martes, 31 de enero de 2012

La curiosidad salvó al gato.

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Hay refranes para todo. Encuentras  un refrán y, al pronto alguién replica con su contrario. Si "al que madruga, Dios le ayuda" enseguida le quitamos la voluntad con "no por mucho madrugar amanece más temprano". También tenemos refranes con vocación castrante: "La curiosidad mató al gato"

Quiero hoy rendir un homenaje a los niños curiosos. La curiosidad es una de las cualidades más humanas, más creadoras, más progresistas... la falta de curiosidad ha alimentado lo peor de las religiones, lo peor de la magia... Invito a todo el mundo a comer de la manzana del árbol del bien y del mal.

Me encanta la gente curiosa, me fascinan los niños preguntones, los incansables y pesados inquisidores. Me emocionan las miradas expectantes, las manos manipuladoras, los pies exploradores, los oídos atentos, las lenguas dispuestas, las narices husmeantes... Siento natural simpatía por las mentes viajeras, las imaginaciones desbordantes, los lectores  tenaces, los artistas, escritores, músicos, cocineros, actores...

Hay gente que necesita del encanto, de la magia. No quiere saber nada de los trucos del mago,   ni del secreto del hechizo del brujo. Si un día lo descubriera se sentiría "desencantado". Los magos  perderían su admiración, los brujos su poder, los poderosos su fuerza, los políticos su influencia, los sacerdotes su fe: mejor fomentar la ignorancia del otro, mejor engañarle sobre el veneno que entraña el fruto del árbol de la sabiduría.

¡Claro que curiosear entraña peligros! ¡y andar!, ¡y estarse quieto!, ¡y comer! ,¡y no comer!... Vivir es  peligroso. Pero no vivir lo es aún más: es certeza de haber sucumbido. Y la curiosidad salva vidas. Si el gato no es curioso no caza ratones: ¿Dónde los encontraría? No aparecerán delante de sus hocicos como por "arte de magia". Que "¿el gato gazorito se quemó el hocico?": puede ser; pero el que no lo fue se murió de hambre.

La curiosidad es agua paradógica: a cada sorbo sentimos más sed. Sócrates, un gran curioso, afirmaba: "sólo sé que no sé nada". Cada respuesta multiplica las preguntas; pero cada respuesta libera. ¡Cuán feliz es el ignorante que cree que lo tiene todo porque ignora todo lo que no tiene!

Los sabios se  preguntan por el sentido de la vida:
¿Quienes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?...
y los más curiosos:
¿y porqué preguntamos?

domingo, 29 de enero de 2012

A ti, juez, yo te acuso.


 
Juez: terrible palabra con connotaciones teológicas, sociales y morales. Profesión con una larga carrera de preparación y conocimiento. Status de privilegio sustentado en una honradez intachable. Administrador de una parcela de poder independiente teóricamente impenetrable a los otros dos poderes que gobiernan nuestra sociedad. Persona equilibrada donde las haya. Sujeto portador de los más nobles adjetivos: ecuánime, justo, recto, moral, razonable, competente, cuerdo, laborioso, claro, independiente, riguroso, insobornable... y, por último, los jueces son también, naturalmente, hombres.

Leo con preocupación los informes que sobre el estamento judicial se  publican en los periódicos. Si los datos son ciertos (y parece que lo son) nos encontramos con una situación preocupante: En los tres años que van de 2008-2011 se estudiaron 6000 quejas contra jueces y sólamente fueron sancionados 126 (el 2%) y uno sólo expulsado del cuerpo (¿dónde la ecuanimidad?). La ONG Transparencia Internacional considera como uno de los puntos débiles del sistema judicial español "la débil rendición de cuentas existente en la práctica " y añade "los jueces actúan normalmente con ética, responsabilidad y rigor, pero la irresponsabilidad, corrupción e ineficiencia no son suficientemente castigados" (¿dónde la igualdad?). También habla de la "fuerte politización" se sus órganos de gobierno (¿dónde la independencia?). A eso añade la presencia de un fuerte corporativismo (¿dónde la igualdad?). Se aprecia últimamente una clara opacidad que impide conocer sus decisiones disciplinarias (¿dónde la claridad?). Las sanciones son leves (¿dónde el rigor?). El juez Manuel Arce acumuló durante 10 años 500 asuntos sin resolver (¿dónde la laboriosidad?). "La salud psíquica de los jueces, a diferencia de otros funcionarios, no se evalúa ni antes ni después del ingreso en la carrera  judicial" ,"Es un secreto a voces que hay compañeros con trastornos psíquicos y que sus caos no se abordan con rápidez" (¿dónde la cordura?)...

¿Qué les pasa a estos hombres? Porque si bien es cierto que la mayoría parece que cumplen con el modelo que su función les exige ¿porqué no reaccionan con más contundencia, rigor y ecuanimidad en cuanto el acto a juzgar les afecta a ellos mismos?
¿Cómo puede ser que mientras en unos casos se pasan de frenada, en otros se saltan todas las señales de peligro y aceleran? La triplicada instrucción sumarial contra el Juez Baltasan Garçon es un ejemplo para muchos de parcialidad, discriminación y sospechosa oportunidad.  
Me ruborizo cuando tengo que pagar por una simple multa de tráfico más que la sanción a un juez que traspapela (es su explicación) un expediente que deja en libertad un condenado por abusos sexuales el cual, mediando esa circunstacia, asesina a una niña.
Me sonrojo a veces al explicar a los niños la división de poderes cuando me encuentro en la prensa que las influencias pólíticas pesan en su elección o que, símplemente, se clasifican en más conservadores o más progresistas.
Me avergüenzo cuando Organizaciones Internacionales de reconocido prestigio se avergüenzan a su vez del espectáculo de nuestra justicia en el caso del Juez Garçon...  

Tú, juez, también eres hombre: nada humano te es ajeno. A ti, juez, al prevaricador, parcial, incompetente, dependiente, injusto... pero también a ti, al indiferente, yo acuso. 

sábado, 28 de enero de 2012

Del OK al KO

OK. Así en un escueto email autorizaba Ignacio Urgandarín, el yernísimo, el deshacio de una mujer y posterior embargo de parte de su sueldo al que, dicen, tienen localizado. Un "All Correct" que de correcto no tiene nada. Como igualmente inmoral e incorrecto es  utilizar asociaciones y fundaciones que luchan por los desfavorecidos (los "sinfavores" de la Tierra) para la compraventa de favores personales. Algo muy grave ha tenido que pasar para que a un deportista laureado y campeonísmo se le hayan subido las muchas copas a la cabeza. ¿Qué niña querrá, a partir de ahora, ser princesa? ¿Quién puede  ya asegurar la honorabilidad de su rey? En el esperado discurso navideño, nuestro monarca aseguraba que “la justicia debe de ser igual para todos”, pero (Orwel dixit) ¿para unos más igual que para otros? ¿Porqué, tras conocer los turbios manejos de su yerno, le ofreció la posibilidad de "desaparecer" de la escena? ¿Por qué no lo denunció? ¿Por qué se comienza la instrucción sumarial justamente a los cinco años de dejar la presidencia de Nóos, precisamente cuando comienzan a prescribir los delitos?
Leo los periódicos con la mirada triste, con la esperanza perdida, con la inocencia violada. Al hombre le duermen con cuentos, decía León Felipe:

Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.


Ya sólo me queda la brutal pegada del boxeador golpeado. Sólo deseo la justicia por venganza y un round final con un directo a la mandíbula: Ignarcio Urgandarín. Perdedor por KO.

viernes, 27 de enero de 2012

Palomares del Campo: Manual de supervivencia.

