jueves, 28 de febrero de 2013

Vísperas.


Esta es, Señor, la última oración de tu siervo Benedicto.

En unos minutos dejaré el mando de esta Barca que viaja  por la historia cargada de pescadores. En mi último día como su Capitán en tu Nombre tengo miedo.

Porque fui elegido, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor,  como instrumento insuficiente para una tarea gigantesca y no he podido resistir. Te imploré, por favor, que no me hicieras esto, pero no me escuchaste. Negaste mis deseos de retiro en una aldea bábara dedicado a mi pasión escritora y me impusiste el yugo más pesado.

¡Que duro ha sido todo desde que me ajustaste en el dedo el Anillo del Pescador! Desde que apuré este cáliz de lagrimas apenas he sonreído. Tuve que mirar a los ojos a las víctimas de mis propios hermanos, sentí vergüenza de la compañía de mis pastores en el rebaño: el lobo cuidaba los corderos.  Padre, estoy cansado. Tu rebaño es inmenso, Señor... Tuve que luchar con los carneros que fiscalizaban el pasto, tuve que atender a ovejas descarriadas y alejar a los perros que mordían...

Navegué a sobre aguas revueltas y con vientos en contra cuando parecía que incluso tú, te habías dormido. Yo, tu lugarteniente, he tenido que enfrentarme a la marinería desconfiada, he sufrido motines de mi propia tripulación. En secreto conspiraban y quizá me aguardaba ya el veneno. Junto a mi bitácora conservo informes explosivos y secretos que arruinaron mi moral y avivarían el escándalo. Ninguna llave parece capaz de apartarlos de los espías del Maligno. Mis propios hermanos conspiran contra mí.

Soy un anciano, Señor. No me quedan fuerzas para apacentar tu rebaño. Tus ovejas se agitan inquietas, y su pastor camina con paso vacilante. No temo el esfuerzo, no temo el cansancio; pero hay mejores pastores y las ovejas no son de mi propiedad. No quiero ser un estorbo en su peregrinar ni permitir a los lobos atacar el rebaño porque conocen las debilidades de su pastor.

Hoy, Dios misericordioso, solicito humildemente que me permitas devolverte las insignias de poder y sea de nuevo una anónima oveja de tu rebaño. En escorzo, escondido del mundo, te rezaré, te alabaré desde la música de Mozart tocada al piano en alguna celda del convento, desde las lecturas políglotas con unos ojos cansados, desde mis calladas plegarias de jubilado...

A ti me encomiendo en este día. En mi próxima oración, mi voz sonará más débil, mi rezo parecerá pequeño;  pero lucirá risueño, será feliz. Tengo miedo. ¿Quién no lo tendría? Pero tengo fe. Sé que no me he equivocado.

Capilla del Vaticano. 8 de la tarde. 28 de febrero de 2013.

martes, 26 de febrero de 2013

MIs disgustos favoritos


Me sublevan los grifos abiertos chorreando agua hirviendo sobre un plato solitario, las ventanas abiertas de par en par a las 6 de la mañana durante horas mientras el aire caliente de la calefacción se fuga al espacio helado de la calle despreciando la furiosa combustión de la caldera de gas.

Me enfurece el ruido inútil de los escapes libres, los altavoces forzados hasta volúmenes extremos, los gritos prescindibles, la marcha que se queda, la alegría obligatoria...

Me crispa la cháchara intrascendente de obligada audición, los duos desafinados en las conversaciones, los instrumentos que monopolizan la orquesta de las palabras...

Me cabrea el papel arrojado impunemente al suelo, el cigarrillo encendido que se tira aún humeante a la acera, las mondas de naranja arrojadas por la ventanilla...

Me desagrada el halago empalagoso, el peloteo servil, las declaraciones almibaradas, las palmaditas en la espalda, los besos protocolarios...

Me apena el familiar que fallece, el amigo que perdí, el niño que no juega, el mendigo solitario, la madre agobiada, el hombre desperdiciado, los olvidados en los pozos, los esqueletos de los sótanos, los enterrados en vida,  los condenados al olvido...

Me repugnan los comerciantes de secretos, los falsificadores de la historia, los torturadores de la verdad...

Me revientan los actores de los escándalos y el público que los saborea, el exhibicionismo hortera de los famosos y el papanatismo de su público...

