Tiene celos de la atención que reciben. Es un tipo solitario y no anda sobrado de caricias. Toda esa felicidad le parece obscena, impúdica... La situación se le hace dolorosa, difícilmente soportable por mucho tiempo...  Con buena intención le han propuesto partir la piña navideña. El invitado del rincón tiene la impresión de a nadie le importa en este momento comer piña. Se niega con evasivas. Su suegra desde el sofá : "No sé que te pasa este año..." o un comentario similar. El invitado del rincón nota un puñado de sal sobre su herida.

      Ya es cuestión de tiempo. Su mujer se ha dado cuenta y se ha sentado junto a él. Le observa de reojo.  Le pregunta con la mirada. Y él le dice en silencio que no puede más. Le suplica que se asome a su sufrimiento.  Uno tras otro se van dando cuenta de que algo raro sucede con el invitado del rincón. La madre de uno de los bebés se lo acerca con la intención de distraerlo. El invitado lo rechaza intentando ser amable. Finalmente sale al servicio y  llora amargamente.

     Es duro volver de nuevo. Hay que armarse de valor. El invitado del rincón está avergonzado. Por nada del mundo hubiera querido provocar esta situación. Él odia las situaciones melodramáticas. Se despide como puede. Ahora parecen caer todos en la cuenta de que lo estaba pasando mal. ¿Qué te pasa?  -Nada, cosas mías...

jueves, 22 de diciembre de 2011

La bicicleta roja








La bicicleta fue un regalo colectivo. Un regalo nominal al hermano mayor pero en usufructo compartido y reglado para los cuatro hermanos. Costó muchos años conseguir un regalo así. Aquel caballo de metal era nuestro pasaporte a los largos y veloces desplazamientos. Atrás había quedado el envidiado patinete de mi amigo Fermín con el que recorríamos veloces las calles de Carrión junto a la farmacia de su padre a la que entrábamos atolondrados montados en el vehículo. En algún chatarrero estaría ya el viejo saltador que nos hizo volar y sentirnos gatos calzados con las botas de siete leguas y nos convirtió en auténticos acróbatas aéreos. Aún rodando por las cuestas se precipitaban los carricoches construídos con una caja de madera y rodamientos. Alcanzaban velocidades de vértigo y procuraban buenas caídas a toda velocidad cuando la manilla de dirección (estilo bici o con cuerdas y manejada desde el interior) giraba demasiado bruscamente.


Intrerior del bar "Beniluz" donde juugábamos nuestras partidas
en las máquinas de clipper a 1 pta. Precisamente mis dos hermanos
menores jugando con la máquina pocos años después de que,
 a las puertas del establecimiento,  me robaran la bicicleta roja. 

Ahora, en el colmo de la modernidad, teníamos nuestra bicicleta roja  GAC con la que nos paseábamos orgullosos por el barrio. Varios meses tuvo de uso intensivo hasta que un día, como vaquero que entra en el salón del salvaje oeste, dejé nuestra bici aparcada a la puerta del bar Beniluz y  pasé a echar una partida a las máquinas en uno de aquellos cliper de peseta que existían sólo entonces. A la salida descubrí desolado que me la habían robado.
Angustiado pregunté a la gente de la calle, especialmente a los niños, que me eran más cercanos. Entré al bar y pregunté al dueño. Corrí calle arriba por ver si la veía aún. Todo fue inútil. Cabizbajo entré en casa dispuesto a afrontar el drama. Hube de sufrir el enfado de mis padres que habían ahorrado lo imposible para comprárnosla. Hube de  aguantar el odio de mis hermanos a los que privé de la única bici posible en sus infantiles vidas. Fui obligado a acudir con mis candorosos diez años a la oficina de la policía a denunciar el robo. Recorrimos el río Vena (paralelo a nuestra calle) kilómetros arriba por si aparecía arrojada a sus aguas. Investigábamos todas las bicis rojas de la ciudad por si el ladrón se dejaba ver... Fue inútil. Nuestra preciosa bicicleta roja nunca apareció.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Villancico del maestro

Místicos

En el tiempo de mi aspiración a hermano  marista pasé por las tres etapas:
Junior fui. Adolescente ilusionado con un ideal de superhombre.
Postulante recalé. Joven decidio a entregar mi vida por unos ideales.
A novicio no llegué. Pero iba encaminado. Poco me faltó. Alguien me abrió los ojos, con brusquedad es cierto, pero me ilumnió al fin.