Catálogo de normas y usos que el visitante necesita saber para sobrevivir en  Palomares del Campo.


A ti, viajero que recalas en este singular pueblo manchego, me dirijo para advertirte de las peculiares costumbre de estas gentes y mostrarte la necesaria sabiduría para entenderlas y no meter la pata lo que haría que pasaras penalidades sin cuento,  sufrieras mal de ojo o fueras víctima de desconfianzas y asechanzas por parte de los naturales del lugar.

Primero has de saber que en Palomares, cuatro huevos son dos pares. Esta obviedad es una concesión a la lógica, pero no siempre es así: por ejemplo, en el bar de la esquina, el dueño fuma bajo el cartel que lo prohibe con gran satisfacción y desparpajo; igualmente la vía pública (la calzada) es asaltada a partir de ciertas horas de la tarde por decenas de mesas cortando el paso impunemente al cabreado conductor que aguanta la inamovible postura de los usuarios repampingados en sus sillas.

Incluso en el terreno sagrado de su ermita se organizan escandalosos bailes y parrandas, en las que son participantes obligados los más tiernos infantes que, en brazos de sus propias madres, dan vueltas y vueltas frenéticamente al compás de una música atronadora. A esta bárbara costumbre dan en llamarle "La Ofrenda".

El pueblo está en querella con el agua y los árboles. Los más viejos del lugar recuerdan un lugar llamado "El Molinillo" donde la juventud y la chiquillería se bañaban. Hoy día ya no hay memoria ni siquiera del lugar. Ni una fuente verás en el campo. Si alguna hubo está emponzoñada por los excrementos de las ovejas o cegada por los propios labradores. Algún pozo, vestigio de tiempos pretéritos, asoma su brocal oxidado en medio de alguna tierra de labor sin traza ya del líquido elemento.  El agua salobre que se extrae del subsuelo encala tuberías y enfosca los estómagos con una gruesa capa caliza. Cocer unas judías en Palomares exige paciencia infinita o el acarreo de gruesos bidones con agua de Madrid, la única lo suficientemente blanda como para enternecer estas legumbres. A una milla del pueblo apenas hay árboles. Todos fueron cortados y apenas sobreviven los olivos por aquello de que algo dan, además de sombra. En el casco urbano se mantienen algunos gracias a que los chicuelos, por su tierna piel, necesitan sombra para aguantar el fuerte sol de agosto.

En sus calles las distancias no se miden por metros o kilómetros, sino por encuentros. Recorrer una calle puede llevarte la mañana entera. El tiempo no se mide por horas, sino por hambre: vuelves a casa cuando necesitas comer pero entre botellines (que sólo con la malta ya alimentan y con el gas llenan la panza) y tapas de torresnillos o patatas ajipicantes, el hambre se olvida de aparecer y con suerte llegas a comer a la hora de la cena. La alegría se mide por grados (etílicos). La simpatía tiene su medida alternativa en el el dial del volumen de la voz.

La vida social es intensa y compleja. Para irse enterando de cómo funciona no vendrá mal verse la serie completa de José Mota que bien pudo haber tomado notas y apuntes en el propio pueblo, pues hay personajes que los clava. Paisanos de por aquí (o familiares directos) son la vieja'l visillo y el cansino. En cada calle hay una o varias cotillas con gran trajín de correveidiles. Los cansinos son legión. En cuanto te descuidas te echan el brazo a la espalda y te arrastran a recorrer uno tras otro la media docena de bares del pueblo. Lo quieras o no un ejército de botellines desfilarán por el mostrador. Tendrás que hacer los honores al ejército local con otro similar que compita en efectivos con el anfitrión. Después de abrevar el abundante zumo de cebada es obligatorio desbeber frecuentemente en alguno de los retretes (debes aprender a hacerlo en los retretes turcos, que aún están en uso en el pueblo).

Quien llegue a Palomares admirará que, de los 750 habitantes del pueblo, todos se conocen. Incluso cuando esta cifra se triplica en verano todo el mundo encuentra rápidamente la rama correspondiente de tu árbol genealógico:  ¡Ah!, ¡Tu eres de Fulanita!; ¡A tu primo Menganito le conozco yo...!. Necesitarás un extenso directorio mental (o en su lugar una bien documentada libreta) para registrar la enorme cantidad de familiares y conocidos que te interpelarán, que te asaltarán a pie de calle y darán por supuesto que están registrados en tu codex cerebral que por momentos chisporrotea y se cuelga como un viejo windows saturado: muchos megas de familia para tan  poco procesador.

Para entenderse con los naturales del lugar, el visitante,  deberá tomar clases de "palomareño"(*1) y practicar algunas situaciones comunicativas:
Por ejemplo: tras el saludo preceptivo te preguntarán inmediatamente
- ¿Qué tal tu familia?
Pues bien, ¡ni se te ocurra contestar educadamente explicándoles que a tu padre le operan o que tu madre anda algo pachucha! Ni lo esperan ni les importa. Contesta con un lacónico ¡Bien! y verás como eres inmediatamente aceptado en la conversación. Si por algún incomprensible equívoco pretendes responder como Dios manda, notarás que el interlocutor tuerce la mirada buscando a algún conocido al que pasa a saludar dejándote con la palabra en los labios. No hables apenas de ti y sí mucho de ellos. Asiente con la cabeza a todo aunque estés en le más completo de los desacuerdos. Habla continuamente, no dejes que el más mínimo instante de silencio se cuele en la conversación. Si, por casualidad, no sois más que dos personas, será imprescindible buscar en el máximo plazo de un minuto alguno más. Tanta intimidad incomoda. Otea urgentemente el horizonte e interpela a cualquier conocido, a fin de que el grupo sea mayor. Interrumpe la conversación sin pudor: divisar un famiiar, una frase demasiado larga de tu interlocutor (unas 10 palabras ya son muchas) o una repentina pérdida de interés son motivo más que suficiente para dejar con la palabra en la boca a tu acompañante.

Hazte lo antes posible con un diccionario del argot local. Has de saber que te llamarán
"Hermosón" aunque seas más feo que Picio; escucharás ¡Ah, copón! y no significará ni copa, ni cáliz sagrado, ni as de un palo de la baraja; sólo será una manifestación de sorpresa y ¡Qué jodío! no significa que te hayan pasado por el aro, sino al contrario que eres un tío listo.

Practica los ejercicios de sintaxis y frases hechas del lugar: "¡Qué bien te veo!" no quiere decir que tengas buen lustre sino que has engordado cantidad, "ves a la plaza" no está relacionado con tu capacidad visual, sino de traslación;"aiva dai" es una exigencia urgente para que te apartes; ¿ande? no es una pregunta a propósito de si caminas sino adónde lo haces; "va un aplico" que te has hecho un lío...

Quizá escuches una conversación en palomareño profundo de la que no entenderán nada:
- ¡Lieee, Celipe!  ¿Cazis?
- ¿Neneskaavinio? ¿Ande vas con ese ato?  ¡Paices un ceomo!
- Deja de alikatar. Dame un abazo y ven aento, ascape, ancá la Manesa.

Sólo en Palomares ocurre que los gatos aruñan, los burros blincan, el perro del hortelano es un catamierdas, se tiran covetes, se comen cloquetas,  el vino se vende en botellas dalitro, los endrogáos sufren dobledosis, se paga con ebros, la sopa está duz, se echa la peoná a las chufleteras, uno se emperejila para convencerte, en el bar estamos entumíos, los niños se tiran al escurrizón, espizcas el jamón, no trabajas por fanegas, eres un follagas, te enrollas con girigoncias, te gusta el dulce más que a un husmo, conduces un jondi, enciendes la luste se ocurren cosas, contestas una ñamada, juegas un partiaco, te bañas en la pincina, ves una pinícula, tienes raseca por la mañana, eres sospechante de asesinato, serán samugotastardototobío o tontusco...