Me asquean los manipuladores de personas, los traficantes de poder, los dictadores de la información, los socios del club de los corruptos, la hermandades de privilegiados...

Me enfada el tiempo perdido, las oportunidades desaprovechadas, los intentos que no fueron, las dudas castradoras...

Me incomoda la tribu uniformada, las pinturas de guerra, los ritos identitarios, las ceremonias de la inclusión y de la exclusión tan parecidas; la veleta del campanario de las ideas...

Me repelen los puros, los perfectos, los santos, los listos, los narcisistas...

... el resto de las cosas me hacen razonablemente feliz.  

sábado, 23 de febrero de 2013

La leyenda del tesorero "no name"


Bárcenas, es una Entidad Local Menor en la provincia de Burgos, comarca de Merindades, partido judicial de Villarcayo, ayuntamiento de Espinosa... pero ¡maldita sea la gracia que les hace a sus habitantes compartir topónimo con apellido semejante! Yo quiero hablar de Bárcenas, el terrateniente en Argentina, el copropietario de la inmensa finca de limoneros de La Moraleja. Y quiero nombrarle por su nombre: Luis Bárcenas Gutiérrez y maldigo el apellido que comparto por lo que se me pueda pegar de la peste corrupta que porta el personaje.

Bárcena, apellido toponímico, que significa "campo cultivado" y tiene origen en Santander donde se aplica a un lugar llano próximo a un río, el cual lo inunda, en todo o en parte, con cierta frecuencia. Y algo tendrá que ver pues los ejercicios de corrupción del señor Luis Bárcenas han inundado a todo el PP de fango hasta las cejas, aunque actualmente una epidemia de amnesia se extiende sobre el lodo.

Bárcenas, el buitre, que sobrevuela a Rajoy extendiendo su negra sombra sobre el hemiciclo en el debate de Estado de la Nación. Bárcenas, Luis el Cabrón, el que exprime al Bigotes (¿qué tendrá la B que inicia tantos nombres malditos?) ordeñando la ubre de las comisiones. Bárcenas, el gólem del PP, que acabará devorando a sus creadores. Bárcenas, cuya fonética conjugada da yuyu a sus examigos. Bárcenas, el innombrable. Bárcenas, el Trending Topic que nadie conoce en el PP.  Bárcenas, el borracho de la tinta impresa. Bárcenas, el acaparador de portadas. Bárcenas,  el paseante más perseguido de las calles de Madrid. Bárcenas, el de mirada rapaz.  Bárcenas, el de caligrafía felina...

Bárcenas, Luis el Cabrón, Gólem de Rajoy, tabú innombrable, el ciudadano no name, el experto en negro, favorito de la B, el Impronunciable, el Coloso Alpino, el Guarismo Helvético, el Bala de Vaqueira, el Yeti de Voncouvert, Grande de la Peineta de España... yo te invoco, ante la amnesia del PP. Tú existes, mal que les pese. Aunque tu nombre está vetado, aunque nombrarlo me atraiga el castigo divino: yo te nombro: ¡Bárcenas!, ¡Bárcenas!, ¡Bárcenas!...

viernes, 22 de febrero de 2013

Las viejas heridas


Mi álbum de cicatrices tiene varios cromos sobre y bajo la piel. No son heridas de guerra, de las de impresionar al sexo opuesto o presumir ante el propio. Son símplemente huellas borrosas de algún descalabro, de magulladuras corrientes, de imprudencias que acabaron en pequeños accidentes.

La más antigua, en bendita sea la parte, me la gané de niño al caerme de culo sobre la lumbre que ardía en la trébede de la cocina de la casa de mi madre en el pueblo.  Yo no recuerdo nada de aquel incidente, pero mi madre me lo contó. Y, un día, en escorzo ante el espejo, descubrí las irregularidades cutáneas dejadas por la quemadura un una de las nalgas y que yo, durante, decenas de años, no había advertido.

La más impresionante la obtuve a los cinco años, cuando al bajar la basura me enganché con una bolsa llena de cristales de botella produciéndome una horrible herida inciso contusa a la altura de la rodilla. Medio siglo después aún recuerdo la visión del chorro de sangre que salía a borbotones bañándome la pierna mientras corría escaleras arriba buscando la ayuda materna.