En mi tránsito de aspirante llegué muchas veces al misticismo. Es fácil cuando el ambiente está tan estudiado y resuelto. Pero, ahora, recuerdo situaciones que me parecen chocantes y humorísticas: escuchar en medio de una improvisada letanía de invocaciones a la Virgen María el sensual epíteto de "hogaza churruscante" sería un botón de muestra. Pero llegando aún más lejos hubo compañeros que juraban que habían visto a la Virgen o que habían hablado con Jesucristo crucificado (remedo de "Marcelino Pan y Vino" supongo).

Incluso yo mismo, deslumbrado por los colores de las vidrieras, hipnotizado por el sonido de los cánticos, dopado de incienso, abducido por el ambiente y el grupo; llegaba a derramar lágrimas de emoción y era capaz de confesar pecados impensables y suplicar clemencia y misericordia a mi Señor. Y si no había pecados suficientes, los inventaba (los míos y los de los demás).

- De los místicos, líbranos señor.
- Ora pro novis.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Morriña e saudade

Morriña tengo. Siento nostalgia de las tierras gallegas.  Dos años viví allí. Llegué a los 15 y partí a los 17. Tiempo suficiente para aprender a sentirla, conocerla y amarla. Fueron años preciosos de inquietud y adolescencia. Dos años estudiando en el instituto de Tui. Dos años de amistades y encuentros iniciáticos, de pandillas, de asombro ante el gran instituto, del primer amor platónico, de primeros peligros de mi recién estrenada autonomía. Mil actividades en el internado en que estudiaba: talleres,  cursos de cine, de batería autodidacta, raids nocturnos, excursiones libres de adultos de tres días con sus noches por la costa gallega, campamentos volantes, autogestión del internado (como aquella conocida Ciudad de los Muchachos), periódicos murales, revista escrita trimestral, teatro, deportes... Muchos de mis intereses actuañes brotaron entonces.

Allí fue, allí pasó, meu primeiro amor. Aún oigo las palabras de aquella mociña, hija del hortelano vecino del internado, que se fijó en mí:  "Quéroche moito, meu amor". Luego el tiempo y la vida se ocupó de alejarnos... Yo volví a mi Castilla, reseca y agreste. Ella quedóse entre verdes eucaliptos, prados exuberantes cercados con tapias de piedra granítica y huertos feraces. Yo contuve las lágrimas ante mis ojos secos. Ella chourou con luz bágoas da choiva.

Emprendí aventuras iniciáticas.  Pasé una noche de  o medo ea soidade acampado en la linde de un bosque, enfundado hasta el cuello en mi saco de dormir y agarrando un hacha por si acaso... Aquella noche soñé con bruxas y meigas, con  la Santa Compaña y el lobishome. Mi terror aumentó al amanecer cuando comprobé que había un cementerio a pocos pasos de donde había acampado.

Bebíamos la vida a grandes tragos. Explorábamos estradas, coorredeiras  e camiños de esta tierra sorprendente. Y también los de la vida. Tres días anduvimos de acampada sólos, sin adultos, en medio del mundo lleno de peligros y sorpresas. La primera noche nos visitaron o veniños del pueblo cercano armados con palos. Creían que éramos gitanos acampados...

¡Cómo no recordar aquel campamento volante de 10 días en que non deixou de chover! 10 días de diluvio en que los monitores (hermanos maristas) tuvieron que organizar actividades para 50 muchachos que llenaran las largas horas dentro de un almacén agrícola. No me explico como lo consiguieron, pero acabamos pasándolo muy bien.

Aún recuerda  mi paladar el sabor de las uvas con pan, los dulces caquis y los nísperos recién cogidos del árbol. Muchas tardes merendábamos así. Nos daba un trozo de pan y nos enviaban a las viñas.

¿Qué fue de aquel compañero gallego, Juan Ramiro, poeta y amigo con quién compartí tantas horas, tantos versos, tantas inquietudes...?
Recreo feliz las tardes de piscina, las excursiones por las orillas del Miño, la subida al Monte Aloia, los castros de la Guardia, la playa, el mar...

Y los bosques, lo prados, los pequeños regatos... Galicia: morriña y saudade.





Adiós, ríos; adios, fontes;
adios, regatos pequenos;
adios, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.






Miña terra, miña terra,
terra donde me eu criei,
hortiña que quero tanto,
figueiriñas que prantei,
prados, ríos, arboredas,
pinares que move o vento,
paxariños piadores,
casiña do meu contento,
muíño dos castañares,
noites craras de luar,
campaniñas trimbadoras,
da igrexiña do lugar,
amoriñas das silveiras
que eu lle daba ó meu amor,
camiñiños antre o millo,
¡adios, para sempre adios!
¡Adios groria! ¡Adios contento!
¡Deixo a casa onde nacín,
deixo a aldea que conozo
por un mundo que non vin!
Deixo amigos por estraños,
deixo a veiga polo mar,
deixo, en fin, canto ben quero...
¡Quen pudera non deixar!...