Después de todos estos años que le visito he llegado a la conclusión de que, efectivamente, la gente del pueblo trabaja (hubo momentos en que lo puse en duda pues siempre llegaba en vacaciones o fiestas y la gente no salía de los bares). Pude deducirlo porque cada año se construyen varias casas y los campos de labor aparecen arados y segados de un año para otro. Lo del trabajo parece ser cosa de las personas de mediana edad ya que los jóvenes hacen más bien vida nocturna en bares, peñas y discotecas. En su caso las camas se ocupan al amanecer y para la comida toman el desayuno.
Para las fiestas, la gente debe acudir bien descansada pues son agotadoras. Sólo así aguantarás el "galopeo" (equina costumbre donde, sin caballos jerezanos, el personal baila y galpa por las calles del pueblo al son de la banda y se abreva abundantemente de la bota). El que quiera abono completo deberá levantarse hacia el mediodía para poder tener tiempo de tomarse su media docena de vermuts antes de comer. Las tapas habrán engañado el hambre hasta bien pasadas las 4 o las 5. Se comerá entonces en familia (excepción hecha de jóvenes y adolescentes que estarán aún durmiendo) y aparecerán a los postres en pijama y con toalla para ducharse. Entre platos es obligatoria una o varias discusiones a viva voz que dejen los morros bien dispuestos para los postres. Luego la gente se desperdigará por habitaciones y salones para echarse un sueñecito. Poco después muchos irán a los toros y despacharán la tarde hasta que, finalizas corridas y capeas, se ronde calle arriba y calle abajo buscando encuentros y enganchando paliques. Se quedará en algún bar al que nunca se llega. Finalmente se logrará reunir la pandilla familiar a primera hora de la noche en algún otro bar alternativo (pues al original no llegó nadie y el que lo hizo se fue aburrido de esperar). Tras nuevas rondas de botellines alguien sugerirá ir a cenar. Haciéndose los remolones se llegará al lar familiar y, algunos, cenarán platillos con restos de la comida y embutido, todo ello regado por tinto de verano.
Un ratito de tele y de nuevo a rondar. Ahora tocan las consumiciones de licores y combinados. Es el momento de pelar la hebra con un wiski en la mano en medio de la calle o de sentarse y charlar en algún pub o el merendero. A veces ponen música en vivo en el merendero. Allí se pasa buena parte de la noche en medio de una música violentísima al oído pero muy agasajada por el pueblo. Inexplicablemente muchos son capaces de hablar y entenderse en medio de semejante tormenta de decibelios.

Los que no podemos más, los que estamos reventados, hace tiempo que deseamos irnos a dormir y, en cuanto podemos, nos escabullimos en dirección a casa. La música del merendero nos persigue hasta el pie de la cama impulsada por decenas de kilowatios de potencia.

Otros siguen paseando su vaso de cubata de peña en peña o se internan en la selva humana del pabellón deportivo donde hasta altas horas de la noche toca una orquesta ante un público entregado. El personal baila sujetando el fiel compañero: el vaso del cubata. Cuando el grupo, agotado, deja de tocar; los recalcitrantes de la noche buscan el refugio de los pubs o acuden a los fríos recintos de las peñas donde con suerte, en algún viejo sofá, echan alguna cabezadita entre copa y copa.

Y así hasta el amanecer. Entonces las noctámbulas criaturas se encaminan a casa, eso sí,  con algunos problemas en su sistema de navegación. Con suerte verán a alguien de la familia al día siguiente, puede que a la hora de cenar...

*1Diccionario palomareño

martes, 24 de enero de 2012

Algo que contar

Amaneció hace quince minutos. Tomo mi agenda para escribir alguna entrada para mi blog. Son ahora las 8:25 del 24 de enero de 2012. He llegado a trabajar con más de media hora de antelación a San Martín de la Vega en mi modesto peugot 206 y estoy aparcado a escasos metros del bar restaurante "Amigos de Mario" donde dos solitarios barriles en la puerta aguardan los primeros rayos de sol que inviten a la clientela a esperar fuera del recinto.

Es martes. Desde hace una hora, durante el viaje hasta aquí, estoy escuchando las noticias por la radio. Los temas se desgranan en el magacín matinal "En dias como hoy" presentado por Juan Ramón Lucas sorprendiéndonos en este nuevo amanecer. Hoy reapaso la rueda de titulares y observo que todos tienen el común denominador de empezar por "m", Una m de mal y de maldad, una m de maldito y quizás también una m de milagro:

M de Marta, de Marta del Castillo.
Hoy se cumple el tercer aniversario de su asesinato y desaparción. El juicio finalizó la semana pasada. El único condenado confeso no ha facilitado información alguna sobre el paradero de su cadáver. Ha resultado un caso desesperante con confesiones y desmentidos, con búsquedas y contrabúsquedas, con gran sensación de desasosiego, con creciente indignación contra los acusados... En toda España están convocadas hoy manifestaciones para exigir a la justicia unas leyes más efectivas, una justicia más reparadora. Nadie sabe, aún hoy, a ciencia cierta cómo fueron las últimas horas de esta joven (rectifico: alguien lo sabe, pero lo calla). Pienso en los sótanos oscuros, en las ocultas habitaciones, en las ruinas alejadas, en los descampados, en las frias mazmorras o en las cárceles interiores; donde tantas y tantas personas sufren la violación, la tortura, la humillación ante sus propios semejantes. ¿Quién podrá recordarles? ¿Quién, al menos, reconocerles? Un sentimiento de rabia y de apoyo, que no sé cómo les podrá llegar, les envío en este momento. Su desgracia se multiplica por la soledad y se eleva al infininto por la ignorancia, por su insoportable invisibilidad. La impunidad de sus verdugos es el último y más feroz tormento para estas personas que de las que sólo existe ya su desconocido sufrimiento.

M de muertos, de Muertos del franquismo.
Cómo en un juego de palabras, los locutores se recrean en la frase: "El juez juzgado". Con sañuda insistencia, por triplicado, un grupo de jueces se aplica a remachar el clavo que sobresale en la clase judicial. Si no es a la primera, será a la segunda o quizás a la tercera, pero a ese juez se la tenían mal jurada. Ante el escarnio de los familiares de las víctimas el mundo asiste estupefacto a la humillación de un juez que osó abrir de nuevo las sepulturas y comprobar las mentiras de la historia. Periodistas, asociaciones internacionales de derechos humanos y jueces de muchas naciones asisten escandalizados a esta ceremonia de la Inquisición.

M de Mercados. M de moneda.
Hoy ya se da por seguro que, en la economía española, dejaremos los números naturales y enraremos en los enteros negativos. En los Mercados ya han etiquetado el crecimiento del producto nacional bruto con el guarismo: -1,5 para el próximo año. Entramos de cabeza en recesión.
El euro, moneda ahijada de la hermosa, la ingenua Europa; es raptada por el poderoso ímpetu de Zeus (el Dios de las finanzas) en forma de Toro (los Mercados) como en la vieja fábula. Así lo cuenta el poeta Ovidio en una gráfica descripción:
      Y poco a poco, el miedo quitado, ora sus pechos le presta
para que con su virgínea mano lo palme,
ora los cuernos, para que guirnaldas nuevas le impongan.
 Se atrevió también la regia virgen,
ignorante de a quién montaba, en la espalda sentarse del toro:
cuando el dios, de la tierra y del seco litoral, insensiblemente,
las falsas plantas de sus pies a lo primero pone en las ondas;
de allí se va más lejos, y por las superficies de mitad del ponto
se lleva su botín. Se asusta ella y, arrancada a su litoral abandonado,
vuelve a él sus ojos, y con la diestra un cuerno tiene, la otra al dorso

impuesta está; trémulas ondulan con la brisa sus ropas.
Reconoced que es sugerente el relato. El euro, con candorosa ingenuidad, juguetea con los mercados, acaricia los poderosos productos financieros, hasta que el toro, con vigor incontenible, la arrebata del suelo y la rapta. ¿Hacia dónde? ¿Lo adivináis?: Hacia Creta, a dos palmos de Grecia, donde la mantiene secuestrada y es violada a placer. La moneda de 2€ griega (¿más casualidades?) tiene grabada en una de sus caras esta historia.