La única herida de "guerra" que poseo me la infligieron en aquel mismo barrio de Burgos. En este caso aún conservo el proyectil en el brazo, a la altura del codo. Tuvieron que pasar muchos años para que el perdigón que se aloja entre la musculatura se mostrara casualmente en una radiografía de tórax. El médico, que investigaba mi aparto respiratorio, encontró un brillante puntito en la articulación del brazo izquierdo. Palpó la zona y sintió  un pequeño bulto: "Parece un perdigón..." -dijo-. Después del pasmo inicial, atando cabos y repasando imágenes archivadas en las profundidades de la memoria,  pude trazar la historia de aquel proyectil. Era, evidentemente, la consecuencia de aquellas persecuciones de los matones del barrio armados con carabinas que por diversión disparaban contra los más pequeños e indefensos para amedrentarnos pero que, a veces, hacían diana (voluntariamente o no) sobre nosotros. En mi caso recuerdo haberme protegido en una ocasión entre las ruinas de un sótano y que la pandilla acosadora estuvo  disparando contra las paredes con la intención de que nos alcanzara alguno de los proyectiles rebotados... Debió se ser así aunque, el pánico tuvo que hacerme olvidar el dolor, no presté mucha importancia a la sangre que brotaba de mi extremidad. Bastante tenía con huir aprovechando que, cansados de su juego cruel, se alejaron minutos después.  

De otras pequeñas guerras infantiles, obtuve condecoraciones en forma de moratones, contusiones y descalabros... casi todas en las peligrosas dreas !a mano! o con tirachinas y que, semana sí y semana también, se organizaban en el Campo de Carbonilla; un extenso campo de batalla en el que aprendimos la trayectoria parabólica de los proyectiles con aprovechamiento "cum laude" y alternábamos la función de lanzador con la de diana.

También de aquellos años data la más seria lesión. Fue una honrosa lesión futbolística, producida por culpa de una traicionera zancadilla cuando corría impetuosamente tras el balón. No hubiera pasado de una aparatosa caída si no fuera  porque se interpuso una columna de cemento de las que soportaban el porche del colegio Liceo Castilla. Choqué de frente con aquel pilar quedando inconsciente por  un momento y sangrando escandalosamente. Los hermanos maristas, alarmados, me condujeron rápidamente a un centro médico. Aún, más de cuarenta años después, se observa  una leve cicatriz en la frente.

Debí aprender a protegerme a partir de entonces porque no recuerdo lesiones de importancia hasta casi la edad de treinta años. En esas fechas fui objeto de herida de arma blanca autoinflingida con un afilado cuter al dividir unas cañas en plena clase para fabricar cometas de papel. El corte, al lado de la uña del índice de la mano izquierda, me dejó una cicatriz perfectamente visible hoy en día. Recuerdo el vivo escozor, el hueso que se veía al fondo del corte abierto en medio centímetro y la cara de pánico de mis compañeros cuando me llevaban a urgencias.
 
Y de las otras, más vulgares, nada cuento. Todos hemos pasado por uñas aplastadas, coscorrones imprevistos, dolorosos esguinces, raspones, escoceduras... Y de aquellas, las heridas interiores, las más dolorosa y profundas; tampoco contaré nada hoy. Pertenecen al álbum de los sentimientos. Todavía estoy haciendo la colección.

lunes, 18 de febrero de 2013

Por un mal gesto

El hombre entró en el bar y se dirigió al camarero ocupado en colocar los vasos bajo el mostrador. Dos clientes leían el periódico unos metros más alla, al otro lado de la barra. El recién llegado se le acercó y le pidió amablemente: -Hola, buenos día, un café cortado, por favor.

El camarero se giró y, sin mirar al nuevo cliente ni hacer gesto alguno de que le hubiera oído, se dirigió a uno de los parroquianos: - Esta tarde el Madrid le gana al Manchester...

El cliente, asombrado y dolido, se volvió y echó a andar hacia la puerta.  Se despidió de espaldas mientras salía del local - ¡Hasta otra!,  que en realidad sonaba como ¡Hasta nunca!..

El camarero le miró asombrado mientras traspasaba la puerta. Los clientes miraron y comprendieron,  pero no hicieron comentario alguno, seguramente conocían al empleado del local.