Adios, adios, que me vou
herbiñas do camposanto
onde meu pai se enterrou
herbiñas que vin queitando

terriña que nos criou...

xa se oian lonxe moi lonxe
as campanas do pomar
para ai coitadiño nunca mais
han de tocar

xa se oian lonxe moi lonxe
cada bala era un delor
voume soio sin arrimo
miña terra adios adios

adios tamen queridiña
adios para sempre quizais
digoche este adios chorando
dende a beiriña do mar

non me olvides queridiña
si morro de soidas
tantas leguas mar adentro
miña casiña meu lar

Adios rios adios fontes
adios regatos pequenos
adios vista dos meus ollos
non sei cando nos veremos

non sei cando nos veremos
non sei cando nos veremos...






Rosalía de Castro, Cantares Gallegos






Jesús Marcial & Rosalía

martes, 13 de diciembre de 2011

Ingeniero ingenioso


Gaudeamus igitur,
iuvenes dum sumus.
Post iucundam iuventutem,
post molestam senectutem,
nos habebit humus.
Alegrémonos pues,
mientras seamos jóvenes.
Tras la divertida juventud,
tras la incómoda vejez,
nos recibirá la tierra.

Uno da la bienvenida al mundo de los adultos al recién llegado. Le invita, amable, a compartir los derechos y los deberes de la madurez en la convicción de que lo aceptarán orgullosos y motivados. ¡Pero, no!

Llegan los flamantes ingenieros con su título bajo el brazo. Cantan con la sonrisa ámplia el himno universitario al recoger su habilitación de manos de sus maestros y aceptan las felicitaciones, el cariño, el agasajo. Lo celebran con sus amigos, se alegran con sus iguales... pero al llegar a casa...

Al llegar a casa, a esa casa de sus padres que no piensa abandonar, se retirará a su habitación porque está cansado, porque ha quedado y debe dormir un poco para "aguantar la marcha"... Su madre limpia la casa, lava la ropa, hace la comida... Su padre trabaja, ayuda en casa, deja de estudiar su carrera soñada para atender los problemas inmediatos...
- La aspiradora está rota. ¿Hijo, puedes arreglarla?
- ¡No puedo, mamá, tengo cosas que hacer! 
- Hijo, el enchufe no funciona ¿Puedes, mirarmo?
- ¡Joder, no tengo tiempo, compra otro!
- El toallero está desprendido, ¿podrías sujetarlo?
- ¡Si es que lo rompéis todo...!
Y el padre, la madre, el abuelo, los tíos... el celador, el ama de casa, el jubilado, el maestro, el funcionario... se convierten en electricistas, transportistas, fontaneros, informáticos, ingenieros a la fuerza para sacar adelante el día a día de la vida.

Nuestro ingeniero, envanecido de su impecable aplicación de la lógica, satisfecho de sí mismo, aplica una y otra vez su diagrama de flujo. Resultado final de cada proceso: "Sin problemas".

sábado, 10 de diciembre de 2011

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte IV: "Muerte en Gredos".


Hace unas semanas publiqué, para los íntimos, un libro de poesías de mis primeros tiempos. Una de ellas me ha traído a la memoria la trágica muerte de uno de mis maestros: El Hermano Fidel. 
No había amancido aún aquel día cuando nos despertaron para empezar la mayor travesía de montaña que habíamos iniciado nunca. Se trataba de salir del campamento de Navalguijo, ascender las laderas de las montañas cercanas hasta alcanzar el espinazo de la Sierra de Gredos y continuar por sus cuerdas para llegar finalmente a la cumbre del Almanzor.

