martes, 30 de abril de 2013

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte IX: Un bocata de alfileres


- Espera  un momento, no puedo ahora, tengo que ir al servicio...
Al otro lado del teléfono sonaba urgente la voz de su madre. El hijo la había llamado, como solía hacer en días alternos, para charlar un rato con ella. A sus 89 años sentía que su madre necesitaba esas llamadas y, aunque odiara el teléfono, lo hacía por ella; por darla un rato de conversación, por mantener el contacto y dejarle contar como transcurrieron las rutinas del día, como evolucionaban los achaques, las visitas de los hijos y nietos, los pequeños acontecimientos que salpicaban la jornada o la ausencia de los mismos... Siempre había un referencia a los hijos solteros que la visitaban cada día una o dos veces, al hijo casado y a los nietos: 
- ¡Al pequeño cómo le gusta la calle!
- ¡La chica se ha vuelto muy presumidilla!
- Al mayor le pasa algo...no está bien ese chico... 
También daba parte a diario del estado de ánimo del marido, que transitaba de la apatía a la depresión pasando por el enfado. 

Hoy, curiosamente, le había dejado con la palabra en los labios... En fin, el hijo pensó en alguna urgencia doméstica como una sartén al fuego, o en una necesidad intestinal inaplazable... Colgó y se dispuso a llamar unos minutos más tarde. 

Quince minutos después volvió a marcar el número familiar. Al otro lado del teléfono, su madre intentaba hablar con un tono aliviado, como de alguien rescatado de un peligroso percance y que ahora se sabe seguro. Algunos carraspeos salpicados en la conversación delataban que era una tranquilidad fingida. Incluso algún intento de broma, nerviosa y forzada, convencían a su hijo de que el suceso que le estaba contando habían sido más peligroso de lo que se esforzaba en disfrazar.

De aquella conversación con el alma en un puño pudo deducir que su madre, con su peculiar estilo de vida; con esa, muchas veces absurda, voluntad de independencia; había estado cosiendo con su cestita de costura, en la que amontona con prisas y desorden tijeras, agujas, alfileres, dedales y tijeras... le relaja coser, pero no ve muy bien. Tampoco tiene ya la suficiente atención para guardar paciente y metódicamente los útiles de costura, así que posiblemente algún alfiler quedó prendido en su manga. A continuación se preparó un bocadillo y fue a comérselo al salón, frente al televisor en medio de la penumbra de una lámpara regulable apenas encendida. - Me sabía a gloria - confesaba cuando, de repente, notó que un bocado se le atascaba en la garganta. Sintió un objeto duro y punzante que no le permitía tragar. Nadie había en la casa. El pánico se apoderó de ella. El teléfono sonó en ese preciso instante y, apenas pudo poner una disculpa a su hijo mayor que le llamaba. Se dirigió al baño y comenzó a carraspear, al principio con cuidado, luego con energía: -jjja, jjja, jjja... El bolo salió finalmente liberando la entrada del esófago. Aliviada, se tranquilizó. Buscó un tenedor en la cocina y, en el mismo lavabo, revolvió los restos de comida buscando la causa de aquel escozor. Lo encontró. Un alfiler se deslizó entre los dientes del utensilio. Ató cabos: era uno de los alfileres del trabajo de costura que había terminado hacía unos minutos. 

Cuando, unos minutos después, volvió a llamar el hijo mayor; se lo explicó todo. El hijo la escuchaba con el corazón encogido imaginando lo terrible que podía haber resultado aquel percance. La madre intentaba quitar hierro al asunto, pero el hijo estaba aterrado. La dejó hablar y que se explicara intentando asegurarse de que realmente el peligro había pasado... Le preguntó cómo se sentía, si observaba sangre, si le dolía... finalmente, se tranquilizó. Luego la recordó con tristeza las muchas veces que habían hablado de la necesidad de que alguien la ayudara, de sus negativas a contratar alguien por pensar que era certificar que no servía para nada... El marido llegaba en esos momento de la calle. Ella había estado sola todo este tiempo...  Antes de despedirse al teléfono le aseguró que se encontraba bien y el hijo la pidió encarecidamente que le llamara si notaba alguna molestia... Luego quedó en que la llamaría de todas maneras dentro de un par de horas, antes de ir a la cama  para confirmar que no había secuela alguna... Después de colgar no pudo aguantarse ni un minuto: llamó por teléfono, fijos y móviles, a los otros hermanos. Poco después se presentaron los dos hijos solteros y la llevaron a urgencias. Afortunadamente no habían sido nada, apenas un leve pinchazo. Pero un manto de tristeza y preocupación invadieron los días posteriores. 

lunes, 29 de abril de 2013

Iubilare lejano


La palabra jubilación proviene del latín "iubilare" (gritar de alegría). Este verbo viene del hebreo יובל (yovel) que alude al sonido de la trompeta que anunciaba el año de retirarse.