El hombre aplacó un leve coraje y echó cuentas: más de 100 días que tendría que venir a trabajar a los pisos de enfrente: 100 desayunos con algo de bollería... Estimó que aquel mal gesto le costaría unos 200 euros al dueño del local. Y no estaban los tiempos para despreciarlos. ¡Hay gente que no aprende!

domingo, 17 de febrero de 2013

El diablo siempre la lía



Un ángel y un diablo competían cada día por ocupar el lugar más próximo al corazón de Charo. El ángel tocaba una flauta antigua de celestiales sones y el diablo esgrimía su tridente, tenedor al uso para parrillada de pecadores. Estaban eternamente enzarzarados en soterradas peleas por posicionarse mejor en su pecho arrullados por su blando corazón.
Aquellas relaciones forzadas siempre terminaban mal. El diablo, mucho mejor armado, acababa liándola y ambos quedaban encadenados en una maraña de tiranteces y forcejeos. En la lucha del bien contra el mal, el ángel quedaba rodeado de cadenas mientras el diablo le pinchaba con la triple lanza de su tridente.

Entonces Charo acudía a Jesús y le pedía ayuda para separar a los contendientes. Jesús tomaba entre sus manos el pequeño diablo de Tinanfaya y el plateado angelito de la flauta y, pacientemente, deshacía los nudos de la cadenilla. (Haz clic en la imagen)

jueves, 14 de febrero de 2013

Pifias notables

Todo el mundo tiene su historial de pifias y desastres. Yo tengo el mío y no me importa exponeros este manual de fracasos. El progreso podría definirse como la colección de éxitos casuales en la larga sucesión de fracasos de la humanidad.  La creación, en fin, es una equivocación constructiva.

Así que en las meteduras de pata, los fracaos, las pifias; está el motor del desarrollo del mundo siempre que se sepan aprovechar. Confrontemos pues el análisis con la vergüenza de reconocernos zotes y palurdos a veces, que los grandes hombres también metieron la pata.

Son conocidas algunos fallos notables en la historia de los científicos más venerados: Desde el lapsus de memoria de Albert Einstein que no lograba recordar la ley de Ohm en una conferencia, hasta las más de 1000  pruebas que hizo Thomas A. Edison sobre distintos filamentos para conseguir una bombilla eléctrica eficaz. De hecho cuentan que usó incluso uno de sus cabellos como filamentos. Como él mismo decía: con cada fracaso estamos un poco más cerca de encontrar la verdad.

Por lo tanto ahí van algunos de mis fracasados experimentos.

"Puenting de gusanos":
Yo era logopeda en el cole de Torres de la Alameda y disponía de un pequeño cuartucho en el recodo de la escalera de acceso al primer piso. En este diminuto espacio tenía mis carpetas, lotos, puzles y elementos de soplo. Poco material, pues el dinero era escaso. Intentaba buscarme la vida (compraba pelotas de ping-pong en todo a 100, desplumaba los plumeros para hacerme con sus plumas...) y estaba alerta a aprovechar cualquier cosa que sirviera a mis fines logopédicos. En una ocasión, pasando un fin de semana en las Lagunas de Ruidera, recogí en las proximidades de la Cueva de Montesinos (famosa cueva en la que tuvieron encerrado a D. Quijote, según relata Cervantes) unas espadañas del río que yo sabía podían deshacerse en vilanos algodonosos que levantaban nubes espectaculares con cada soplido. Así que corté un buen número de ellas y las llevé, gozoso, a mi cuartucho. Allí estuvieron reposando en una alta estantería durante unos días al calor del radiador y, un fin de semana, eclosionaron inesperadamente miles de larvas depositadas entre sus  espadañas por algún insecto alado. Una legión de diminutos gusanillos se desperdigaron por las repisas, paredes y techos. Desde allí y sujetos por finos hilos se suspendían a media altura conformando espectacular descenso en rappel o un puenting multitudinario. Cuando, madrugador, llegué el lunes a mi pequeño cuartito lo encontré así invadido. Apenas tuve tiempo de quitar y limpiar aquel descenso larvar en paracaídas antes de que mis niños descubrieran horrorizados (o quizás divertidos) el espectáculo.