Iniciamos la marcha a las 5:30 de la madrugada. Turbado el sueño en tan temprana hora anduvimos torpemente por el valle hasta ascender la primera ladera en fuerte pendiente. La ruta tenía previsto pasar por el punto donde una avioneta de la base de Matacán se había estrellado hacía algunas semanas. Pasamos junto a sus restos. Nos llamó la atención que casi todos los restos metálicos eran de alumnio: chapas, tornillos... Nos llevamos algunas tuercas relucientes de recuerdo. Para entonces ya había amanecido. Nos esperaban 6 horas de marcha con dos o tres breves descansos repartidos a lo largo de la mañana. En ellos devoramos los limones que habíamos llevado al efecto. Nunca su agrio sabor me fue más placentero. Alcanzada la cuerda, en lo alto, el camino se hacía bastante llevadero. Éramos jóvenes de 14 años. Nos sorprendiamos de aguantar tan bien. Hacia las 12 llegamos a las proximidades del Almanzor. Sólo nos quedaba atacar la punta final de la pirámide. Cruzamos el estrecho paso, al borde del precipicio, que daba acceso a la cima. Nos tragamos el miedo intentando no pensar en el peligro real de que un resbalón o el vértigo nos la jugara. Y llegamos. Para cada uno de nosotros resultó una hazaña extraordinaria. Un hecho increíble que nos llenaba de satisfacción y orgullo.
No nos entretuvimos en la cima. Había que bajar hasta la laguna dejando a la izquierda las agudas crestas de Los Hermanitos. En la pradera, cerca del agua, nos esperaba "el campamento base" con la comida transportada desde la plataforma por el hermano Fidel, que conducía el Land Rober, y otro hermano más. Ámbos nos habían acercado los bocadillos (media barra de pan con un filete en medio). Aunque la carne estaba dura y tenía un cierto sabor al plástico donde se transportó y el pan pareciera chicle, a nosotros nos resultó un manjar de dioses. Tras la manzana del postre, todos nos tumbamos y dormimos, presos del cansancio. El hermano Fidel, al que los cinco kilómetros de camino de montaña desde la plataforma, no le habían satisfecho su deseo de montaña, marchó en solitario a explorar los alrededores. El tiempo, por la mañana, había sido espléndido, pero por la tarde las nubes empezaron a adueñarse de aquel cielo que cubría nuestros sueños. Despertamos justo cuando algunas gotas empezaban a caer. Recogimos y nos dispusimos a recorrer el camino que va desde la laguna a la plataforma. Sólo nos faltaba Fidel que aún no había regresado. Esperamos unos momentos, ya nerviosos, pues el cielo se encapotaba. Nos desplegamos por los alrededores llamándole a gritos. Nos acercamos al refugio y preguntamos a un grupo de montañeros que allí pernoctarían si lo habían visto. Nadie lo recodaba. Fidel no aparecía. Pensando que quizás había vuelto él solo a la plataforma y puesto que ya se hacía tarde regresamos preocupados a la plataforma mirando atrás a cada instante por si aparecía. Al llegar al aparcamiento no estaba allí. Esperamos nerviosos sin saber qué hacer. Los hermanos que nos acompañaban no se atrevían a moverse. Estaban como paralizados. Preguntábamos a todos los que iban llegando a tomar sus automóviles para regresar. Ninguno nos dio noticias sobre el hermano. Al final sólo quedaba un coche y nuestro land rover. Cuando la última pareja de excursionistas se montó en el automóvil para volver a su hotel los hermanos tenían el rostro desencajado. Los excursionistas se despedían cuando advertimos a los hermanos que eran los últimos y ya no vendrían más. Había que dar aviso. Reaccionaron un momento y pidieron a los viajeros por favor que avisaran en el puesto de la guardia civil de Hoyos de Espino y les explicaran la situación.

Se había hecho de noche.  Estábamos sólos en la plataforma ya sin coches. Con el declinar de la luz las esperanzas las esperanzas de que volviera también se perdían. Fidel era el conductor, el que sabía llevar el pesado land rover donde regresaríamos al campamento. Tan sólo otro de los hermanos tenía carnet, pero apenas había conducido algún utilitario un par de veces. Presos del pánico los hermanos decidieron montarnos en el vehículo y hacerlo llegar hasta el pueblo cercano. La carretera hasta Hoyos del Espino es una carretera de montaña. En cada curva, en cada frenazo, el corazón se nos salía del pecho. Finalmente paramos al lado del parador. Allí entramos todos y esperamos sentados en las mesas mientras los hermanos, nerviosos, explicaban al señor de la barra lal situación. Llegó la guardia civil y lo primero que hizo fue echar una bronca a los compungidos hermanos. Luegos se sucedieron las llamadas por teléfono, la llegada de más números de la benemérita... Alguien llegó desde el campamento para llevarnos de vuelta a los pequeños juniores. Los hermanos se quedaron conjurando su miedo y tratando de ayudar.
No recuerdo si dormí aquella noche. Supongo que el cansancio puede incluso con la pena y el miedo. No sé tampoco cómo se organizó exactamente la búsqueda.: ¿Empezaron esa misma noche? ¿Volvió la guardia civil para recorrer buscando a oscuras por los alrededores de la laguna?... Nosotros terminamos unos  pocos días después nuestro último campamento en Navalguijo. Durante semanas se buscó al hermano Fidel sin encontrarle. Recuerdo el impacto mediático del suceso. Los maristas movilizaron numerosos grupos de búsqueda. El grupo de submarinistas de la Guardia Civil inspección las profundidades de la laguna. Pérez de Tudela, famoso alpinista ganador del premio "Un millón para el mejor" estuvo allí poniéndo su experiencia a disposición de las cuadrillas de búsqueda. Se observó detenidamente el vuelo de los buitres para localizar posibles cadáveres entre las rocas.  No apareción. Fue dado oficialmente por desaparecido y nosotros, los pequeños escaladores, tuvimos que declarar ante la guardia civil en el curso siguiente, ya en Tuy, Pontevedra.
Dos meses después, un grupo de excursionistas, divisaron un brazo que asomaba entre la nieve de un nevero que se derretía. Había encontrado el cuerpo congelado del hermano. Posiblemente había resbalado en una de las rocas húmedas por la lluvia y se había precipitado sobre un retal de nieve que le engulló.