En mi caso siento cada vez más lejanas las trompetas de la alegría. Lejano el júbilo, continuo el labora; de mi vista se distancia la tierra de Babia, la huelga (folgar y holganza), el merecido descanso...

Me veo abuelo, en clases de tiernos infantes, arrastrando garrota entre las mesas, aplicando la oreja hasta casi la boca de los niños mientras regulo la rueda del volumen de mi sonotone. Veremos como soluciono el tema de levantarme como un rayo cuando Manolito tira de las trenzas a Inesita, con este lumbago... Y ya veremos también como me apaño con las bifocales si sólo soy capaz de enfocar un niño cada vez... si aquí necesito más visión periférica que Iniesta en el BarÇa con toda esta actividad en el área pequeña que es una clase. Quizás les caiga simpático a los enanos y aguanten durante cinco horas mi surtido de batallitas: ya lo decían algunos niños del Nebrija cuando algún jubilado en puertas le tocaba ir a sustituir a Educación Infantil: "No, si a mí no me importa que venga a la clase un abuelo..."

En este viernes de consejo (de consejo nada: de ordeno y mando) nuestro presidente no ha decidido "un recorte", ha sido más bien un "añadido", pero de curro.
Es que parece que nunca llego: primero podría jubilarme a los 60... y cuando voy por 57, cuando casi alcanzo la zanahoria de mi carrera, me la ponen a los 65 y, cuando esté a punto de cumplirlos, ya la habrán movido hasta los 68...Está claro: ¡El trabajo os hará libres! como rezaba el cartel en la puerta de Mauthausen.

No veo el momento de llegar a la jubilación. Quiero el despido ya. Por favor, señor presidente, despídame... gestione para mí un despido como el del señor Bárcenas. Le juro que no me quejaré.

domingo, 28 de abril de 2013

Mi madre es teleco

Alberto, el genial, tiene padres ingenieros. El papá es ingeniero agrónomo y ahora está en Canarias (imagino que diseñando algún cultivo insular a base de lapilli volcánica higroscópica, como los viñedos de Lanzarote). Su mamá, ingeniera de telecomunicaciones, fue probablemente una estudiante pionera en el estudio de esta carrera de prestigio, coto vedado durante décadas a su género.
Los "telecos" siempre me han parecido a una especie de secta, un club exclusivo formado por mentes muy capaces y disciplinadas que llegaban a ser expertos en la magia de la electrónica y los códigos informáticos.
Con una metodología genéticamente arraigada, asentada  además por años de estudio; esta mamá afronta los problemas de la vida con voluntad y sistema: una carrera difícil, la formación de una familia y la educación de los hijos, la construcción de su casa, la lucha contra el cáncer de su hijo menor, la difícil y larga terapia de la enfermedad.... Ahora ocupa el tiempo libre sobrevenido con la atención permanente a su hijo estudiando psicología a distancia. Durante meses la he contemplado inclinada sobre la mesita del salón leyendo sobre la pantalla del portátil, escuchando con sus cascos las lecciones de la UNED y anotando con una letra menuda y preciosa en su libretita de apuntes. Mientras, yo charlaba con su hijo desgranando los contenidos y conceptos de 4º de EP. Leíamos los textos de sus lecciones y a veces, con un placer impagable, divagábamos a gusto sobre los más peregrinos temas que surgían inevitablemente de la interacción de dos personalidades curiosas. Y así abarcamos temas tan exóticos como la evolución humana, la clonación, la resurección de los dinosaurios, la vida extraterrestre, la biología de los peces abisales, las etéreas fronteras políticas de algunos estados, distintos tipos de ofidios venenosos... ahora anda interesado en las características técnicas de los nuevos modelos de coches después de leer en la sala de espera de su consulta algunas revistas del motor y yo, lego absoluto en la materia, le escucho con cierta envidia: él es el profe en esos momentos. Abordamos divertidos la construcción de pequeños artilugios cientificos como periscopios, casetas meteorológicas, sofisticados planetarios, caleidoscopios, complejas figuras en papiroflexia...