"El misterioso caso de la nevera maloliente"
Mis suegros son naturales de Palomares del Campo, un simpático pueblo conquense. Allí tienen una casa y en el medio del patio un pozo. Un día, comentando la circunstancia de que las plantas de las jardineras se les secaba en verano cuando, por ausencia, se quedaban sin regar algunos días; se me ocurrió instalar un sistema de riego automático que usara agua del pozo y se controlara con un programador corriente de los que venden para los domicilios. Como el pozo estaba al aire libre hube de empotrar una caja registro con tapa impermeable adosado a la pared del pozo unido a los cables que alimentaban la bomba. Así que un verano realizamos la instalación y comprobamos su buen funcionamiento. Empotramos la caja bien envuelta en cemento y colocamos cuidadosamente la tapa. Como terminaba ya el otoño, recogimos la casa y nos vinimos para Arganda del Rey dispuestos a pasar el frío invierno en un lugar más cómodo para los rigores de la estación. En los congeladores de las dos neveras quedaron algunos kilos de panceta, chuletillas, quizás alguna merluza... aparte de la mantequilla y otros productos que permiten su conservación en las mismas. Todos los años se hacía así y nunca había surgido ningún problema.
Pasados unas semanas, en una visita de rutina para comprobar que todo estaba en orden, una de las primas de mi suegra sintió nada más entrar el desagradable hedor de la carne descompuesta. Si encima no funcionaba la luz, la conclusión era clara: los fusibles se habían fundido y los congelados, sin el frío que los preservaba,  se habían podrido echado a perder.
Se cruzaron muchas especulaciones sobre la causa de la sobrecarga en los fusibles pero ninguna parecía razonable.
Yo me temía conocer la posible causa de aquel desaguisado. En el verano siguiente abrí cuidadosamente la tapa estanca del registro y comprobé aliviado que, efectivamente, no dejaba pasar agua de lluvia. Pero, con lo que no había contado, es con la propia humedad del cemento que, condensada sobre la pared del registro había humedecido los cables ocasionando un cortocircuito del que quedaba constancia en forma de restos de hollín en un rincón. Una vez seco el cemento, todo funcionó después a a la perfección, pero la causa de aquellas neveras apagadas sigue siendo un misterio en la familia...

Podría seguir relatando muchas de estas pifias notables de las que he aprendido mucho en la vida.

Podría escribir relatos sobre el invento detector de bilabiales que, a base de papel albal, un led y una pila; realicé para que uno de mis alumnos "visualizara" cuando hacía realmente bien el fonema juntanto los labios... pero el alumno, al ver instalado semejante aparataje en la cara, dijo "nanay" y con razón.

Podría describir largamente cómo ideé unos programillas para unos viejos ordenadores amstrad, ya obsoletos, en el cole desarrollando con mis incipientes conocimientos de programación en basic programas para buscar números primos, realizar divisiones y raíces cuadradas (algoritmo incluído, incluso graficando su explicación geométrica en la pantalla). Horas y horas de esfuerzo para que los viejos ordenadores se deshecharan sin apenas usar mis anticuado software.

O como construí una motora a base de contrachapado y motorcillos a pilas para realizar una carrera nocturna por el río Vena, en Burgos, en sana competición con un amigo que aportaba su propio prototipo. Aunque gané la prueba, mi barco volcó y continuó a modo de submarino durante un buen tiempo con todo el casco inundado las hélices (en principio aéreas) sumergidas y las luces iluminando el lecho del río... en realidad no fue una pifia sino una gratificante experiencia naval....

O podría hablar de mis blogs escolares de "seguimiento cero", o mis películas de dibujos animados de incontables horas de esfuerzos con "fracaso" de crítica y público, o mis "talleres científicos" de nulo reconocimiento... y estas últimas pifias duelen más, pero ahí seguimos pifiándola cada día. Y en esas seguiremos pues nadie es perfecto, excepto el profe, como digo a mis alumnos. El profe nunca se equivoca: cuando alguien la pifia, se trata de Jesús.

 

domingo, 10 de febrero de 2013

La galopada del verbo

Silencio. Cámara. Acción.


El verbo es la única categoría léxica con predicación completa. Un verbo ya es una frase, ninguna otra palabra tiene ese potencial. Es tal su poder que fagocita al propio sujeto incorporándolo a su morfema.
Es el verbo  un concepto puramente cinematográfico. Contra la fotofija del sustantivo, contra el color de cinemascope del adjetivo; el verbo asume el desarrollo de la trama, la continuidad del guión, la dinámica del montaje. El verbo es el viaje del sustantivo, la conversión del adjetivo... Movimiento, dirección, acción. Tan solo los degenerados verbos copulativos se inhiben de impulsar al sustantivo limitándose a ser el estático pegamento de simples etiquetas.