M de marido de la Infanta.
Iñaki Urgandarín, esposo de la Infanta Cristina, tras visitar Barcelona de incógnito y preparar sus "deberes" con su abogado se ha vuelto a su refugio americano de Washington, a donde fue exiliado involuntariamente por su suegro. Su abogado Mario Pascual Vives (y en este caso es una M de mentira) ha asegurado que su defendido ha pagado "muchos impuestos" "mucho IVA"... (¡Dios mio, cuantas emes de manipulación!). No se trata, querido Pascual, de que pague "mucho" (¡Porque tiene muchísimo!) se trata de que pague lo que tiene que pagar: lo que le toca, como nos toca a cada uno de nosotros en función de nuestros ingresos y eso que no hacemos informes "creativos", montamos asesorías "de imagen", ni manejamos ONGs  (Organizaciones de Nepotismos Gananciales). Por mi parte mantengo ciertas reservas sobre la actuación de nuestro monarca a propósito del caso. Según las informaciones que van apareciendo su comportamiento podría parecer de "encubrimiento". Existe literatura legar sobre el tema.
M de Mouriño. M de Madrid-Barsa.
Hoy nos cuentan que Mouriño asistió a la última rueda de prensa seco, cortante, antipático... El Barcelona está agriando (aún más si cabe) el carácter a este personaje tan bien pagado de sí mismo. Baste mentarle "La Bicha" para que saque los mismos modales que su querido Pepe. Si este clavó los tacos en la mano a Mesi, Mouriño de buena gana clavaría los dientes en la mano que sujeta los micrófonos... 

M de Milagro. M de Mirandés.
Porque eso es lo que espera este club burgalés en el partido contra el Español. Juan Ramón Lucas abría su programa explicando que lo que más excita a un periodista es poder subvertir la realidad habitual con noticias como esta. Que el Mirandés se coloque en semifinales venciendo al Español sería como encabezar una noticia con este titular: "Perro mordido por su amo". Como los milagros  existen, confiemos en ellos.  
Y este es el resumen de las noticias en esta mañana de martes que yo termino en este mismo momento.
Firmado
J. Marcial. (El de la eme)

domingo, 22 de enero de 2012

Homo sum (7) Bajo las sábanas.


"Hay niños que leen bajo las sábanas, con la linterna en la mano, en contra del mundo entero. Hay una dimensión de transgresión en la lectura. Si hay tantos lectores que lean por la noche, si leer es con frecuencia un acto de oscuridad, no es solamente porque hay en ello un sentimiento de culpa: de esta manera se crea un espacio para la intimidad, un jardín protegido de las miradas. Se lee sobre los márgenes, las riberas de la vida, en los linderos del mundo. Tal vez no hay que desear que se haga la luz en ese jardín. Dejemos a la lectura, como el amor, conservar su parte de oscuridad."

MICHELE PETIT. Antropóloga.


A mis catorce años, interno y junior en Arévalo, me encantaba la nocturna transgresión de leer bajo las sábanas. Anunciado el toque de queda con unas palmadas desde el pasillo, a la hora señalada, se apagaban las luces y nosotros, retirados en nuestra habitación individual, debíamos apagar las luces. El cristal translúcido de la puerta delataría nuestro desvelo y a partir de las 11, lo prescrito era dormir. Sin embargo muchos de nosotros intentábamos algún tiempo más a la jornada en un acto íntimo y protegido, con un cierto sentimiento de culpa que lo hacía aún más excitante.
Para la ocasión cada cual se ingeniaba como podía. La mayoría usábamos linternas pero las pilas se agotaban rápidamente y algunos habilitaron un sitio en su armario ropero y, a la luz de una vela, leían acurrucados su novela favorita. No sé cómo alguno no se axfisió en medio del aire enrarecido de aquellas largas veladas. Por otro lado había que estar pendientes de no dejar la mínima rendija pues los hermanos vigilaban el pasillo dando periódicos paseos.

En aquel año yo había comenzado la lectura del Quijote. Lo hice sobre un viejo ejemplar de papel amarillento y quebradizo que encontré entre los viejos libros de la casa del pueblo. Tenía las tapas rotas y gastadas y las hube de remendar. Fue elección voluntaria lo que hio que no le odiara, como suele ser frecuente en los obligados deberes escolares. En su letra diminuta encontré historias de moras enamoradas y largas aventuras en territorio turco. Abierto al azar, esos capítulos -tan alejados de las selecciones habituales- fueron los que merecieron entonces mi atención.
Una de aquellas noches, cuando llevaba leyendo unos diez minutos, en el silencio y la oscuridad del ala de los dormitorios, unos golpes en la puerta me sobresaltaron. Pensé que quizás algún pliegue de la manta permitía escaparse alguna mínima rendija de luz.
Aplasté concienzudamente los bordes de la manta sellando completamente aquel espacio. Debía estar ya completamente opaco. Esperé... De nuevo sonaron otra vez los golpes, esta vez  apremiantes... Asustado opté por apagar la linterna y esperar que el hermano se sintiera así satisfecho y se fuera. Pasados unos segundos, de nuevo los golpes, esta vez irritados. ¿Cómo era posible que aún viera luz si ya había apagado la linterna? Aparté violentamente las sábanas y di un brinco en la cama. Entonces, para mi sorpresa, me encontre con mi habitación perfectamente iluminada: ¡Me había dejado la luz encendida!

viernes, 20 de enero de 2012

Homo sum(9): Dos sillones en medio del campo de trigo

Hubo un tiempo en que tuve 9 años y vivía en un barrio de Burgos que me permitía abandonar rápidamente el casco urbano, cruzar la delgada franja industrial que en aquella época la rodeaba y adentrarme enseguida entre campos agrícolas y caminos se servidumbre para antiguos tractores.

Compañeros de aquel tiempo eran los chicos del barrio y los compañeros del colegio que nos juntábamos y salíamos a recorrer los campos hasta distancias que se nos hacían lejísimas (hoy en día he comprobado que no era para tanto). Explorábamos los interminables campos de labor, hacíamos pequeñas cabañas en algún escondido rincón y rebuscábamos entre ruinas y descampados con la esperanza de encontrar escondidos tesoros o, al menos, algo que nos sorprendiera.

Uno de aquellos días atravesamos el extrarradio, cruzamos el circuito de motocros de S. Isidro y nos alejamos hasta unos sembrados sitos en lo que hoy en día es un polígono comercial. Casi podría jurar que en el lugar del que voy a hablar se alza hoy en día un concesionario de automóviles Wolswagen.