Y su madre, con paciencia y disciplina prusiana (pero siempre con cariño y amabilidad) dispone los tiempos, coloca los materiales, organiza los espacios, vigila la agenda de deberes... Inculca en su hijo el aprovechamiento de los recursos sin la más mínima concesión a la frivolidad: usamos los cuadernos del hermano mayor a medio terminar, reutilizamos el papel de fotocopias o impresos en desuso, acabamos la tinta de los bolis (es el primer alumno que encuentro que ha tenido la perseverancia de acabar un boli con todos sus kilómetros de tinta hasta agotarlo completamente)...

¿Qué pensará esta madre del profe de su hijo, tan despistado como es? ¿Tan dado a improvisar, a la ensoñación, a salirse por la tangente... ? Yo la veo sonreír, alegre por que convierta el estudio en un juego, en una caja de sorpresas infinita. Ella está feliz porque su hijo espera con grata impaciencia la llegada del profesor y de que se despidan animosamente al acabar con una carga de inquietudes nuevas cada día. No es difícil, pues el profesor es también como un niño, nunca abandonó el espíritu de la infancia; acaso no llegara ni a la adolescencia...

Hace tiempo que quería, se lo debo, escribir un artículo sobre las madres de estos niños que apenas descubren la vida, ya han de mirar a la muerte a los ojos. Esas madres que son compañeras y apoyo, cariño y amor incondicional, certeza y esperanza en el oscuro horizonte que dibuja el paisaje de su  enfermedad... Desprenden una fortaleza extraordinaria. No sé imaginarlas en los íntimos momentos de dolor, de duda, que seguro soportan en silencio. Sólo veo sonrisas, optimismo, cariño. Encierran el miedo tras las paredes de su dormitorio. Delante de su hijo todo es luz. La luz que haga falta para iluminar la esperanza. Y los niños saben que su madre está ahí, que nada realmente malo puede pasarles.

jueves, 25 de abril de 2013

Una palabra es mil imágenes



A veces me incomoda el título de mi blog: ¿Una imagen y mil palabras? Me recuerda al popular refrán que conocemos todos: "Vale más una imagen que mil palabras". Pero el refrán no es cierto. Una imagen constriñe los conceptos, los concreta en imágenes únicas; cuando la palabra admite en realidad una enriquecedora variedad de matices, una amplitud de referentes mucho más libre que la congelada fotografía de la imagen.
Una palabra es mil imágenes. Recuerdo una clase de filosofía en bachillerato. El profesor nos explicaba lo que es un concepto, por ejemplo "silla", como la superposición de todas las miles de diapositivas de las sillas existentes e imaginadas. Lo que quedaba al proyectar aquella infinidad de imágenes eran los elementos que formaban el concepto, los rasgos esenciales de una silla que  podrían ser: mueble,  generalmente apoyado en patas, con respaldo, para sentarse y plataforma horizontal, de altura entre 30-40 cm... Y así quedaba configurada la palabra. Pero cada cual al oír "silla" evocará miles de muebles para sentarse con múltiples colores, variadísimos diseños, incontables materiales, diversos sistemas de soporte, diferentes alturas, cambiantes geometrías en la plataforma...millones de imágenes, en fin.

Una imagen cuenta una historia cerrada. Siempre me han parecido impostores los actores de una película basada en un libro que ya había leído previamente; siempre he juzgado tramposa la trama cinematográfica tras haberla leído por mi cuenta en el libro original en que se basaba: no encajan. Pueden ser historias cinematográficamente perfectas, pero no son la historia que yo imaginé. Aquellas palabras produjeron en mí imágenes distintas. Y como yo, a miles de lectores. Cada uno leyó una historia diferente en el mismo libro.

Al final, el mismo cine hace de las imágenes palabras, de su técnica lenguaje. Porque el hombre necesita abstraerse de lo concreto, ver más allá de los colores y las formas de los objetos: necesita palabras, portadoras y creadoras de la idea, de la esencia de miles de fotografías superpuestas en nuestra vida.

martes, 23 de abril de 2013

Escribir un libro



"Tres cosas  ha de hacer un hombre en la vida: Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro..." (Refrán chino).

La sabiduría amarilla no conviene desdeñarla, no en vano montamos sobre sus ruedas, dinamitamos con su  pólvora y nos orientamos con su brújula; así que yo me dediqué con tesón a plantar arbolitos, me uní a una mujer encantadora y escribí cuidadosamente una colección de cuentos, poemas y pequeños ensayos para cumplir mi pequeña misión sobre la tierra.