Ninguna categoría gramatical tiene tal cantidad de flexiones. Porque hay muchas maneras de hacer las cosas y con diversas intenciones, muchos tiempos en que se pueden realizar y diferentes personajes que las pueden ejecutar. Es curioso que cuando se idean pictogramas los verbos siempre son los más complejos: incluyen generalmente rasgos del lenguaje de los cómics que les aplican movimiento (flechas, líneas de acción, rasgos de desplazamiento).

En la narración el verbo emprende la galopada y sobresalta el reposo del sustantivo, atosiga al adjetivo... tan solo el adverbio atempera su impulsividad. El verbo provoca la mudanza de sus acompañantes en la frase, determina sus destinos, desplaza figuras y sentimientos por la trama, ejecuta la partitura coordinando las notas en los compases del texto, provocando la danza de las palabras.

En el principio fue el verbo. Y desde entonces su triunfo en el lenguaje fue imparable: Llegó, vio, venció.

sábado, 2 de febrero de 2013

Diez hombres justos

Entonces Jehová le dijo: Por cuanto el clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo, descenderé ahora, y veré si han consumado su obra según el clamor que ha venido hasta mí; y si no, lo sabré.
...
Y se acercó Abraham y dijo: ¿Destruirás también al justo con el impío? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás también y no perdonarás al lugar por amor a los cincuenta justos que estén dentro de él
...
Entonces respondió Jehová: Si hallare en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaré a todo este lugar por amor a ellos.
...
Quizá faltarán de cincuenta justos cinco; ¿destruirás por aquellos cinco toda la ciudad? Y dijo: No la destruiré, si hallare allí cuarenta y cinco.
...
Y dijo: No se enoje ahora mi Señor, si hablare: quizá se hallarán allí treinta. Y respondió: No lo haré si hallare allí treinta.
...
Y dijo: He aquí ahora que he emprendido el hablar a mi Señor: quizá se hallarán allí veinte. No la destruiré, respondió, por amor a los veinte.
...
Y volvió a decir: No se enoje ahora mi Señor, si hablare solamente una vez: quizá se hallarán allí diez. No la destruiré, respondió, por amor a los diez.
...
Y Jehová se fue, luego que acabó de hablar a Abraham; y Abraham volvió a su lugar.


Y Sodoma ardió.

Y España se inflama al comprobar, con el ánimo hundido, cómo los hombres que debieron ser más justos son, por lo mismo, más infames.

¿Es que no hay ni diez hombres justos en este país? Los que se adueñaron de nuestros votos, los que los gestionan para sí, nos están haciendo creer que no. Pero, no es verdad, hay muchos hombres justos.

Todos lo sabemos. Nadie lo publica. El cónyuge, el compañero, el vecino, el familiar, el amigo, el desconocido... todo un ejército de hombres justos. El día se llena de gestos, de buenas acciones, que no se escriben en papeles, ni se guardan en cuentas Suizas. No nos dejemos engañar. El fango se genera 
en el interior del río revuelto y se acumula en los pantanos de la corrupción, pero  en los arrollos el agua fluye clara aún.

Las pequeñas historias mueven el mundo, las maniobras de los mezquinos te venden la vida  como un viaje gestionado por su empresa y te cobran el billete.

Yo sé que existen hombres justos. Los he visto muchas veces. Puedo contar sus pequeñas grandes historias: Mi tío Faustiniano que repartía las gratificaciones que le daban por su abnegada dedicación como secretario de una localidad palentina entre sus compañeros  del ayuntamiento;  la de unos padres pobres que devolvieron una maleta repleta de divisas que encontraron en un descampado; la más reciente de mi hermano Javi, 
de hace apenas unos días, que acoge en su casa a un sin techo proporcionándole una cama y regalándole un saco de dormir para que pasara mejor las frías noches burgalesas, la de una legión de voluntarios que dedican su tiempo y su dinero a ayudar a familias deshauciadas, niños enfermos...

No nos dejemos engañar: los hombres justos son legión. Pero no lo saben. El día que sean conscientes de ello, los malvados se quedarán sin argumentos: ¡No todo el mundo es corrupto!