Éramos tres en la pandilla. Corríamos alborozados divirtiéndonos con juegos olvidados. Uno de nosotros llegó a ver en medio de un ámplio trigal la discordante nota de color de dos sillones de automóvil rojos que alguien, posiblemente otros chiquillos, habían transportado penosamente hasta allí. Era una cosa tan improbable que nos impulsó a llegar hasta ellos pisoteando la mies hasta justo el centro del sembrado: ¿Que hacían los asientos de un coche en medio del campo de mies a modo de surreal sofá?
Cuando llegamos nos repamplingamos enseguida excitados y gozosos retozando divertidos bajo el sol de junio. Jugamos a ser arriesgados pilotos conduciendo por cirtuitos imaginarios. En medio de esta fantasía yo, sentado en un asiento individual enfrente del asiento trasero de dos plazas, veo que mis amigos se levantan súbitamente y echan a correr presos del pánico  hacia la linde del campo. Yo, desconcertado, tardo un momento en reaccionar y, al segundo, noto un tirón en la oreja derdecha al tiempo que una voz ronca de cólera me increpa y amenaza:
- ¡Os parece bonito destrozar el sembrao así! ¿No tenéis otro sitio pa jugar? ¡Yo os enseñaré...!
Y en esto me hizaba agarrando fuertemente la ternilla de mi pabellón auditivo mientras yo me quejaba y lloriqueaba poniéndome de puntillas para suavizar el tirón que estaba a punto de arrancarme el delicado miembro.  Así sujeto, a rápidas zancadas, me sacó del campo de trigo hasta el camino y allí alzó el puño libre y lanzó las últimas amenazas a mis amigos que, ya a lo lejos, corrían como almas en pena.  Me quedé solo. El labriego no dejaba de de reñirme y amenazarme:
- ¡Te voy a llevar a la Guardia Civil! ¡Te van a meter en un reformatorio...! ¡Me vas a pagar to el grano estropeao!
Yo estaba aterrorizado y no dejaba de llorar. La oreja me dolía terribleblemente y aquel señor no aflojaba ni un instante que me permitiera echar a correr. Aduvimos dos kilómetros hasta penetrar en el casco urbano y el dueño del sembrao seguía aprentando. Preguntaba:
-¿Dónde vives?, que te voy a llevar a tus padres y me van a tener que pagar to lo que has destrozao...
Ante esta amenaza quedé aterrorizado. Si se enteraban mis padres era el fin. Por primera vez en mi vida mentí, con el atenuante de la supervivencia. Inventé una dirección falsa lo más deprisa que pude y recé para mis adentros para que en el trayecto hasta allí tuviera una oportunidad de huir.
Al poco, el labriego, se fue apaciguando y ya sea por la imagen que presentábamos en las calles, ya sea movido por la compasión, acabó por soltarme y, tras un duro sermón, me dijo que fuera a casa no sin añadir que visitaría a mis padres en la dirección proporcionada para contarles mi golfería.
Marché a todo correr. Miré varias veces para atrás no sea que aún me persiguiera, No paré hasta casa y supliqué a Dios no encontrarme otra vez con ese hombre, más aún, después de que comprobara que le mentí al darle mis señas.

Así, con la oreja ardiente y una vergüenza insoportable, me presenté en el barrio donde encontré a mis dos amigos a los que no quise ni saludar. Subí a casa y me encerré en el baño un largo rato. La oreja continuó roja un día entero. De nada sirvieron las muchas veces que la refresqué con agua en mi larga estancia en el servicio.

miércoles, 18 de enero de 2012

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte V: "La pastilla".

Me gustaría explicaros la fascinación que ejercían en mí las estancias de la casa de mi tío.
Yo, chico de ciudad tan pobre como cualquiera del pueblo, pero habituado a las calles, colegios y jardines de Burgos; me quedaba extasiado cuando traspasaba la penumbra de unas paneras, o subía las crujientes escaleras que llevaban al piso superior, sobre las cuadras, donde entre montones de paja sobre el suelo de tierra apisonada, las gallinas cluecas empollaban sus huevos. El sitio más sugerente era la Hornera (hacía años que no se hacía pan en el viejo horno, situado justo a la izquierda de la entrada). Ahora era un maravilloso almacén repleto de los objetos más extraños. Mi tío era un maestro del reciclado y tenía la más increíble colección de tornillos, hierros, cueros, cuerdas, telas, puntas, alambres, botes, frascos y sin fin de objetos menudos cuyo uso aún no era capaz de adivinar. De las paredes y techos colgaban un centenar de herramientas, muchas de ellas artesanales, y todas más o menos retocadas o arregladas muchas veces por mi tío que muchos días pasaba largas horas en este recinto. Verle trabajar allí era para mí una oportunidad que nunca rechazaba. Muchos otros tesoros se almacenaban en aparente desorden en la hornera. Recuerdos de la guerra como su bayoneta en perfecto estado o algunas granadas italianas que trajo de recuerdo de la guerra o un puñado de balas de diferentes clases... Todas estas cosas excitaban mi curiosidad.

Las otras estancias también tenían interés: las habitaciones de arriba, sobrias y arregladas, a las que casi nunca subíamos; las habitaciones de "ca Isaac", la casa contigua a la que se accedía por otra puerta desde la calle con sus paredes desnudas cubiertas de barro toscamente trullado y siempre llenas de baúles, cajas, calzados viejos; la propia cocina donde ardía un fuego manso y controlado y donde cocían unas patatas en viejas y renegridas latas de conserva...

Cuando era crío bien me gustaba esconderme en el hueco de las escaleras, allá donde estaba el arca del pan y la zapatería de toda la familia. Era el sito preciso: piso de tierra apisonada justo antes de la entrada a la zona pavimentada y cerca de la puerta que daba al patio, cuyo suelo estaba muchas veces embarrado. Un lugar de devoción era la despensa compuesta de dos estancias. Una más pequeña tras una entrada cubierta con una cortina. Estaba llena de estantes (era el lugar de las galletas) y otra mayor con un ventanuco que daba al patio. En esta última se instalaba la vieja carral, que hizo el viaje hasta Sahagún varias veces para volver llena de vino de Toro y que últimamente se llenaba con camiones cisternas que acercaban el vino hasta la misma puerta. Muchas veces fui el encargado de llenar la botella de vino que, antes de las comidas, mandaba mi tío rellenar insistiendo siempre en que cerrara luego la canal. Algunas veces entré y fisgué este lugar pleno de olores rancios y aromáticos a la par. Algunas gotillas de vino, a morro contra la espita, probé yo en aquellos tiempos.

El lugar habitual para entrar en la casa era el portalón. Dos grandes puertas verdes daban a la calle en la última casa del pueblo. Más de una vez el agua las había traspasado inundando el patio cuando se desbordaba el río Avión, tras las grandes lluvias de primavera, por ser la casa más baja del pueblo. Normalmente estaba allí atado alguno de los perros que mi tío usaba para ayudarse con las ovejas y las vacas. Perros fieles y sufridos que arriesgaban su vida entre las patas de las vacas mordiendo sus pantorrillas y expuestos a las coces que los animales soltaban al azar. Así es que muchas veces no se cerraban sus puertas y se dejaban al cuidado del perro que estaba allí atado.