Porque un libro es un proyecto de mucho empaque. Impone la edición de una obra: uno muestra el delgado prisma de celulosa a sus amistades y un aura de sabiduría parece rodearte al instante. Entregas el ejemplar encuadernado y da la púdica impresión de estar desnudando todos tus secretos.  Pones a la venta tus ejemplares y tiembla tu autoestima pensando en el implacable veredicto de las ventas...

Pero un libro es mucho más que eso. Hay muchos recuerdos ligados a ese objeto que marca el umbral de la historia de la humanidad. Tras las primeras manifestaciones simbólicas (el lenguaje, la pintura, la dramatización, la religión...) el texto escrito  es la primera máquina virtual ideada por el hombre. Y desde entonces nos ha mostrado su maravilloso y terrorífico poder: el poder de enseñar, de testificar, el poder de mentir y manipular. Como a la humanidad digital de hoy con los medios informáticos, se hizo necesario aprender a manejarlo, a comprenderlo e interpretarlo.  

En la intrahistoria de cada cual, en una línea de tiempo alfabética, se sitúan en orden cronológico los libros a contrapicado en las estanterías de casa, los volúmenes heredados de los familiares más ilustrados, aquellos donde aprendimos a leer, los sucesivos textos escolares, los cómics que nos  fascinaron, los libros regalados, los adquiridos con los mínimos ahorros infantiles, los libros de saldo, las adquisiciones de francotirador a la búsqueda de ofertas a salta de mata... Siempre libros... Libros en las manos de mis padres, siempre leyendo en los ratos muertos; libros antiguos envueltos en cubiertas de piel de oveja o brillante cartón oscuro, libros mágicos que te hicieron soñar, libros unidos a la historia de cada cual (premios de catequesis, deslumbrantes biografías que provocaban tu admiración, sucesos fascinantes en las selecciones e Reagers Digest...) Libros alineados en largas estanterías en la biblioteca pública, ejemplares torturados en  el aula infantil, llamativos libros de los escaparates de las librerías donde siempre te detenías, libros en las manos de tu hermano, sentado sobre un madero en la casa del pueblo, libros prestados que jamás volvieron ...

Cansancio de mis ojos, compañero fiel, refugio seguro, aliado en soledad, maestro, confidente,  amor en la sombra... todo has sido aunque cada vez te dedico menos tiempo como un mal amante.

En el día de hoy, en tu día, brindo por ti: te cojo entre mis manos y leo.

lunes, 22 de abril de 2013

El lector mendigo

Así me lo encontré en la calle de Santander, en el Burgos de mi infancia. Fue en el mes de abril del año de la crisis de 2013, cuando los recortes arreciaban y el desempleo alcanzaba cotas jamás imaginadas. Me sorprendió tanto que decidí sacar el móvil y guardar la imagen de este hecho insólito. Naturalmente pensé enseguida en escribir un artículo. Era una situación excepcional que merecía una reflexión.
Durante unos instantes dudé en cómo titularla: "El lector mendigo" hace gravitar sobre el sustantivo lector el peso del sintagma, por contra "El mendigo lector" centra nuestra atención en mendigo con una atribución posterior de lector. Incluso, sobre la marcha, he cambiado el título más de una vez.
Podemos deducir algunas cosas del personaje: es extranjero evidentemente (puede adivinarse por el título del libro y la deficiente construcción sintáctica del letrero petitorio); está de viaje (la mochila y la ropa limpia y en buen estado no indican que duerma en la calle, bajo los cartones), cierto refinamiento en el vestir (vaqueros, cazadora, zapatillas de marca, gorra elegante...) incluso algún detalle notable como el pañuelo o braguero estampado en calaveras con que se protege la garganta. Es cuidadoso hasta en el detalle de haber comprado en "los chinos" una cestilla paras las monedas y haber contorneado todas las letras de su mensaje sobre el cartón.
Parece tomarse el limosneo como un pequeño negocio en el que no ha faltado cierta planificación: una inversión inicial (al menos la cestilla y el libro, un libro nuevo que está empezando a leer), una mínima escenografía (letrero de cartón como mandan los cánones, pero con letra cuidada, la cesta adelantada...) sin descuidar cierta comodidad: la mullida mochila, el cuidado abrigo, el entretenimiento de la larga espera con una extensa lectura...
Se diría que es su primera vez. Yo como transeúnte ocasional le descubro graves fallos de marketing para el negocio que pretende. Esas zapatillas, el libro... no inspiran la más mínima compasión. Acaso envidia a más de uno, que no habrá leído un libro en toda su vida. Habrá alguien que encontrará alivio a su frustración cultural con un ¡que se joda!, no lo dudo...
Más de una vez, he tratado de imaginar cómo sería mi vida si, por avatares de la fortuna, me viera obligado a vivir en la calle, como vagabundo sin techo ni posesión alguna.  Me repugna mendigar pero, una vez puesto, con los escrúpulos arrinconados, no debe ser difícil aplicarse al negocio de la compasión ajena.
Recuerdo de niño la única vez que pedí. Para nosotros fue un juego que algún compañero experimentado nos enseñó. Se trataba de conseguir una monedas para comprar algunas cuches que en aquellos tiempos costaban mucho menos de un céntimo de euro. Se trataba de elegir a alguna señora mayor y bien vestida y, con carita de pena, pedirle unos céntimos para poder comprar un lápiz que necesitábamos...  El caso es que, a algunos, les daba un resultado extraordinario. A mí me dio una vergüenza enorme y, cuando conseguí el preciado botín, casi me dieron ganas de devolvérselo a la señora y pedirla perdón entre sollozos... Con aquellas monedas traidoras, compré unas golosinas de sabor amargo. No volví a hacerlo más, pero la vida da muchas vueltas...