Fidel
 

Bajan ya por la montaña

sin ansias, sin fuerzas, sin voz.

Un reloj marca la hora:

las dos.



Descansan bajo la cumbre.

No hay ganas, sueño tal vez.

Un reloj marca la hora:

las tres.



Unos han comido ya,

otros están reposando,

un reloj marca la hora:

las cuatro.



La expedición se pone en marcha.

Sopla el viento otra vez.

Sólo un hombre nos falta.

Le llamamos, gritamos: ¡Fidel!

Todas las voces de acuerdo:

a la una, a las dos, a las tres:

¡Fidel!, ¡Fidel!, Fi… del…!



Las voces se pierden

en las crestas caprichosas.

Luego se tornan murmullos.

Después quedan silenciosas.



Queda retumbando el viejo eco

rebotando en las gargantas

de sus cumbres religiosas.



Solo queda el viento seco

que azota las peñas y desgarra

entre silbidos los restos de su honda.



Ha llegado el cielo negro

que oscurece las rocas y maltrata

al lago con sus aguas tormentosas.



¡Fiero lago, maldito lago:

Te odio!



¡Juagado y condenado,

Te abandono!



¡Peñas, traidoras peñas,

oscuros pozos!



¡Grieta, profunda grieta,

estrecho foso!



La lengua de un glaciar se va acercando

A la tumba donde se entierra un santo.



Dime montaña: ¿Cómo es la muerte?

Dime sincera: ¿Se la merece?



Todos le vimos marchar

caminando solo

su senda se ha de manchar

de sangre y lodo.



- No te vayas hermano- 

el fondo del alma le decía.

Y respondía:

- Dios me lleva de la mano.



Traidor fue este monte desde el día

que un moro le visitó

y descubrió sus delicias.

La vista el poderoso Almanzor

del lago al monte dirigía

y en mitad de la mirada

gritó su voz que decía:

-  Aquí morirá otro hombre

solo, sin compañía.

No intentes pisar donde

no sabes, sería

tu muerte pronta,

de nada te serviría

pues hay una blanca fosa

donde se pierde la vida.



Y llegó la expedición.

Logro lo que se proponía.

A lo lejos un land-robert

y la cabina vacía.

-  ¿No ha llegado aún?

Esta pregunta se haría

Muchas veces. El día,

cigarro a cigarro,

se despedía.



Llegó temprana la noche

nuestra angustia era infinita.

A la mañana siguiente

en marcha la comitiva:

algunos guardias civiles

conducidos por los guías.



Buscaron por todas partes,

no hubo descanso ese día;

Miraban todos al cielo:

los buitres no se reunían.

Con las sombras de la noche

se abandonó la batida.

Primo pequeño que llora,

primo mayor se perdía.

Buscaron por todas partes

de nuevo se acabó el día

y en lo oscuro de la noche,

las esperanzas perdidas,

primo pequeño que llora:

Fidel ya no existía.



Silencio en las altas rocas.

Silencio de muerte blanca.

Silencio, que un compañero,

allá descansa.



Caballos, ¡buscadle al alba!

Compañeros ¡a la marcha!

Buscadle por los rincones

de los valles y majadas,

preguntadles a los buitres

dónde su vida se acaba.



Más de cien le están buscando.

Los gritos se van callando.



La nieve resplandeciente

le oculta bajo su velo.

Tumba en suave pendiente

para llegar pronto al cielo.



Hermano Fidel Fernández

de verdad que te quería.

Y no sé cómo expresarlo

sin decírtelo en poesía.



Tú, recuérdame,

Discípulo tuyo fui un día.

Y después de la agonía

espérame, que  un día,

recibirás en el cielo

mi alma y mi poesía.