Un día de verano otro chico del pueblo y yo buscábamos la manera de pasar la tarde. A mí se me ocurrió enseñarle la casa de mi tío. Cuando llegamos no había nadie. Conociendo que las puertas del portalón estaban abiertas, decidí enseñársela personalmente. Entramos sin encontrar oposición en el perro que me conocía y le mostré los rincones más interesantes del patio: la hornera, las cuadras, el pajar, las paneras... La puerta interior de la casa estaba cerrada con un pasador. Excitados con la aventura utilizamos una navajilla para correrlo suavemente a través de la holgura de la puerta. La abrimos y pasamos dentro. Exploramos todas las dependencias que tan bien conocía y mostré a mi amigo todos los secretos de la planta baja. Luego subimos a las habitaciones y empezamos a registrar las mesillas. En una de ellas aparecieron unas enormes pastillas, grandes como galletas. No nos imaginábamos quién podría usar unas pastillas tan grandes. No sé muy bien cómo surgió entre nosotros el reto de comérnoslas. Al final me embarqué en una apuesta sobre si era capaz de comerme una de las pastillas. Cuando estaba a punto de tragármela y demostrar a mi incrédulo compañero que ganaría la apuesta se oyeron voces en la planta baja. Mis tíos acababan de llegar. Aterrados no nos atrevimos a movernos de la habitación. Algo debieron sospechar mis tíos porque enseguida subieron y nos sorprendieron con la mesilla abierta y las pastillas en la mano.

-"Pero chiquillos, ¿qué hacéis?". No juguéis con las pastillas de las vacas. Se las damos cuando están muy malas, que se mueren...

- ¨¡Glup!, qué poco faltó..."

lunes, 16 de enero de 2012

La recomendación.


Aún a costa de parecer abonado a las necrológicas, la noticia del fallecimiento ayer noche de Manuel Fraga Iribarne me ha traído a la memoria algunos recuerdos que quiero compartir.

Con sus 78 años, y su largo recorrido político (60 de ellos), en su figura se superponen como diapositivas amontonadas las imágenes en blanco y negro de político, ministro franquista, embajador, líder de AP y PP, madurito saludando en bañador y (ya en color) padre de la Constitución, eurodiputado  y presidente de Galicia.  A todas ellas yo tengo que añadir una personal transparencia con la imagen de una carta autógrafa que le añade el perfil de "recomendador". Me explico...

Era el año 1981. Yo recién hube aprobado la oposición y dando ya clases en Arganda del Rey dedicaba los fines de semana a pasear por Madrid: una ración de museo, alguna película, perezosos paseos por el centro, baratos menús del día en modestos restaurantes... En uno de aquellos paseos por la céntrica plaza de Lavapiés, al pasar al lado de una papelera, me fijé en que habían arrojado en ella una cartera de piel en perfecto estado. La cogí y registré su contenido. No había rastro del dinero, pero estaba completa la documentación al igual que algunas tarjetas y una carta doblada. Se me ocurrió abrirla y era nada menos que una recomendación escrita y firmada de puño y letra por el mismísimo Fraga para un puesto en la administración a favor de su propitario. Llevado por el loable motivo de tranquilizar al desvalijado dueño y devolverle su documentación para evitarle engorros y papeleos, le envié la cartera en un sobre y, en mi más candorosa ingenuidad, le incluí una carta en la que le afeaba su ventaja y clientelismo respecto a su famoso protector. Me dejé llevar por un pretencioso acto moralizante que al interesado, seguramente, le traía al pairo.   

Así entre los estereotipos que se tienen de su conocidad figura como su habla taquilálica (terror de logopedas), su paso renqueante, su particular megalomanía, su aportación a la transición y la democracia... yo añado la humana debilidad del clientelismo del cacique, un fruto abundante en la tierra donde nació.  

viernes, 13 de enero de 2012

Mi tío Felicísimo

El día 10 de enero, a sus 97 años, falleció mi tío Felicísimo.
Si hay algún arquetipo, algún modelo, de lo que debe ser un tío; el tío Felicísimo lo encarnaba. Para un niño de pocos años, para su sobrino, era una persona muy importante. Era él quien poseía la mayor parte de las cosas que valían la pena: una casa en los límites del pueblo cercana a  un pequeño arrollo, vecina de altos chopos y próxima al río; un hogar lleno de recovecos son su cuadra, hornera, pozo, desván, gallinero y leñera; un establo siempre lleno de animales donde nunca faltaron las vacas y los cerdos pero que muchas veces convivieron con burros, gallinas y perros; unos objetos fascinantes como balas y cartuchos, o granadas italianas de la guerra, o una pavonada bayoneta...  Él poseía los mágicos conocimientos para pescar cangrejos a mano, guiar  el carro y hacer obedecer a los perros;  tenía los fantásticos recuerdos de una guerra que en sus relatos se hacía amable y hasta divertida; poseía la misteriosa sabiduría de los campesinos que amasan el  pan con sus manos, que miran al cielo adivinando la lluvia o prediciendo la helada;  estaba en el conocimiento de todos los nombres de los campos, de arroyos, de plantas, de esquivos animalillos del campo... Sabía ser guasón y burlón como un niño; se sentía bien entre ellos montándoles en su trillo, llevándoles en su carro, dejando que le acompañaran como pequeños boiceros, permitiendo sus juegos alrededos de las innumerables faenas campesinas diarias. Gustaba de encargarles pequeñas trabajos: sujetar la lata en el trillo cuando las vacas están a punto de deprenderse de la boñiga, rellenar la botella de vino desde la carral de la despensa...
Quienes le conocieron de joven, rubio a lo Robert Reford, saben que tuvo que dedicarse desde niño a ayudar en las faenas del campo. Saben que acudió voluntario a guerrear contra quienes, pensaba, amenazaban sus más firmes creencias. Él mismo, cuando mi tía estaba "a los médicos" y la enfermedad le obligó a permanecer tantos meses en Madrid,  escribió sus aventuras de aquellos tres años de guerra fraticida en la que también convivió con "sinvergüenzas" italianos y "amigables" marroquíes.
Quienes le tratamos en la edad madura sabemos de su esfuerzo incansable, de su espíritu emprendedor, de su habilidad para reparar su casa, sus herramientas y fabricar ingeniosos cobertizos y tejados.
Vivimos con él aquellos días largos, sin horario laboral, en los que se hacían tantas cosas. Compartimos a veces con él las innumerables rutinas diarias: salir a arar al amanecer, segar la hierba, dar de comer a los animales, soltar las ovejas y las vacas al toque correspondiente, dar de comer a las gallinas, recoger los huevos, echar salvado y paja a las vacas, cocer patatas viejas para los cerdos, ordeñar a las vacas, sacar agua para los animales, cambiarles el lecho de paja, cavar  una nueva zanja para riego, hacer el pan, cosechar cerca de Rabanillo, aprovechar una suerte de leña... siempre agitado, siempre impaciente por hacer más y más deprisa, desviviéndose por exprimir al día sus escasos minutos...
Cuando le llegó la jubilación tuvo que sacrificar su campesina inquietud, a veces años enteros, viviendo en la gran ciudad donde halló entretenimiento y consuelo recordando y escribiendo historias de su vida. Aprovechó lo que pudo aún para continuar con la forma de vida que conocía y entendía, la vida del campo, y aún cavó su huertita donde plantaba tomates, lechugas... aunque a veces no recordaba donde plantara las cebollas.
Al llegar la vejez, cuando las fuerzas apenas alcanzan para sustentar un mínimo aliento de vida, permaneció en su casa en los límites del pueblo, al cuidado de sus hijas, esperando las visitas de sus nietos, sobrinos y conocidos; de su hermana y cuñado en el verano con los que jugaba diaria partida hasta casi el final de sus días. Aún llegó a ver a sus biznietas y, conociendo que había cumplido su deber en esta tierra, se dejó morir en la compañia de sus hijas y hermana. Una muerte mansa, sin una queja, como toda su vida.
Ahora descansa en el pequeño cementerio de su querido pueblo de Ayuela. Un frio sol de invierno ilumina el nicho de su tumba, casi pegado a la tierra que tanto amó. Frente a sus familiares y amigos, con el fondo incomparable del arroyo Valcuende y el monte Santa María, descansa en paz Felicísimo, mi tío.      