viernes, 19 de abril de 2013

Alberto Da Vinchi


Tiene nueve años y le encanta saber: todo le interesa, nunca se aburre. Los libros de curiosidades, el libro gordo de Petete, los libros de misterios y maravillas del mundo animal le fascinan. Se empapa con las explicaciones de su profe de asistencia domiciliaria. Le mira con ojos asombrados. Estudia con voluntad y perseverancia. Devora documentales, Es un admirador declarado de Frank de la Jungla y sabe ya un montón de cosas sobre reptiles que explica a su profesor. Llega un momento en que este exclama: - Alberto: si el profe pareces tú  (y hay un deje de envidia al decirlo como Verrocchio con su genial discípulo en su taller florentino).
Es zurdo y, como el pequeño Leonardo, era capaz de escribir en espejo en sus primeros años. Toca maravillosamente el saxo y sus profesores le adivinan grandes posibilidades como músico. Tiene habilidad en las manos y es preciso y metódico con sus manualidades. Destaca en el plegado. Hace unos meses atacó un libro de papiroflexia y realizó todos los diseños: hasta los más difíciles. Enseñó a su profe la construcción de un dodecaedro modular en papel de gran complejidad. Se explica con precisión y seguridad. Se entusiasma con los experimentos. Graba con su profe vídeos de Ciencias  Naturales que luego visionan sus compañeros del cole. Construye planetarios, realizas experiencias caseras con la luz, con las fuerzas, con la electricidad... Guarda en su cofre de tesoros los pequeños talismanes de su vida: una pequeña caja de música, las jeringas del hospital (fue increíble lo bien que funcionó un pequeño gato hidráulico que fabricamos con ellas)... Su juguete preferido es el microscopio. Es capaz de explicar un juego con precisión y detalle. Su interés pasa de un tema a otro en función de los estímulos que encuentra en su camino: ahora está entusiasmado con los coches (se aficionó a ellos al encontrar revistas del mundo del motor en las consultas a las que tan frecuentemente asiste),  antes fueron los animales, la tecnología, la informática...
Su profe aprovecha este potencial para inocularle el veneno del conocimiento, para transfundirle litros de curiosidad... Son apenas unas horas a la semana, pero las espera con impaciencia. En ese breve tiempo es capaz de excitarse con cada descubrimiento, con las mil sorpresas de la naturaleza, con la luminosa claridad de la ciencia. Ese chute de animación le ayuda a pasar las duras horas en el hospital.

Va para un año que lucha contra una enfermedad terrible. Un agresivo tumor estuvo a punto de acabar con su vida. Cuando la causa de sus males eran todavía oscuras recorrió un camino de curanderos y acupuntores, peregrinó por hospitales que nada advirtieron. Finalmente detectada su rara enfermedad, ha seguido a rajatabla el duro itinerario de salvación: quimioterapia, autotransplante, radioterapia... Todo llevado a cabo con entereza, con una esperanza valiente. Siempre guiado por una madre firme, segura, optimista. Ella puso la medicina de la fe y del amor, la más importante de todas. 