jueves, 12 de enero de 2012

Homo sum (7): "Torres Muga, cosecha del 84"


Antes del euro sería pues el menú, de 1000 ptas, se anunciaba con tiza en la pizarra en la rubia moneda de entonces. Pongamos que fue el año 2000, no andaría muy desencaminado; el caso es que el grupo de profesores que salíamos habitualmente a comer fuera del recinto escolar (por aquello de desintoxicarse de la droga docente) nos acercamos dando un paseo a La Casa Vieja, restaurante que no nos pillaba muy a mano, pero del que yo había dado muy buenas referencias al haber comido allí un menú del día muy excelente por la redonda cifra de una unidad de millar de monedas al uso.  Esa cantidad se excedía un poco del costo de un menú corriente y un mucho de las 400 ptas que costaba el rancho habitual del comedor de la Universidad de Medicina donde recalábamos la mayor parte de las veces, pero ¡un día es un día y en la variedad está el gusto!
Cuando subimos al comedor encontramos sobre las mesas ya puestas las bebidas y,  haciendo uso de la inveterada costumbre de tomar unos vinos antes de comer, pedimos nuestro menú y descorchamos la botella que nos aguardaba sobre el mantel haciendo los honores al tinto del menú, que resultó exquisito. Llegaron los primeros platos y la botella se había achicado por completo en un par de rondas. Pedimos otra más y el camarero, muy dispuesto, nos la trajo rápidamente. Era un buen vino. Entraba bien. Yo me permití hacer algún comentario sobre su evidente calidad... Quitaron importancia a mis  observaciones aduciendo que si había que pagar algo más, pues se pagaba...
Así dimos cuenta de nuestro modesto menú y, con el tiempo justo de volver, pedimos la cuenta. El eficiente camarero nos la trajo al instante. Éramos 7 personas. Nuestro menú importaba las 7000 convenidas, pero... ¡el precio de la bebida añadía 16.000 pesetas a la cuenta!. Nos habíamos tomado un Torres Muga, cosecha del 84, reserva y, no contentos con ello, repetimos botella a 8.000 pesetas frasco.
Enmudecimos. Nos miramos estupefactos (más bien estúpidofactos). Sacamos nuestros monederos consultando rápidamente si disponímos de tan abultados fondos. María Jesús, con voz quebrada se ofreció a prestar a quien no  pudiera tirando de su tarjeta de crédito. Nadie dijo nada. Álguien hizo rápidamente la cuenta y apoquinamos cada uno nuestra parte en silencio. Volvimos andando deprisa. Apenas comentando la tiritera que nos produjo el sablazo y maldiciendo con pesar nuestra ingenuidad.
Llegamos al colegio. Nos  sentamos en el banco del hall. Con la cara de panoli que se nos quedó acabamos echando una carcajada. María Jesús comentaba: ¡Como se entere mi marido...! Yo rumiaba mi falta de decisión para preguntar el precio de la botella y renegaba de mi timidez... José Andrés, no se explicaba cómo podían cobrar aquel precio por un vino... Pepe sonreía al pensar que había caído como un pardillo... Ángel pensaba en cómo se lo explicaría a su mujer... Nadie contó nada a ningún compañero, que -eso sí- nos notaron un tanto raros... Nos juramentamos en el secreto para salvar, al menos, nuestra honra ya que no nuestro pecunio.

domingo, 8 de enero de 2012

Belén Story

Antz caminaba a trancas y barrancas por el camino de arena del nacimiento. No sabía como pero una musiquilla se había apoderado de su cabeza y no paraba de tararear:

La hormiguita cojita
rota la patita
sin poder andar
la pobre hormiguita
se puso a llorar.
¡A ver cómo voy
cojita que estoy!…

Estaba desorientada. De mañana salió del hormiguero afanosamente, guardando su lugar en la fila. Cuando vió la luz percibió también una sombra que se abalanzaba sobre ella y una enorme mano que abatía el musgo como una tempestad atrapándola entre los tallos húmedos y brillantes. Luego transcurrieron largos momentos de agitación y oscuridad. De nuevo la mano gigantesca agarró el trozo de musgo que la atrapaba y lo extendió sobre una escarpada estructura. Corrió rauda a esconderse entre restos de cortezas y escorias oscuras.
El nuevo bosque era muy extraño. Sobre sus antenas se elevaba un cielo membranoso que crujía ásperamente. Tenía un color azul irreal y unos puntitos brillantes, pretendidas estrellas, relucían  reflejando los rayos de pequeños y cercanos soles encerrados en duras burbujas de cristal. El suelo estaba muerto. No sentía los miles de seres que pueblan el suelo del bosque. Los pequeños arbustos estaban secos. El musgo languidecía falto de humedad. En las laderas, entre las escorias que imitaban las rocas, una nieve falsa rodaba en cálidas bolitas a su paso. El camino tenía una arena dura y brillante sin un ápice de blanda arcilla que mitigara su complejo y articulado caminar. A su paso rígidas figuras en posiciones hieráticas, torpemente modeladas, exhibían forzadas poses. Todas parecías orientadas camino abajo, hacia una oquedad en la roca iluminad con luz dorada.
Antz atravesó un puente construído con ramitas encoladas que salvaba un extraño río formado por delgadas láminas metálicas. Varios patos inmóviles estaban  posados sobre él. Un dormido pescador dejaba colgar del extremo del sedal un grueso pez  rebozado en pintura gris. Al doblar un recodo no pudo evitar un sobresalto: una pastora yacía en el río, boca abajo, con el cántaro aún sobre su cabeza. Algún oscuro crimen se había cometido en este  estravagante pueblo de estatuas y autómatas. Cerca de los falsos arbustos hubo de dar  un rodeo: un extraño personaje con barretina estaba haciendo sus necesidades, se extrañó de que sus heces no olieran en absoluto a nada; tal vez un  poco a pintura...
Por un camino lateral venían unos extraños personajes a lomos de camellos. Hizo un gesto isntintivo por apartarse. Soy tonta -pensó- estas figuras están congeladas, no tienen vida: nada  pueden hacerme. Subió por las patas de uno de ellos y olisqueó las alforjas. Allí dentro doradas monedas amalgamadas brillaban en la oscuridad. Nada de valor ni de comer. Ya comprendía que sería difícil alimentarse en un lugar así.
De cuando en cuando, entre falsas casitas de cartón, salían destellos producidos por unas uvas luminosas. Cuando se acercó a una de ellas pensando en su jugoso néctar se abrasó las mandíbulas.¡Qué raro es este bosque! - pensó preocupada frotándose sus antenas para aliviar el dolor-.

Andando, andando, llegó a una oquedad que recordaba un poco a las cabañas de los humanos en su bosque natal. Allí, entre pajitas doradas ¡sin un solo grano de trigo! habían representado una familia de humanos que acababan de procrear. Se acercó con curiosidad hasta el pequeño lecho donde una figurita semejaba un bebé. Parecía tan real esta vez que frotó con sus antenas el piececito que sobresalía de la cuna. El pequeño pie se estremeció. Una risa infantil inundó el pequeño nacimiento. El alegre gorgeo recorrió cada rincón de aqella maqueta inanimada. Antz, asombrado, contempló que aquel extraño bosque volvía a la vida.

miércoles, 4 de enero de 2012

¡Manos arriba, Sus Majestades!


Mario estaba en su cama dándole vueltas al atraco. No podía ser muy difícil. Sus majestades sólo podían entrar  por la terraza o por la puerta. Estaba claro que vendrían solos. Los pajes, los camellos... eso eran cuentos chinos ¿Cómo van a subir los camellos las escalera o trepar por una cuerda? ¿Y qué hacen tantos pajes en el salón de su casa, con lo pequeño que es? Tenían que subir los tres (o quizás uno o dos a lo sumo). No necesitaban mucho personal para acarrear su pequeño regalo: una vulgar pelota de goma, de las que se pinchan a la primera... Claro que si llevaban un sólo regalo, tendría que secuestrar a uno de ellos y pedir de rescate 10 o 12 juguetes buenos, como los de Carlitos que le enseñó la carta y la lista no se acababa nunca. Usaría la pistola de juguete que le regalaron el año pasado, daría el pego pues parecía de verdad... Pondría una terrible cara de malo para que se lo tragaran...

Lo más seguro es que subieran por las escaleras, si no deberían tener las manos despellejadas de tanto trepar: habrá  por lo menos 1000 casas en el pueblo -pensaba-.
Deben tener  una llave maestra o algún truco de magia para abrirla. Él de mayor querría ser abridor de puertas y conocer un truco así sería fabuloso. Tenía que idear una forma de enterarse de cuando llegaban para pillarles con las manos en la masa.  Pensó en dejar a su perro Toby en su cojín junto a ella, sabía que se asustaría con su llegada y correría a meterse en su cama. Eso le despertaría y sabría que había llegado el gran momento.

No podía dejar que le reconocieran. Si llegaban a verle el rostro se quedaría sin regalos de por vida y seguro que se lo dirían a sus padres ¡los muy chivatos!. Usaría el disfraz de fantasma que se hizo con una sábana  para la noche de Haloween y  pondría voz profunda, cavernosa; para disimular su acento. Si llegaban a identificarle aún le quedaba el remedio de obligarles a punta de pistola a beber entera la botella de anís. Con las copas que llevaban de otras casas y toda la botella de golpe seguro que luego no recordarían nada...

Le preocupaba que llevaran espada. ¿Acaso no son Reyes? Todos los reyes tienen una espada grandísima. Pero seguro que no la usan. Son buenos ¿no? Con esa cara que ponen siempre en la cabalgata seguro que se dejarán robar.

De todas formas algo podía salir salir mal. Tengo que pensar en un plan B -se dijo-.
Está bien, si me entra el pánico o no puedo acercarme a ellos saldré al pasillo y rapiñaré todos los paquetes que hayan subido, porque ¿subirán todos los paquetes a la vez? ¿no? No van a estar subiendo y bajando escaleras para cada vecino, digo yo...

Mario seguía dándole vueltas a su plan. Desde el pequeño salón llegaban murmullos y voces apagadas... ¡Cuánto tardaban sus padres en acostarse!

Poco a poco enmudecieron los siseos y cesó el leve crujir del papel de embalaje. Se apagó la última luz. Mario dormía profundamente.

martes, 3 de enero de 2012

No soy guay


No soy guay, lo tengo claro. No llego a pato top-model en absoluto. Ando rumiando por ahí mi vulgaridad en soledad. Me embriago en los atardeceres con licores de tristeza y suplico al sol que se esconde heredar un poco de su brillo.
Mientras el resto de anátidas se lo pasa pipa en la marcha nocturna de la charca. Danzan un palmípedo balet con satifacción infatil. En los remansos oscuros de las  orillas se escuchan arruyados cua-cua entre los juntos. Efímeros espirales en el agua dibujan los machos en torno a las hembras mientras las cortejan y se exhiben orgullosos.

Pero yo no soy guay. Tengo oscura la mirada, sin fuegos artificiales. Me muevo despacio sin los impulsivos tics de mis hermanos. Me agobio en medio de la bandada y vuelo apartado. Renuncio a la carcajada y apuesto por la sonrisa.

Muchas veces intento ser way:  Ser prestidigitador, seductor, mago, enrollao, cachondo, marchosos, payaso, colegui... Es inútil. No me sale.  Inento el cua-cua y me sale el pío-pío. Yo no soy así.

Sé  que soy distinto. Intuyo que tan bueno o más que los superguays. Algo me dice que hay otros ojos que me verán diferente. Pero no sé el camino de la charca de los cisnes...

lunes, 2 de enero de 2012

Arqueología fotográfica

¡Vaya, hoy he aprendido a hacer un álbum con la herrramienta Picassa del todopoderoso Google! Así que os presento el primer álbum del blog.



Pero merece un pequeño artículo. En homanaje a la nostalgia...

1978. Burgos. Una tarde cualquiera. Dos jóvenes alocados, inquietos, soñadores. Una vieja buhardilla de la calle Romanceros. Un tejado abrasado por el sol de la tarde sobre sus cabezas. Un techo inclinado y bajo. Paredes enfoscadas en cemento gris. Trastos. Bidones de fuel para la calefacción. Cajas. Enseres. Una puerta que comunica con el pasillo a la derecha. Las bisagras al costado de la pared (apenas un palmo más alta que sus cabezas). Frente a la puerta un ventanuco vuelto opaco con telas y cartones. Una vieja mesa de madera contra la pared. Una luz roja. Una ampliadora de saldo. Negativos en desorden, húmedos aún...

Apagan unos segundos la luz roja. Aún se perfila en el marco de la puerta un resquicio de luz. Meten el chasis en la bolsa negra junto al tanque de revelado. Una mano, a tientas, extrae el rollo de negativos y lo introduce en la espiral del tanque. Son metro y medio de película Negrapan 21. Unas 36 fotos.

Ya fuera de la bolsa echan el ácido de revelado desde su botella de plástico convenientemente abollada para achicar todo el aire posible y que la oxidación no estropee el ácido. Un reloj y un termómetro. Espera de 8 minutos. A continuación, rápidamente, desalojan el ácido y añaden un baño de paro con una ligera disolución de vinagre. Posteriormente, sin perder un instante, el baño fijador. Esperan de nuevo mientran charlan y escuchan la música de Queen que suena a todo volumen desde el cassete. Después se devuelve el fijador a su recipiente, se enciende la luz y se extrae la larga tira del negativo. Se sujeta entre índice y pulgar de cada mano. Se estira y se observa a contraluz aún con los ojos entrecerrados por ese resplandor desacostumbrado.

Diminutas imágenes, brillantes y húmedas, aparecen ante sus ojos.

- ¡Bueno, no han salido mal!
- ¡Vaya caras!
-Mira. ¿has visto a esta parejita?
- ¡A ver, déjame!...

Cuelgan los negativos con pinzas en una cuerda ante la pared. Esperan unos minutos a que se sequen. El positivado es gratificante, pero el papel caro. Apenas les queda algún sobre de Valca y media caja de papel de 7 x 10. Sacarán algunas. Las que estén mejor. Las de las chicas favoritas. las de los más íntimos...

- ¿Y el resto?
- Haremos un positivado de los negativos directemente sobre papel con un cristal.

Y un par de horas después saltan los positivos desde la pulida placa de níquel de la esmaltadora (también de saldo). Pequeñas fotos que se repartirán el día siguiente en clase. Y un par de positivos de 18 x 24 con positivos por contacto de las tiras ya cortadas en grupos de 7 fotogramas.

Al finalizar los negativos se guardan en sus fundas de papel. Pese a ello el polvo ya habrá hecho estragos en su delicada superficie. Después el pequeño sobre alargado se guarda en algún cajón o se deja símplemente sobre la mesa.

Así, como tantas otras, esas intantáneas de la vida quedan olvidadas, perdidas, guardadas en algún lugar desterrado de la memoria.

Sin embargo, de vez en cuando, aparecen aquí o allá. De una manera u otra. Y los rescatamos con sorpresa y ternura. Los desenterramos como a viejos dinosaurios. Y los volvemos a exponer en el museo de la vida.