Con una increíble fortaleza, Alberto sigue adelante. No he conocido a nadie que aguantara tan bien los golpes de una enfermedad así. Este niño es genial. 

martes, 16 de abril de 2013

El salario Van Gohg


Uno come de su trabajo, pero vive (o muere) de sus aficiones. Mis aficiones actualmente se orientan al mundo de la escritura. Esta faceta de la gema de mis talentos es la que más brilla en estos momentos. Gema o bisutería, me encandilan por igual.
No hay escritor sin lectores. El primero es uno mismo pues al escribir, se lee. Ese uno se multiplica por muchos al aplicarle la perspectiva del tiempo. Ya son, en sí, un público notable. Esos lectores juzgarán al escritor actual desde posiciones futuras.
Escribir, per sé, es meritorio; pero existe también un impulso social, unos vasos comunicantes con el resto de las personas que alientan el anhelo de ser leído. El escritor suspira  por publicar. Hoy en día, es fácil hacerlo. Las modernas técnicas de edición e impresión en línea lo hacen sencillo. Pero la exposición virtual casa mal con la adquisición del producto. ¿Para qué voy a comprar un volumen en papel cuando puedo descargar un tenue ebook electrónico mucho más barato por añadidura? Pero después... abierto sobre la pantalla... ¿Quién tiene la voluntad de leer párrafos extensos, largos textos, decenas de páginas acosado por estímulos visuales y auditivos incontenibles que se superponen a una tarea que exige esfuerzo y atención?
Si recibiera un salario por mis escritos sería un salario de sal, de la que escuece y da sed. Moneda de trueque antiguo, hoy sólo sería corrosivo y pobre jornal.Tres libros, a la fecha, llevo escritos. Aparte de un par de decenas que regalé a amigos y parientes, sólo una venta entre la ingente masa de potenciales lectores. Mi exiguo salario de escritor, tras dos años de publicaciones, son 2 € de una venta de la versión electrónica (pdf) de mis Caminos de Santiago.
En estos momentos, mientras sonrío con tristeza, recuerdo a un hombre genial. Este artista, también tardío en lanzarse a los caminos de la pintura sólo llegó a vender tres cuadros en toda su vida. ¡Y se dedicó a la pintura en cuerpo y alma! Subsistió gracias a la ayuda de su hermano y de algunos amigos. Por amor al arte trabajó con un salario ínfimo.
El salario Van Gogh no da de comer. Mis pobres baratijas apenas se venden rebajadas en las tiendas de los chinos. Pero mis amigos, mis escasos lectores y sus comentarios, algunas referencias notables... son el sueldo que me hace seguir trabajando, gozando y sufriendo, en pulir estos textos que dejo prendidos en línea, expuestos al viento de bites de la Word Wide Web. No como de esto, pero una febril decisión me impulsa a seguir escribiendo cada día.  

sábado, 13 de abril de 2013

Brújulas rotas


J.M. sonríe. Me sigue la broma cuando le replico que tiene mucho morro, que es un vago redomado. Le obligo a reconocer que no hace los deberes y que sus escusas no se sostienen. Que no asume sus responsabilidades, que hace lo que le da la gana...
- Sí, vale, los voy a hacer.
Pero es mentira. Le he contado varias veces el cuento del pastor mentiroso. Lo sabe de memoria. Ya no tiene crédito.

 J.M. llora. Repite como una cinta sin fin la misma pregunta:
- ¿Me vas a poner una hora?... ¿me vas a poner una hora?... A veces estalla:
-¡Y una mierda! ¡No la pienso hacer!
Tiene los ojos y la nariz enrojecida, la mirada acuosa... Su pensamiento gravita dentro de un bucle obsesivo. Está poseído por una emoción incontrolada al sentirse atrapado por "la injusticia" de tener que cumplir su parte en una apuesta perdida.

 J.M. suplica. Pide urgentemente que le deje hablar un momento por teléfono con su madre. Es su cumpleaños y dice que no la va a poder ver.
 - No puedes ahora, estamos trabajando... ¿Qué pide la pregunta 7?
- No lo entiendes, es su cumpleaños y no la voy a poder ver... Estoy muy nervioso...
- Luego podrás llamarla, cuando terminemos esta actividad... Lee el enunciado de la 7 y dime qué te pregunta...
 - Tengo que llamarla. ¡Es su cumpleaños!
 - Termina de hacer esto: luego la llamas... ¿Qué dice la pregunta 7?
Desesperado, incapaz del mínimo autocontrol, se levanta y se va del salón. Sube las escaleras hacia su habitación con el móvil en la mano tecleando el número de su madre.
- No te he dado permiso, J.M... ya lo sabes...

 J.M. tiembla. Sus manos se agitan mientras nos mira irritado:
- ¡No quiero estudiar! ¡No pienso hacer una hora más! Preso de la ira arroja la cestilla de la costura al suelo. Coge el diccionario y lo levanta amenazador...
- No nos vamos a asustar, J.M. Puedes tirar lo que quieras. Ya lo recogerás...
Me mira y no se decide a tirar el diccionario... Serios, preocupados, su padre y su hermana le observan... el destello amortiguado de la decepción asoma a sus ojos.

 J.M. amenaza. Apenas sus padres le encaran que les mintió sobre los deberes coge los cacharros de la cocina y los arroja al suelo. Llega a amenazar con un cuchillo de cocina que se quita la vida o mata a su hermana. Los padres, asustados, le intentan tranquilizar. J.M. aprovecha para exigir que no venga más el profesor. La madre le llama avergonzada planteando que quizás es mejor que no acuda más... que J.M. no está acostumbrado a trabajar... que está muy nervioso... El recuerdo de un frasco de tranquilizantes ingerido en una de las crisis está presente como un fantasma en la habitación.

J.M. resopla. Cumple algo enfurruñado la hora debida. En su día libre ha tenido que asistir a una hora de clase. No lo lleva mal. Bosteza a menudo, duerme mal. Al final, respira aliviado. No fue para tanto. Nos despedimos cordialmente hasta el día siguiente...

miércoles, 10 de abril de 2013

Stop desahucios


A ti acuden. ¿A quién si no? ¿Quién moverá un dedo por ellos si no pueden pagar? ¿Si tienen su casa intervenida, su aval en prenda y su futuro hipotecado? Se llaman Juan, o María o Teo Ochoa... se llaman como tú. Se manifiestan en medio de la calle, orillados en la acera, con sus tenderetes y sus tiendas mientras la lluvia acumula grandes bolsas de agua sobre las lonas. La esquina entre la calle de Vitoria y San Lesmes ha sido su hogar durante 17 días. Han buscado la vecindad de sus prestamistas, han realizado un escrache a su conciencia, soportando el frío de las noches burgalesas, el viento de marzo y los aguaceros. Son pocos pero tenaces. Han aguantado más de dos semanas acampados sobre el cemento y durmiendo en tiendas minúsculas. Enfrente la Caja Laboral, esta vez gratis, les ha prestado la luz de neón de sus rótulos y han adornado con posters de Bancaseguros, cínicos carteles sobre seguridad, las paredes de la calle. Están felices. El juez, al fin, ha paralizado el desahucio de Teo. Tuvo que mediar una disposición europea para lograrlo. Mientras, se estudia una fórmula alternativa;  dolorosa, pero no mortal. Lo van a celebrar con unas sopas de ajo que ahora cuecen en la olla comunal bajo la lona azotada por la lluvia. La cocinera se mueve al son de la comparsa de "Los Papamoscas" mientras atacan la canción de "Las tres brujas" liberales dedicadas a tres mujeres malvadas que intentan emponzoñar la manzana de la solidaridad. En la fachada de enfrente una lluvia incesante golpea los cristales de los ventanales de la sucursal. El agua parece querer limpiar los relejes  de codicia adheridos  en ellos desde décadas.Tras ellos, los directivos, aceptaron finalmente una negociación; extendieron también a la vecina provincia de Burgos la política de "no desahucio" que ya aplicaban en el País Vasco: ¡Qué fácil es ser "valiente" contra el débil donde no media la camaradería del paisano, la amenaza violenta o los recursos del rico!
La fiesta continúa bajo los paraguas. La gente se apiña protegida por el improvisado tenderete. Se encojen los presentes con santa paciencia dentro de las hornacinas de los portales. Un coche policial pasa lentamente, por su ventanilla abierta asoma la cabeza escrutadora de uniformado.
Esta noche se desmontará el pequeño campamento. Esta noche, Teo, dispondrá de un techo donde guarecerse. No será su casa, ya está perdida. Pero el techo de un futuro posible le hará soñar. 

BURGOS, 27 de marzo de 2013.

lunes, 8 de abril de 2013

¡Agua, San Marcos, señor de los charcos!


Me recuerdo, en mis 17, estudiando la nomenclatura química del agua. A este elemento (uno de la antigua tétrada de los alquimistas junto con la tierra, el fuego y el aire) se le atribuyen falsamente propiedades de inodora, incolora e insípida. Quizá por participar de nuestra propia esencia (somos un 75% de ella), quizás por saciación (nos rodea por todas partes); nuestros sentidos no sean capaces de distinguir esas cualidades que un ser extraterrestre, posiblemente, sabría apreciar. Sin embargo, yo formulaba sus nombres según la sistemática nomenclatura de la IUPAC y extraños olores asaltaban mi pituitaria, notaba un nuevo sabor al pronunciar esas fórmulas, distinguía colores inimaginados: Decía "óxido de dihidrógeno" y un gusto herrumbroso se deshacía en mi boca, recitaba "ácido hídrico" y un cóctel de limones y vinagre excitaba mis laterales linguales e irritaba mi nariz; sentía un tóxico ahogo cuando leía "monóxido de hidrógeno" y me estremecía al pronunciar "protóxido de hidrógeno" imaginando la explosión de un antiguo zepelin. Y es que los nombres se contaminan de significados extraños, de impostores que les impregnan con su marca ajena.
Pero agua, esa palabra de  pronunciación anhelante, de amplia abertura  al principio y al final, de gutural acogida en medio nos sugiere vida, felicidad, hermosura...Y cuando echamos en falta su presencia la fealdad, la tristeza y hasta la muerte nos avecinan. Por eso mi alma suspiraba  por ella. 

Y  por fin llovió. Celestes globos algodonosos se deshilacharon en hileras de perlas brillantes sobre la tierra reseca. Mi espíritu se alzó para recibir el collar de la vida. La lluvia, generosa, regó los campos, trasfundió su sangre a los anémicos acuíferos hispanos, llenó los embalses semivacíos, animó el caudal menguado de los ríos. Por fin brotaron los manantiales, cobraron vida los regatos, se llenaron los arroyos, rugieron los torrentes, atronaron las cascadas en medio del bosque. El agua resbalaba por las laderas barnizando los troncos acorchados, abrillantaba las hojas tempranas de la primavera, diminutas perlas transparentes vestían las florecillas que anuncian con su diminutas trompetas moradas el inicio de  los tiempos nuevos.

En el entreacto de aquella función meteorológica protagonizada por aguaceros, salimos rápidos en coche hacia el norte burgalés, allá donde encantadores vallecicos reúnen el líquido caudal de la lluvia. Visitamos lugares maravillosos de húmedos topónimos: Tubilla del Agua, Valtelateja, Pantano del Ebro, El Tobazo... pueblos maridados con el agua desde siglos como Orbaneja del Castillo... y, caminamos entre hayedos hasta la cascada de Soncillo donde el agua saltaba gigantescos peldaños con un ruido ensordecedor. Por doquier la tierra, llagada en mojadas cicatrices, manaba dulce sangre transparente. Pisamos la húmeda alfombra de las hojas caídas y extendidas a los pies de las hayas, batimos con nuestras botas el barro de la senda, apoyamos temerosos nuestros pies en las piedras interpuestas para salvar los arroyos. Y, frente a la cascada, envuelto en la nube de rocío que formaba el agua restallando, me sentí vivo. 

jueves, 4 de abril de 2013

Anduve por ahí


Bípedos curiosos, los seres humanos (homo sapiens) han buscado siempre otros lugares para conocer, para asentarse, para vivir. En los orígenes de la humanidad ya estaban instalados en nuestro ADN los genes del explorador. Nuestros antecesores (homo antecesor) ya habían llegado a la pequeña sierra de Atapuerca en Burgos y ahora, esos mismos genes, nos piden realizar el viaje inverso para conocer otras tierras, otras gentes, otros países).

En cualquier caminata a pie, en las largas travesías, en las ascensiones alpinas, en el vespertino paseo por las calles o caminos de la aldea encontramos ese impulso que nos lleva a conocer nuestro entorno, a apreciar sus cambios, a alimentar con detalles nuevos nuestro repertorio de imágenes, nuestra memoria, nuestra vida.

Así, pues, cada viaje es una página más de la vida. Y esas páginas, tantas ya, forman un libro que ahora os ofrezco. Está dedicado a nuestros antecesors viajeros: los homínidos de Atapuerca, cántabros palentinos, visigodos del Norte y, en especial a nuestros padres, cuyo afán viajero nunca les ha abandonado.

Está publicado en Bubok y es posible su compra en papel o mediante descarga electrónica. También es posible una lectura parcial gratuíta. Esperamos que os guste.  


"Recopilación de viajes y rutas personales realizadas a lo largo de los últimos años. Desde una personalísima peregrinación lebaniega, pasando por tramos autóctonos del Camino de Santiago, hasta viajes por Europa o La Patagonia. Se incluyen además numerosas rutas en los alrededores de Ayuela de Valdavia y otras diversas en Guadalajara, Cuenca, Burgos o Madrid."